jueves, 30 de junio de 2016

Elogiemos ahora a hombres famosos


No, no nos confundamos: no son los Milly, John y Jean Mac Lellan, retratados por  Paul Strand, que asomaron a este mismo cuaderno hace unos días. Aunque estos también me van a dar pie para contar una historia.

Tenemos frente a nosotros esta vez a un trío de elegantes hombres de negocios. Miran con cara de pasmados a través de la ventana de un pequeño restaurante de comida rápida situado en la esquina de la avenida Lexington con la calle 44. Fueron sorprendidos por Walker Evans dándole al sándwich mientras entretenían la mirada con el gentío que, se adivina por el reflejo del cristal, había en el exterior.

Por la fecha en la que se hizo, 1929, es fácil adivinar la que estaba a punto de caer y el modo en que cambiaron las vidas de muchas personas. Es posible que incluso las de estos tres seguros y prometedores ejecutivos. El mundo no fue el mismo a partir de ahí, de ese momento que -imaginemos- podían estar viendo llegar nuestros tres hombres, a través de aquella ventana tan diferente y tan alejada de esa otra de South Uist en Nuevas Hébridas.

Pocos años después, precisamente durante los fatídicos meses de julio y agosto de 1936, Walker Evans recibió un encargo de la revista Fortune. Debía acompañar al escritor y periodista James Agee para documentar las condiciones de vida de varias familias campesinas de Alabama. Es de todos conocido que, después de aquella convivencia de casi dos meses, resultaron unos textos e imágenes tan descarnadas, directas y carentes de concesiones, que la revista decidió no publicarlas...

Seguramente, se debía a que junto a las imágenes de Evans se vertían juicios de valor que podían ser considerados perniciosos, políticamente incorrectos que diríamos hoy:

«creo que todos los seres humanos son potencialmente capaces, dentro de sus límites, de comprender plenamente sus potencialidades; que el hecho de que esto les sea arrebatado, por estrangulamiento o engaño, es infinitamente el más espantoso, corriente e inclusivo de todos los crímenes de que la humanidad pueda acusarse» 

Tuvieron que pasar cinco años para que se editaran las fotografías y una recopilación de aquellos artículos bajo el nombre de “Elogiemos ahora a hombres famosos”. Así nació uno de los libros más originales e influyentes del periodismo del siglo XX, un volumen totalmente recomendable para todo aquél que disfrute de aquellos textos que respiran absoluta honestidad e indignación en todas sus páginas.

Ya desde las primeras ajusta cuentas con Fortune, denunciando actitudes que pretenden aparentar lo que no son:

“Me parece curioso, por no decir obsceno y absolutamente aterrador, que una asociación de seres humanos reunidos por la necesidad, el azar y el provecho en una compañía, un órgano del periodismo, se le ocurriera hurgar íntimamente en las vidas de un grupo de seres humanos indefensos y lastimosamente perjudicados, una familia del campo, ignorante y desvalida, con el propósito de exhibir la desnudez, desventaja y humillación de estas vidas ante otro grupo de seres humanos, en nombre de la ciencia, del periodismo “honesto” (cualquiera que pueda ser el significado de esta paradoja), de la humanidad, de la osadía social, por dinero, y por la fama de hacer cruzadas y ser de una imparcialidad que, manejada con suficiente habilidad, es intercambiable en cualquier banco por dinero (y en política por votos [...]) y que esta gente pudiera ser capaz de contemplar esta perspectiva sin la menor duda sobre su cualificación para hacer un trabajo “honesto” y con una conciencia más que limpia y la virtual certeza de una aprobación pública casi unánime”

Serán cosas mías, pero para mi que este modo obsceno de comunicar al que se refiere Agee sigue estando vigente. 

martes, 28 de junio de 2016

Eternidad


Parece que Cherubino Cornienti se impacientó mucho en aquella ocasión. Una cosa era que la Trattoria Lepre, en la via Condotti de Roma, fuera apreciada por tener uno de los menús más extensos que se conocían -450 platos y 50 tipos diferentes de sopa-, y otra muy diferente que ello fuera razón para hacer esperar a un artista hambriento.

Cherubino observaba al camarero charlando en la cocina, lanzando requiebros a una clienta y volviéndose hacía un compañero para preguntarle algo sobre los platos que llevaba a una mesa… Pero no parecía tener la intención de querer darle de comer a él... ¿Lo hacía queriendo?,  ¡maldita mi fortuna, que me ha tocado a este botarate como camarero!, ¡pues ahora te vas a enterar!

Arrancó un pedazo de aquella interminable carta, le dio la vuelta y sacándose un lápiz de los que llevaba siempre por los bolsillos, dibujó con trazo rápido y firme el retrato de aquél endiablado camarero, montado sobre una tortuga.

“Tito cameriere del Lepre a Roma”

¿No tienes prisa? ¡pues yo te regalo la eternidad! 


domingo, 26 de junio de 2016

Tir A’ Mhurain

Paul Strand. "Milly, John and Jean Mac Lellan"

Paul Strand fue un neoyorquino que fotografió durante mucho tiempo a su propia ciudad, antes de viajar a México, Francia, Italia, Ghana, etc... Trabajó en el Reino Unido en una ocasión, durante una visita que hizo a las Hébridas, en 1954. Estaba preocupado de que un plan para instalar una base de misiles en la isla, cambiara la vida de la gente en South Uist, lo que incluía a mí y a mi familia, y él quería fotografiarnos como vivíamos entonces antes de que fuera demasiado tarde.

Este soy yo, en el medio, con  ocho años de edad, con mis hermanos Millie y Jean Paul. Estamos de pie en el sofá para que nos dé un poco más de altura. Recuerdo a Strand fuera, colocando su cámara sobre un trípode grande, cubierto bajo un manto. Parece ser que siempre era así de meticuloso, dedicando un largo tiempo a preparar y hacer sus fotografías como si fuera un fotógrafo de estudio. Aunque estaba al aire libre.

Esta había sido la casa de nuestros abuelos, y cuando la heredó mi padre construyó dos nuevas alas. También tuvimos un huerto, y 10 acres de tierra, y había un lago en la parte de atrás de la casa. Para mí y mis hermanos -tenía cinco hermanos y cinco hermanas-, siempre hubo trabajo que hacer: teníamos gallinas, patos y dos vacas. Los alimentábamos, guardábamos por la noche, recogíamos los huevos, limpiábamos los gallineros y ordeñábamos las vacas. Además, teníamos que ir lejos a buscar la turba para el fuego.

Planté un huerto, donde cultivé  lechugas, zanahorias, remolachas y repollos. En verano, había otros cultivos que atender, además de cortar la  turba, secarla y apilarla. Para comprar cualquier cosa, íbamos caminando a Lochboisdale. Allí nos daban algo por devolver botellas vacías de limonada y tarros de mermelada, lo cual complementaba nuestro dinero de bolsillo. Ciertos días de la semana nos visitaban además vendedores ambulantes.

A medida que mis hermanos y hermanas mayores se iban de casa, había más trabajo para los más jóvenes, y yo era el segundo más joven. Era como un negocio que para compensar la reducción de la mano de obra, nos convertían a los que quedábamos en trabajadores multitarea,  ya antes de que el término entrara a ser de uso común. No había muchos otros niños en las cercanías para jugar, y el ritmo de vida era bastante lento.

Strand no fue la primera persona que nos fotografió. Werner Kissling, un fotógrafo alemán que documentó comunidades similares de todo el mundo, nos retrató muchas veces con su Leica. A diferencia de Strand, él siempre nos fotografió en el exterior. Regresó a menudo y se convirtió en un amigo de la familia.

Strand publicó un libro de su paso por South Uist en 1962, llamado Tir A’ Mhurain, que en gaélico significa la tierra de barrón, que se extiende a lo largo de la costa occidental. Vi por primera vez esta fotografía cuando compré el libro 20 años después de su publicación, en 1981.

Salí de South Uist cuando tenía 15 años, al terminar la escuela. Los jóvenes teníamos que salir de allá para seguir estudiando o buscar trabajo. No siento ninguna sensación de pérdida. De hecho, todo ha salido bien, probablemente debido, en no pequeña medida, a mi crianza. Vuelvo ocasionalmente desde Edimburgo, donde ahora vivo, y siempre soy tratado como si nunca me hubiera ido.

(John Mac Lellan, en "The Guardian", 20 de mayo de 2016)


viernes, 24 de junio de 2016

Averly: cambiamos patrimonio por bloques de viviendas

I
En tiempos de juventud de mi abuelo materno, me refiero a aquellos años de 1930, Zaragoza era para un jornalero de Buñuel, pueblo de la ribera Navarra, algo así como una gran Metrópoli, un recipiente capaz de contener y abastecer con calculada generosidad los más valiosos e inimaginables manjares. Era una especie de Babilonia que encerraba entre sus muros dos bienes muy preciados, contradictorios y queridos para las humildes gentes de los campos que la rodeaban: el templo donde descansa la imagen de la Virgen del Pilar, por un lado, y, por otro, la alegre tropa de cabareteras que todos los años, por fiestas,  se acercaba en tren hasta el casino del pueblo a enloquecer con sus bailes y pantorrillas al aire a los parroquianos del lugar.

Todo aquello, cuando me lo contaba a mí, me resultaba ya muy lejano, casi mítico. Y aunque yo mismo recuerdo haber sido llevado personalmente por él, siendo bien niño, a ser pasado por el manto de la virgen, como se acostumbraba entre las gentes de aquellas tierras, nunca pude averiguar nada acerca de las cabareteras... Pena. Ahí termino, por aquél entonces, mi relación con una ciudad que, por todo lo demás, me era distante y ajena.

No fue hasta mucho más tarde cuando volví a encontrarme con ella. Y fue por razones que quiénes me conocen ya las saben, y a quienes no, les traerá a poca cuenta. El caso es que este reencuentro ha sido el del viajero curioso, el de la persona que entra directamente a conocer, amar y profundizar en la vida y sucesos de un viejo lugar, empujado quizá tanto por la fuerza de una amistad como la obligación de documentar una investigación.

De aquellos tiempos tengo en mi haber un libro de color rojo titulado “Guía Histórico-Artística de Zaragoza” de Guillermo Fatás Cabeza, muy del estilo de esa magnífica  “Paris. Le guide du patrimoine” de Jean Marie Perouse de Montclos, ambos libros imprescindibles para cualquier viajero curioso que visite aquellos lugares. En el Fatás se describe con gran profusión de detalle lo que fue en el pasado aquella ciudad, lo que tuvo, que no fue poco ni mucho menos, y todo lo que se ha perdido, que esto también ha sido mucho, ni más ni menos: el Palacio del conde de Fuentes, el convento de Santa Fe, el de Santa Lucía, el de Santo Domingo,  la Universidad de la Madalena, la casa de Torrellas, la iglesia de San Lorenzo, la torre Nueva y un  largo etcétera... Para que nos hagamos una idea, la que fue denominada, con cierto exceso, la “Florencia española” conserva actualmente menos del 7% de los palacios renacentistas, conventos, iglesias y demás monumentos que llegó a tener.

La desidia y desinterés de los responsables zaragozanos suele consolarse con eso de culpar de toda esta pérdida a la mal llamada Guerra de la Independencia. La ciudad quedó arrasada después de los dos sitios, si, pero lo que vino después tampoco fue precisamente un cuidar, restaurar y mantener… Parece como si aquella guerra hiciera un gran favor a aquellos que se han guarecido tras ella para justificar el yermo patrimonial en el que poco a poco, a fuerza de satisfacer intereses inmobiliarios, se ve sumida aquella ciudad.

La historia de la Torre Nueva, versión moderna de la que había en Pisa, fue en palabras de Fatás “la vergüenza incomparable y más universalmente difundida, que ningún zaragozano rememora sin sonrojo”

De hecho, todavía existe en aquella ciudad un recuerdo entremezclado con resentimiento por su injusto e interesado derribo, que hace de ella un símbolo claro de lo que apenas queda allá: memoria y belleza.

Esta rareza, pequeña joya del pasado, fue derruída en 1892 a consecuencia de la actitud caciquil de unos cuantos comerciantes de la zona, a quienes estorbaba el monumento por viejo, porque estrechaba los viales, porque hacía sombra en su comercios y viviendas y empequeñecía el barrio… ni la oposición de asociaciones vecinales, ni los pleitos interpuestos logro nada, pues “la constancia de algunos ediles pudo más que todo el resto”.

Como testimonio de lo que fue aquello, queda en la Plaza de San Felipe un círculo trazado en el suelo. Dicen que se corresponde con la base de la torre, y que está ahí para que todos los ciudadanos de Zaragoza recuerden con añoranza el lugar donde se erigía. Fue trazado por decisión del mismo ayuntamiento que muchas décadas atrás, había ordenado su derribo.



II
En mi última visita a la capital aragonesa me enteré de que la antigua fábrica de Antonio Averly, iba a ser derribada. Toda, con excepción de una parte que ha sido protegida. A uno, estas cosas, cada vez que pasan le producen una extensísima indignación: ve que es algo que ocurre de manera generalizada tanto en el espacio como en el tiempo, que igual sucede en la ahora presunta capital de la cultura Donostia-San Sebastián, que en Zaragoza. Hace unos meses asfaltaron en León un tramo de vía romana so pretexto de “hacer más cómodo el peregrinaje a los que se dirigen a Santiago”, en Galicia montaron unas mesas de merendero con los restos de un dolmen, y así podríamos seguir enumerando largamente …

La fábrica de Antonio Averly lleva en Zaragoza desde 1863. Fue por influjo de lo que había visto en su Lyon natal y en la Europa avanzada en los nuevos valores de la revolución industrial, cómo concibió la idea de trasladar a la capital aragonesa un concepto que iba a ser novedoso en ella y en toda la región: el de la villa-factoría, que integra la residencia del propietario, de estilo neorrenacentista e inspiración francesa con sus huertos, corrales y jardines; y el complejo productivo, formando en su conjunto un todo homogéneo de estilo ecléctico y funcional.

Al conjunto se accede desde el exterior a través de una portada que carga con un fuerte simbolismo, ya que parece proclamar y potenciar -pongámoslo en pasado-, el prestigio de la empresa. Una vez dentro, además de la villa de Averly, destacan otros varios edificios del conjunto, como son el taller de maquinaria, el de fundición, carpintería, edificio de oficinas y el almacén de modelos. Todos ellos se distribuyen en torno a ejes muy claros, y responden a una tipología constructiva de nave: planta rectangular con cubierta a dos aguas con cerchas en las que se combinaba madera y hierro y crujías mediante pilares de fundición.

Averly fue en su tiempo, símbolo de esa entonces esperanzada y naciente industria zaragozana. Hizo trabajos de fundición para numerosas empresas españolas, las cuales conocedoras del acabado de sus trabajos los reclamaban desde todos los rincones de nuestra geografía. Tal es el caso de la bilbaína fábrica de La Encartada, a quien abasteció de toda su maquinaria.

El hecho de haber mantenido sus procesos de fabricación artesanales prácticamente inalterables durante toda su historia, ha permitido que Avery conservara intacto el conjunto  desde hace 150 años atrás. Es por esto que entrar en sus instalaciones es viajar al pasado,  al de los inicios de la industria. En aquella factoría organizada en naves, se fabricaron numerosos elementos de mobiliario urbano que fue repartido por toda la geografía española: papeleras, fuentes, farolas, tapas de alcantarilla, estructuras de construcción, etc…, en un momento en que el metal se convirtió en actor de privilegio en muchas de las obras que se llevaron a cabo… Recuerden, quienes puedan, dos magníficas obras de Félix Navarro, el arquitecto que llevó la modernidad a Zaragoza: el teatro Pignatelli, una de los dos primeros edificios en hierro de España, y el hermosísimo Mercado Central… Voy a sorprenderles a los foráneos: el primero ya ha desaparecido, y juro que no fueron los franceses, y el segundo estuvo tan a punto, que alguien se apresuró a pintarle un cuadro por si pasaba, como otros tantos, al panteón de las desaparecidas glorias zaragozanas. 


III

El World Monuments Fund es una organización sin ánimo de lucro fundada en 1965, por personas preocupadas por la destrucción acelerada de tesoros artísticos en todo el mundo. Es decir, se dedica a la protección de bienes culturales que, por un motivo u otro, están en peligro de extinción… En su catálogo se encuentran censadas piezas del patrimonio humano amenazadas por las guerras, los integrismos religiosos, el abandono, la desidia y los intereses económicos de quienes toman las decisiones con respecto a su futuro. En el caso de Averly, que se encuentra censado entre estos bienes sentenciados, no tengo claro de cuál de los dos últimos casos se trata…

Pero mientras que cada uno elije su opción, paso a traducir lo que se dice en la página que le dedica en la web del World Monuments Fund:

¿Lo sabías?

La fundición Averly, ampliamente reconocida como uno de los complejos industriales más representativos de España, va a ser demolido.

Leído esto, a uno le parece que Zaragoza quiere ponerse a la cabeza en eso de ser la capital más provinciana y poligonera  de esta vieja piel de toro, y mira que es difícil, pero no lo está haciendo nada mal…

Desde este modesto y desierto cuaderno, me permito animar a quienes aún defiende la integridad de Averly. No me cabe ninguna duda de que todas y cada una de las personas que ahora han dado el visto bueno a su demolición, van a reconocer pronto el valor artístico y cultural de aquellas instalaciones.

Sólo les hace falta una cosa para ello: que desaparezca.

miércoles, 22 de junio de 2016

Independiente como Acuña


- ¿Yo ... ? ¡Independiente como Acuña!

Ahora que estamos en plena campaña electoral, me ha venido al recuerdo algo que me ocurrió en Jaén la Semana Santa pasada. Fue al preguntar al camarero de un bar en el que disfrutaba de su estupendo vermú, por una expresión que acababa de escuchar de boca de uno de sus parroquianos.

- Eso viene por José de Acuña, de aquí cerca, de Los Villares.

Y, cómo no, apuré mis bolsillos y pedí otra ronda con la esperanza de que me contara algo más del tal Acuña. Al fin y al cabo, uno no tenía nada mejor que hacer…

Durante la década de 1930, cada vez que tocaban elecciones, hacía su aparición en todas las paredes, calles, prensa y emisoras de radio de la provincia de Jaén, el candidato José Acuña (1889-1941). Era éste un señorito de los de la época, algo guasón, ingeniero de profesión, pero dotado de una imaginación tan desbocada que creó un partido a su medida, la "Unión Mesocrática Universal". Lo hizo por consejo, según manifestaba, del filósofo y profeta Asumu, que no era otra persona que él mismo. Acuña/Asumu solía reunir a sus amigos y seguidores en unas opíparas comidas adornadas de ingeniosas tertulias, en las que se disfrazaba de profeta iluminando, con el pelo largo, barba y bigote, y entre bromas imponía a los que ingresaban en su partido las armas del mismo: un cubierto, flanqueado por las letras.

Como queda contado, cuando llegaban las elecciones, Acuña lo llenaba todo con originales y llamativos carteles de propaganda electoral, en los que aparecía sonriente, con un enorme puro en la mano, mientras levantaba al cielo tres dedos de la otra y manifiesta:

“Por tercera vez me presento como diputado a Cortes por la provincia de Jaén. ¡Soy especialista único contra el malestar y el paro forzoso! ; Votadme, electoras y electores de Jaén! "

Los personajes pintorescos en política siempre me han producido cierto reparo, y este, desde luego, no es ninguna excepción. Sí hay que reconocer cierto mérito en alguno de sus planteamientos, como el de haber sido el primer político español en reclamar una renta básica para toda la ciudadanía. Pero en general, era un torrente de excentricidad. Lo demuestra, por ejemplo, el modo en que plantea que todo el mundo tuviera acceso a un alimento básico, una papilla nutritiva: “puesta gratuitamente a la disposición de todos por medio de surtidores parecidos a los que ahora se usan para el suministro de gasolina a los automóviles, estratégicamente distribuidos por toda la superficie del Planeta. De tal modo que cualquier ser humano, andando por el mundo por sus propios medios, podría proveerse del alimento necesario con la frecuencia conveniente a su bienestar fisiológico.”

Acuña se podía permitir toda la excentricidad y broma que le diera la gana. De hecho, lo que realmente se jugaba en la carrera electoral no era el llevar a la práctica esa colección de propuestas que en muchos casos rozaban el surrealismo. Para nuestro candidato, la prioridad era obtener los votos suficientes para hacerse con un acta de diputado, y tener así una excusa para abandonar la monótona vida de provincias e instalarse en Madrid, cerca de los centros de ocio y jolgorio más reputados del Reino.

Dice Rafael Torres en una breve semblanza que le hace en “El asesino de Sintra y otros europeos olvidados” que, en descargo suyo, hay que reconocer que si bien era “rico por herencia, no lo era, en cambio, de esa manera rapaz, desalmada, insultante y pistoleril de los hacendados españoles de su época, y pasaba el tiempo leyendo novelas exóticas de Pierre Benoit e inventando tractores con patas articuladas”.

El caso es que en las tres primeras elecciones a las que se presentó, no obtuvo más de quince mil votos, por lo que no lo quedó otra que resignarse a esperar en su casa una mejor ocasión.

Y fue así como llegó a las que serían las últimas elecciones de la República, las de 1936. Paciente, y con su característico sentido del humor, lanzó un cartel en el que únicamente enseñaba una mano levantada con cuatro dedos separados, sin un solo texto. No necesitaba decir más. Muchos habitantes de la provincia de Jaén sabían de qué y quién se trataba. 


Por si quedaba alguna duda, Acuña volvía a repetir sus apariciones en todo medio que le permitía hacerlo, los principios de eso que llamaba la Mesocracia Universal:

"El vocablo mesocracia figura en el diccionario de la lengua castellana y significa dominio de la clase media. De la clase media económica, entendámonos. Al utilizarlo, le he querido dar una nueva acepción; no me refiero a la clase media económica, sino a la clase media intelectual”

Según él, la filosofía de Mesocracia Universal se traducía en un principio fácilmente comprensible: “El hombre civilizado tiene el perfecto derecho de vivir sin trabajar. Esto, a simple vista, resulta sugestivo para los vagos y divertido para todos, si se piensa, como pensamos la mayoría, en la vida plena y completa del hombre moderno. Pero no es eso. El teorema habla de vivir, de subsistir, pero no de gozar. A vivir tenemos derecho todos los hombres por el mero hecho de haber nacido, pero a gozar sólo lo tienen y tendrán los que sepan conquistar los goces con su esfuerzo y con su trabajo personal". El derecho general a existir debería garantizarlo el Estado, proporcionando a todos un mínimo de alimento, vestido y cobijo. Para el goce se necesitaría el plus que habría de fabricar cada cual.

El caso es que convencidos o no por tales ideas, los jienenses confiaron a Acuña en las elecciones de 1936 ciento treinta y seis mil votos, los suficientes para hacerse con su acta de diputado y disponer de la justificación que necesitaba para instalarse en la capital como un gran señor. Y hacia ella marchó Acuña/Asumu, viendo su sueño por fin a punto de cumplirse…

Pero aquél era el verano de 1936, y los sueños, como otras muchas cosas, iban a dejar de existir. 


lunes, 20 de junio de 2016

El libre albedrío


A Merlín le habían preparado un destino de altos vuelos en eso de ejercer el mal. Pero intervino la mano divina concediéndole lo que podríamos llamar libre albedrío, y convirtió a quien iba a ser el anticristo triunfante y exitoso, en un adivinador que terminó sus días prisionero de la Dama del Lago. Es lo que tiene dejarse llevar por el propio criterio, regalado como medida preventiva por un dios combativo: que seguramente nos conduce por caminos más tortuosos y dañinos de lo que el destino que creíamos nuestro, nos tenía reservado.

Así interpreta por lo menos Roberto de Boron la historia de Merlín, que llegó a él como un relato de aluvión a través de fuentes tales como Le Roman de Brut del poeta Wace, y su inspiradora la Historia Regum Britanniae  de Geoffroy de Monmouth. Obra esta última, por cierto, postulante del derecho de los Plantagenet a la corona británica, remontándolos para ello nada más y nada menos que a la guerra de Troya.

De Roberto de Borón sólo se conservan dos poemas, unidos en un único códice de finales del siglo XIII, el MS. fr. 20.047 de la Biblioteca Nacional de Francia. En ellos se establecen las líneas maestras de una variante interpretativa del ciclo artúrico que tendría gran repercusión en obras posteriores, llegando su influencia hasta el Orlando Furioso de Ludovico Ariosto en la primera mitad del siglo XVI.

Boron nos habla de Merlín como personaje histórico que vino al mundo a consecuencia de una conspiración diabólica. El plan era enviar a la tierra un anticristo capaz de convencer a los humanos de renegar de la redención divina. De paso, idean hacer una parodia de la encarnación, para lo que los diablos deciden enviar a uno de los suyos a unirse con una monja a la que han dormido profundamente. Pero  a la vista de ello, en vez de evitarlo, lo que se le ocurre a la divinidad es dotar a ese niño de libre albedrío y conocimiento de los hechos futuros… El resto es ya sobradamente conocido por todos.

Para cuando Boron nos cuenta esta variante de la historia, Merlín ha recorrido un largo camino. Parece ser que empezó siendo una mezcla del druida Myrddin celta y de un sabio niño con misteriosos poderes, el cual, según cuentan las leyendas galesas, se había acercado por iniciativa propia como consejero a los sucesivos monarcas de Inglaterra, hasta el advenimiento del rey Arturo.

Últimamente son varias las alusiones que se hacen en el vecindario a la capacidad de decidir. Y a uno le queda la duda, viendo todo esto a toro pasado, de si lo del libre albedrío era realmente cierto, o se trataba de un engaño de la divinidad para que el bueno de Merlín cumpliera fielmente su cometido, con el convencimiento de que esa era su voluntad. O, al menos, su destino...


viernes, 17 de junio de 2016

Cuidado con la cabeza...


Estuvimos el domingo pasado en la iglesia rupestre de Olleros dePisuerga, lugar por el que me suele gustar pasar siempre que me asomo por el norte de Palencia. La ahora parroquia de los Santos Justo y Pastor es, para mí, el mejor de los muchos templos rupestres que se encuentra en todo el entorno, y tiene un algo muy especial que hace que su visita sea siempre algo muy gratificante.

Está situada en lo alto de lo que ahora es el pueblo, excavada en una pared rocosa desde la que se domina además el vecino Pisuerga, el cual bordea en camino que asciende suavemente hacia el templo.

 Nos contaba Abel, -el hombre que con paciencia, y amor por el lugar, intentó descubrirnos los mil y un secretos que encierra-, que no se sabe a ciencia cierta quienes fueron los primeros en habitar aquellas cavidades, que serían poco más que modestas lauras: si fueron monjes ermitaños visigóticos, o anacoretas posteriores que llegaron como avanzada de los primeros foramontanos que saltaron de las montañas cántabras y vasconas, a repoblar los cauces de los ríos que desembocaban en el Ebro.

 Habló también de que todo lo que veíamos no era todo lo que hay. Que detrás de la pared lateral de la nave única del templo, se han encontrado, donde se ha abierto, que hay ocultas otras estancias que fueron selladas en su tiempo. Parece que hicieron de ellas cámaras sepulcrales para miembros de aquellas antiguas comunidades, a los que se les otorgaba algún carácter especial. Uno, al escuchar esas cosas, no puede evitar el fabular con su imaginación sobre lo que pudiera haber tras aquellas paredes... Me contenté con pasar la mano suavemente por esos frescos y algo húmedos muros, soñando con sentir el suave latido de lo que el tiempo y el olvido ocultan.

Nos mostró nuestro guía la orientación tan caprichosa que tenía aquel templo, particularmente el altar, para recibir la claridad del exterior, y exhibir su modesta versión del milagro de la luz a golpe de solsticio, como es habitual. El mismo retablo, algo posterior, se colocó de igual modo, dando la sensación de estar formando un pequeño ángulo. Desgraciadamente quedan solo fragmentos de él, como ese fragmento del Dios creador, que ahora descansa en una hornacina excavada en la pared.

Siguiendo el consejo de nuestro anfitrión, subimos al coro, para ver los rebajes y agujeros que fueron tallados en la roca y que soportaban la segunda planta donde, aprovechando que se conservaba el calor, dormían los monjes. El coro actualmente es poco más que un modesto balcón corrido de madera, que permite disfrutar desde la penumbra, del modo en que la luz penetra en la estancia del templo, llenándolo todo de matices y volúmenes muy particulares.

A uno, en medio de aquél beatífico silencio, le dio por pensar en todo lo que había visto y oído a lo largo de la última hora. Le dio también por disfrutar del estado de plácida relajación en que se encontraba, con la mirada perdida el interior de uno mismo… 

Silencio. 

Y me sentía incapaz de abandonar aquél lugar, que era más un instante, para volver a la realidad. Incapaz de poder ordenar en ideas, ni palabras escritas, los pensamientos que entonces inundaban todos mis sentidos. Tenía por seguro de que cualquier intento iba a resultar vano.

Pensando en todas estas cosas me dispuse a salir del coro, cuando me encontré al comenzar la escalera un cartel que decía:

“Cuidado con la cabeza”

- Sí, cuidado con lo que haces con ella, Charles.

Agaché la cabeza y continué mi camino.


jueves, 16 de junio de 2016

La batalla de los pedos


Al hilo de las cometas y ensoñaciones que ayer lanzaba al viento en el Facebook, hoy les voy a hablar de un manuscrito ilustrado japonés al que llaman He-Gassen (屁合戦), o traducido al castellano "La batalla de los pedos". A lo largo del mismo se muestran diferentes "combates" entre personas con la única arma de sus pedos... Y a buen seguro que sabían atacar con ellos: los hay que derribaban al enemigo de su caballo, o lo que abrían un boquete en la mesa en la que el otro se parapetaba, así como quienes empleaban su fuerza en agitar grandes abanicos para desviar el tiro certero de sus enemigos... 

Con el viento seguimos, aunque este no nos traerá cometas, ni el aroma fresco de la brisa. 

Pero antes, nos ponemos rápidamente en contexto: la jerarquía feudal japonesa del periodo Edo, también conocido como Tokugawa (1603-1868), gustaba de llevar un costoso y agitado tren de vida, en el que entremezclaba el trinchado de miembros de clanes oponentes, con el gusto por disfrutar de artes de altísima delicadeza, tales como el teatro y la música, la poesía, y por supuesto las artes plásticas.

Todos conocemos, por ejemplo, el nivel de calidad de las ilustraciones de aquella época que han llegado hasta nosotros. Representaban paisajes, naturalezas o escenas cotidianas con una placidez y dulzura de vivir, que aún hoy en día logran ese efecto de envolvernos entre los cálidos brazos de sus evocaciones. Pero paralelamente a este, se desarrolló también un arte satírico, heredero de aquél cuyos orígenes se remontan al siglo XII, y a la obra del sacerdote budista Abbot Tōba Sōjō (1053-1140), célebre por sus caricaturas de animales llamadas Chōjugiga, que actualmente son considerados como el antecedente del manga.



El He-Gassen no parece tener un autor conocido, ni siquiera da la impresión de que haya sido obra de un solo autor. Físicamente es un rollo de pintura de algo de más de un metro de largo y casi 30 centímetro de alto. Se leía horizontalmente y de derecha a izquierda. Este formato, al que se llama Emakimono o Emaki, se empleaba con mucha frecuencia en aquél entonces para obras tanto de carácter satírico o pornográfico, como legendarias e incluso religiosas.

Pero esto del He-Gassen no es, ni mucho menos, una excepción. Por ejemplo: la leyenda de Hidetake  del siglo XV  contada en un emaki titulado Fukutomi Zōshī, o la historia de Fukutomi. En ella se relata la historia de Hidetake, un anciano que sueña una noche con Dosojin, una deidad sintoísta que cuida de los viajeros. Ésta le augura que si aprende a bailar al son de sus pedos, se hará extremadamente rico, cosa que hará mostrando su habilidad adquirida entre los más nobles señores de su tiempo, quienes admirados por el arte de Hidetake, lo cubren de todo tipo de riquezas.

Pueden ustedes ver el He-Gassen completo y en alta calidad aquí, e imaginar, mientras lo ven, el modo en el que disfrutaría allá por la fecha de su creación, a principios del siglo XIX, los señores feudales japoneses, con estos torneos de ventosidades a uno, dos, tres y más vientos. Todo un ejemplo de que cualquier tiempo pasado fue igual…



lunes, 13 de junio de 2016

El jardín rosa y una eternidad


Si el último día hablábamos del ser humano como portador de la muerte y destrucción, hoy nos veremos, en cierto modo, como creadores de vida. Y todo viene a cuenta de un curioso libro que me he encontrado.

Der Swangern Frauwen und Hebammen Rosegarten, impreso en la casa de Martin Flach en Estrasburgo en 1513,  es el primer libro de texto para parteras o matronas del que se tiene noticia, y es además también el primero que incluye ilustraciones ginecológicas. Merece la pena perderse entre sus páginas, después de pasar unas cuantas con solo texto, para encontrarse con una extensa colección de grabados que ilustra tanto las funciones que requiere el oficio de partera, como el material que emplean o las diferentes variedades y posturas de fetos con los que se puede encontrar. No en vano esos grabados son de un alumno de Durero,  Martin Caldenbach (c. 1470-1520), que además de buen hacer, muestra en algunos de sus grabados cierta ironía y sentido del humor.


Para alguien que, como yo, desconoce absolutamente el alemán, es una verdadera pena no poder llegar a desentrañar lo que se dice en él, entender el modo de ver y explicar el proceso de la generación de la vida con la perspectiva que daba el conocimiento de entonces. 

El libro, por cierto, se puede ver completo en este enlace.

Der Rosengarten ("El Jardín Rosa"), que es como se debía conocer popularmente al manual, fue obra del doctor Eucharius Rösslin, quien, según se cuenta, además de servir a los más altos señores, se preocupaba por la salud de las gentes más modestas de los lugares en los que vivía. Parece ser que fue así como su interés por erradicar la fuerte mortandad infantil de la época, le llevó a concluir que ésta se debía en parte al descuido y dejadez con el que actuaban muchas parteras, y la poca asepsia con la que procedían durante el parto. Y esto fue lo que motivo que emprendiera la escritura de este libro, que iba acompañado de una advertencia a las destinatarias del libro, las parteras, de que aprendieran su oficio como es debido, pues Dios les pediría cuentas de ello en la otra vida… 


Y hablando de vida, y de su celebración, me permito cambiar de tercio y cerrar esto que hoy cuento, con el recuerdo a alguien que nació tal día como hoy: Alberto Caeiro o Bernardo Soares o Alvaro de Campos o Ricardo Reis… o dicho de una sola vez, Fernando Pessoa. A él le debo muchas cosas, pero en especial una que por su magia ha hecho eterno un momento. Fue hace casi 30 años, cuando alguien me regalo, pidiendo que le diera mi opinión, el “Libro del desasosiego”. Nunca he terminado de leerlo, y desde hace tiempo, sólo leo de él unas líneas tal día como hoy. Será, seguramente, porque busco eternizar esa espera que se inició hace ya tantos años.


viernes, 10 de junio de 2016

Los mismos


Este grabado es uno de los más de 1.400 que produjo Jacques Caillot (c. 1592-1635) a lo largo de su vida. Grabador y dibujante barroco, gustaba de reflejar en sus obras hechos cotidianos de aquél entonces, con especial preferencia por los temas relacionados con soldados, payasos, borrachos, gentes del bron, y de la marginalidad en general. De hecho, se cuenta de él la leyenda de que marchó desde su Nancy natal, en la Lorena, a aprender el oficio de grabador en Italia, acompañando a un grupo de gitanos que iban en la misma dirección. Aprendió de tal modo su lengua, oficios y costumbres, que hizo buena gala de ello el resto de su vida y sirvió posteriormente de inspiración para una de sus mejores colecciones de grabados titulada “Les Bohemiens”, del que dejo una muestra un poco más abajo.

He podido comprobar que existen en la red buenos repertorios de su obra, incluso hay una magnífica reproducción digitalizada de su “Sitio de Breda” en la web del Museo del Prado, otra recopilación de “Les Gueux”, “Les Caprices” y, por supuesto, de la que para mí es otra de sus grandes colecciones: “Les Grandes Misères de la Guerre”, a la cual pertenece el grabado que encabeza este texto. Imposible a esta altura no hacer referencia a la coincidencia que se da tanto en algunos títulos, como en sus temas, con las series de grabado de Goya… De hecho, hace algunos años, en 2013, su casa natal de Fuendetodos recogió una exposición dedicada a Caillot.


Pero la aportación de Caillot al arte del grabado fue más allá de los contenidos: introdujo el uso, para el aguafuerte, de un barniz que hasta entonces empleaban únicamente los luthiers. ¿Resultado? : su empleo permitía someter a las planchas de cobre a más baños de ácido que la capa de cera que se empleaba entonces, permitiendo un mayor número de pasos intermedios y una mayor riqueza de detalle, como puede observarse en su obra en comparación a otras contemporáneas.

Esta riqueza del detalle unida a una capacidad descriptiva muy acorde con los modos de aquél entonces, hizo de la obra de Caillot, algo parecido a lo que podría llamarse fotoperiodismo, o mejor dicho grabadoperiodismo, por medio del cual interpretaban los claroscuros de la vida de entonces. Fue esta capacidad de hacerlo así, la que le animó a crear su serie de “Les grandes miseries…”, y aunque se cuenta que fue el ánimo de narrar las consecuencia de la invasión de Lorena por Richelieu, lo que le movió a crear esa colección, parece ser que realmente fue su interés por describir la vida de la soldadesca, como antes lo había hecho de otros tipos de su tiempo. Veamos como, empezando por leer el texto que hay al pie de uno de los grabados de la colección:

Voyla les beaux exploits de ces coeurs inhumains
Ils ravagent par tout rien n’échappe à leur mains
L’un pour avoir de l’or, invente des Supplices,
L’autre à mil forfaits anime ses complices,
Et tous d’un mesme accord commettent méchamment
Le vol, le rapt, le meurtre, et le violement.


En el grabado puede observarse el saqueo al que se someten los soldados. Mirándolo de izquierda a derecha, puede verse a un anciano que suplica por su vida arrodillado mientras un soldado está a punto de abrirle la cabeza con un puñal y una niña suplica por su vida. Más cerca, un hombre es apuñalado sin piedad, parece un sirviente de la casa, mientras una chica a la izquierda intenta huir de su perseguidor que la sujeta por la larga cabellera, mientras vemos a un niño al que intenta proteger. Al fondo y en el centro de la composición una mujer está a punto de ser violada mientras a la derecha, bajo la chimenea, hay una persona colgada por los pies y atada: lo van a asar. A su derecha  dos sujetos están estrangulando a otro hombre...

El caso es que si quería describir la vida del soldado, a Caillot se le fue un poco de la intención, o no, y acabó reflejando en sus ilustraciones una interminable sucesión de crueldades, ejecuciones y sangrías de todo tipo a las que, aún hoy en día, es difícil mirar sin sentir que, a pesar del paso del tiempo, seguimos siendo los mismos.


miércoles, 8 de junio de 2016

El tiempo del conocimiento inútil


Visitando –virtualmente, claro está-, el Museo Etnográfico González Santana de Olivenza, me encuentro con este curioso artefacto que de primeras me ha recordado al famoso trompetín que usaba el abuelo de la familia Cebolleta. Pero no era eso, y además me ha hecho descubrir que este año se cumple también una de esas numerosas efemérides que pasan sin pena ni gloria…

Parece ser que allá por el año 1816,  auscultando a una mujer por el método tradicional de pegar la oreja al paciente, el doctor Rene Laënnec se dio cuenta de que el abundante pecho de aquella impedía oír nada, por lo que se le ocurrió algo tan sencillo como enrollar una hoja de papel, aproximarla al seno y entonces escuchó “de la forma más clara y precisa que jamás lo habían hecho”. Tal y como se puede leer en el texto que acompaña a este rudimentario instrumento, el estetoscopio había nacido.

Años después, en 1895, otro doctor, Adolphe Pinard, reinventó este artilugio para averiguar el estado en que se encontraba el corazón de los fetos de las embarazadas. Para ello, se le ocurrió abrir más el extremo en forma de trompetilla y así pudo oír con claridad los latidos fetales. Surge así el estetoscopio de Pinard, muy utilizado durante todo el siglo XX hasta que apareció la monitorización fetal hacia 1970.




Al verme inmerso en estas cosas, que poco tienen que ver conmigo y lo que habitualmente es de mi interés, me ha venido a la memoria una referencia bibliográfica que anda circulando entre algunos de los cuadernos que visito frecuentemente. Me refiero a  “El conocimiento inútil” de Jean Francois Revel, que el otro día estuvo buscando con desesperación por la feria del libro de Madrid un apreciado amigo.

Y es que eso del conocimiento inútil es algo hacia lo que algunos tenemos especial tendencia, acumulando todo aquello que no nos sirve, como si sufriéramos de un mal intelectual de Diógenes… Y así es como también me ha venido, esta vez a modo de consuelo, aquello que decía Frida Kahlo:

“Yo solía pensar que era la persona más extraña en el mundo, pero luego pensé, hay mucha gente así en el mundo, tiene que haber alguien como yo, que se sienta bizarra y dañada de la misma forma en que yo me siento. Me la imagino, e imagino que ella también debe estar por ahí pensando en mí. Bueno, yo espero que si tu estás por ahí y lees esto sepas que, sí, es verdad, yo estoy aquí, soy tan extraña como tú.


martes, 7 de junio de 2016

San Estebania



Esto que ven aquí es la localidad de Ziburu, a muy pocos kilómetros de la frontera de Irún. La imagen está tomada desde San Juan de Luz, al otro lado del rio Nivelle, y a dos pasos de la desembocadura del mismo. Tradicionalmente, estas localidades han vivido siempre del mar, tanto del comercio, como de la pesca, y de las más que eventuales salidas al corso, negocio muy lucrativo y al que estaban muy dadas las gentes de la región. De hecho, a lo largo de los siglos, familias de armadores y comerciantes fueron levantando, a medida que iban enriqueciéndose, enormes casas familiares asomando al mar, a la bahía o a la desembocadura del rio, frente a sus más queridas posesiones: las naves que les sustentaban.

Ya en esos tiempos hubo quien quiso diferenciarse del resto y así, si ustedes se fijan en el conjunto de la fotografía, verán que entre tanto edificio de estilo vasco-francés, hay uno que resalta notablemente de los demás por ser totalmente diferente. Fíjense bien. ¿Lo ven? Si, es el primer edificio que se ve a la izquierda de la fotografía. De él les voy a hablar, pues algo que ocurrió entre sus paredes, como van a saber en un momento, terminó por formar parte de la memoria musical de todos nosotros.

La casa es conocida tradicionalmente como San Estebania, y tiene la particularidad de ser la única de la región que ha sido construida siguiendo el estilo tradicional de las casas holandesas. Su nombre viene de su primer propietario, Esteban d’Etcheto, negociante y armador apasionado por las casas que conoció en sus viajes a Amsterdam, de donde se vino con unos planos y la decisión de derribar su casa familiar y construir una nueva con ese estilo. Esto ocurrió en 1630, y la casa se hizo tan conocida y popular, que en ella pidió alojarse el cardenal Mazarino cuando se celebraron en San Juan de Luz los esponsales de Luis XIV con la infanta española Maria Teresa en 1660. A partir de entonces, la casa adoptó el nombre de dicho cardenal. Pero este rebautizo también fue transitorio, hasta el 7 de marzo de 1875.

En esa fecha nace en San Estebania o Mazarino, en el número 12 del Quai de La Nivelle, un hijo de Joseph Ravel y Marie Delouart, a quién ponen de nombre Maurice. El padre, ingeniero e inventor de origen suizo había conocido a Marie cinco años atrás en Aranjuez, durante su viaje a España para colaborar con un equipo de ingenieros franceses dirigidos por Gustave Eiffel en la construcción de líneas de ferrocarril.

Aunque al poco de nacer fue llevado a Paris con su familia, Maurice continuó visitando la tierra de origen de su madre a lo largo de toda su vida, buscando, según manifestaba, esa luminosidad que quería reflejar en sus obras. De ahí dice que surgió Daphnis et Chloé, y fue ahí también, entre dos baños, donde comenzó a componer el Bolero. Era el verano de 1927 y contaba con la compañía del también compositor Gustave Samazeuilh que explicó:

“Fui testigo del divertido espectáculo de ver a Ravel en bata amarilla y con un gorro rojo escarlata tocando con un dedo el tema del Bolero antes de tomar nuestro baño matutino, y diciéndome: “La señora Rubinstein me pide un ballet. ¿No encuentra Usted que este tema tiene la insistencia suficiente? Voy a tratar de repetirlo un gran número de veces sin ningún tipo de desarrollo y graduando de la mejor manera el sonido de mi orquesta”. Y ahora sabemos con qué maravillosa virtuosidad lo consiguió”.


Fue también nadando en la playa de San Juan de Luz hacia el año 1932 donde se manifestaron los primeros síntomas de su amnesia: repentinamente olvidó nadar y fue rescatado antes de morir ahogado… Era sin duda algunas una de tantas manifestaciones que durante esos años iban dando paso a esa Enfermedad de Pick que terminaría con su vida aquél 28 de diciembre de 1937.

En el número 53 de aquella misma calle en la que nació, rebautizada en su presencia en 1930 como Quai de Ravel, se dio el hecho curioso de que tres años después de su muerte, vivió un tiempo Henry Matisse, huyendo de la ocupación alemana. Cuentan que estaba tan pendiente de retomar sus maletas para huir ante el rápido avance alemán, que apenas salía de su habitación y como único testimonio de su estancia en dicha localidad queda  su Intérieur à Ciboure (1940) actualmente en el museo Toulouse-Lautrec de Albi.

lunes, 6 de junio de 2016

Hasta que las aguas inunden la más alta de las montañas...



Esta ilustración pertenece a un manuscrito francés anónimo del siglo XV llamado “Livre de la Vigne nostre Seigneur”. Aunque el título hace referencia a la parábola de los obreros de la viña (Mateo 20: 1-16), es más bien un tratado sobre el Anticristo, el  Juicio Final, el Infierno y el Cielo. Véase si no el modo en que las aguas inundan hasta la más alta de las montañas, para entender que no se trata de un manual de regadíos extremos: el autor nos habla en sus páginas de los signos y horrores del apocalipsis.

La obra está escrita en  prosa francesa, enriquecida con citas bíblicas y tiene muchas correcciones e inserciones realizadas seguramente por el propio autor. Actualmente, se encuentra en la  Bodleian Library de Oxford con la signatura MS. Douce 134…

Y ahora hago la pregunta que me conduce a continuar con lo que quiero contarles: ¿Douce? ¿qué es eso de Douce?

Douce es el apellido del anticuario que compró dicho manuscrito en una subasta celebrada en París en el año 1823, y que lo donó en su testamento a la Bodleian, junto con otras obras que acumuló durante su vida. De ahí que está sea la 134 entre las muchísimas que hubo en dicha donación.

Francis Douce (1757-1834) fue un rico anticuario Inglés, conocido por su colección de libros, grabados, dibujos, monedas y artefactos. Su gusto por las antigüedades le llevó a  trabajar brevemente en el Museo Británico, aunque pronto lo abandonó por desavenencias que no quedan claras. Pero su mayor afición consistía en coleccionar libros relacionados con la muerte, la demonología y brujería, interés que a buen seguro se vería más que satisfecho con “Livre de la Vigne nostre Seigneur”, e ilustraciones tan impactantes con la que se muestra aquí debajo. 


Cuando murió en 1834, Douce dejó la mayor parte de su colección a la Bodleian Library. El regalo consistió en unos 15.000 libros, 50.000 grabados y dibujos, y una gran colección de monedas. Fue uno de los legados más valiosos que ha recibido aquella biblioteca en toda su historia.

Por ello mismo, no es de extrañar que cuando, en el mismo documento testamentario, manifestó que depositaba toda su documentación personal en una caja sellada que donaba al British Museum, bajo la única condición de que no se abriera hasta el 1 de enero de 1900, a los beneficiarios de dicha parte de la donación se les hiciera un poco cuesta arriba la buena noticia. Qué remedio, no les quedaba otra que pasarse 66 años mirando la caja, imaginando lo que habría dentro, hasta que los que vinieran detrás de ellos en el gobierno del British Museum pudieran abrirla.

A pesar de que durante ese tiempo fueron varias las ocasiones en las que se intentó convencer a los depositarios del legado de que abrieran la caja apoyándose en las más variadas excusas, el Museo Británico respetó fielmente los deseos de Douce.

Finalmente, el 1 de enero de 1900, la Administración del museo se reunió para abrir la caja. Es de imaginar que a lo largo de tantos años de espera, dio tiempo a imaginar que se encontrarían en la dichosa caja todo tipo de secretos, confidencias e incluso piezas únicas y desconocidas que podrían redoblar la reputación de los fondos del museo. Es fácil creer que ese día rondaban expectativas de todo tipo entre las personas que se reunieron a abrir oficialmente la caja. ¿Qué es lo que encontraron dentro?

Pues bien, cuando la tapa se abrió, todo el mundo se inclinó para mirar dentro. Hubo un momento de silencio mientras empezaron a revisar su contenido. Alguien resopló con disgusto. Dentro de la caja sólo había deshechos: trozos de papel y cubiertas de libros rasgados, y  una nota de Douce manifestando que, en su opinión, sería un desperdicio dejar nada de mayor valor para los filisteos del Museo Británico.

Peculiar, sin duda.



En estos últimos tiempos me he autoimpuesto el personalizar lo menos posible, el verter lo menos posible mis opiniones en lo que escribo, y el no contar mi vida en ningún caso. La razón es clara: no quiero aburrirles con mis cosas que, a modo de pretendidas reflexiones, ralentizan y estancan la lectura, haciéndola aún más insoportable.

“Más valen quintaesencias que fárragos” parece gritarme Baltasar Gracián desde el pasado. 
Si señor, tiene usted razón.

Pero si en esta ocasión me tomo esta libertad es porque para mí, hablar de la Bodleian Library, despierta algunos de los recuerdos más apasionantes de los que he acumulado a lo largo de los últimos años en mi memoria. En ella encontramos algunos de los documentos que marcaron para nosotros un antes y un después en la investigación que desembocaría en ese “El conde deFuentes. Vida, prisiones y muertes de Armando Pignatelli”

Bien, no he venido a hablar de mi (nuestro) libro, sino de ese “encontramos” y “nosotros” que se refiere no sólo a mí, claro está. En ese nosotros, en esa otra mitad, está mi viejo amigo José Antonio Beguería, con quién compartí ilusiones, esperanzas, desazones y muchas, muchísimas horas de intensa emoción, producida ora por el hallazgo de una breve nota, ora por la visita a una calle de Pau donde debía estar la posada en la que murió el hermano de nuestro protagonista, y un larguísimo etcétera de vivencias que sólo él, yo, y nuestras pacientisimas compañeras sabemos.

Y me refiero tan directamente a mi amigo, viejo por el tiempo que llevamos conociéndonos, por ser hoy el día en que cruza la frontera del medio siglo, y a eso, como a cualquier vivencia señalada de la existencia de las personas a las que apreciamos, hay que darle toda la pompa y relumbrón que se merecen… No tiene porqué hacerlo nadie, así que hagámoslo nosotros.

Feliz medio siglo, amigo, y que hasta que las aguas inunden la más alta de las montañas, tengamos la ocasión de vivir con la intensidad que lo hemos hecho hasta ahora.

viernes, 3 de junio de 2016

La carta amorosa


Durante el siglo XVI, los dos Clouet, Jean, el padre y Francois, el hijo, pintores de la corte de los reyes de Francia, dieron título de nobleza a una modalidad de arte en la que hasta entonces no se había reparado demasiado: los retratos a lápiz. Con ellos, éstos pasaron de ser esquemas preparatorios, a obras artísticas completas. Prueba de lo que digo es que todas las grandes figuras de la corte de los Valois, desde los reyes hasta el último de los nobles, reclamaron la habilidad de los Clouet a la hora de hacerse con un retrato acorde con su posición. Incluso los poetas contemporáneos les cantaron suplicando que hicieran uso de su habilidad para el dibujo. Así lo hizo, por ejemplo Pierre de Ronsard en su “Premier Livre des Amours” dedicando una elegía a Francois Clouet, a quien todos conocían por el apelativo de Janet:

"Pein moy, Janet, pein moy, je te supplie,
Sur ce tableau les beautez de m’amie
De la facon que je te les diray"

(“Píntame, Janet, píntame, te lo suplico,
Sobre este lienzo las virtudes de mi amada
De la manera que yo te las diré”)

La composición de sus dibujos era de una gran simplicidad y de un modernismo fascinante: sobre todo por esas miradas llenas de intensidad, concentrando toda la atención de la nuestra cuando nos enfrentamos, aún cinco siglos después, a su presencia. Olvidamos todo lo demás, excepto cuando ellos mismos nos hacen saber que no debe ser así, desplegando una habilidad en el detalle de un vestido, adorno u otro elemento cualquiera, que parecen querer decirnos a las claras algo más de ese personaje… Aunque ahora nosotros no lo veamos claro, ni sepamos siempre a qué se refiere.

Pero la mirada, esa mirada… Dos líneas sobre ella antes de cerrar.

La mirada en las obras de Jean y Francois Clouet es algo de lo que resulta difícil escabullirse, a pesar de que en apariencia sean otros los elementos de atención… No hay más que recordar, además de los mencionados dibujos a lápiz, el retrato de Diana de Poitiers y, sobre todo, la de la que suele llamarse “la enamorada” en “La carta amorosa”.


François se inspiró en tres célebres personajes de las comedias populares de la época para realizar La Carta Amorosa: una vieja alcahueta que sostiene una carta en su mano derecha;  el enamorado, un atento joven que seguramente ha apañado con la anterior el encuentro, y cuya circundante mirada atraviesa la pintura hasta finalmente caer sobre la protagonista. Por último, está la llamada “la enamorada”, resaltada en su blanquísima desnudez, tan del gusto de la época, cubierta solamente por un delgado velo y una perla  como símbolo de modestia, pureza y castidad…

Es aquí donde para mí está el encanto de la composición: después de todo el juego de miradas descrito hasta ahora, la joven al recibir la de su enamorado, sin disimulo, con frescura, se la devuelve al espectador.

 ¿Es o no es delicioso?

Lo mismo que un viernes con todo el fin de semana por delante.


Disfrutenlo.