martes, 20 de junio de 2017

45º52.6S, 123º23.6W


Quiero pensar que una representación en la que vamos a encontrarnos con Cthulhu, la estación espacial MIR, la Bounty y el Potemky, referencias al capitán Nemo y a la toma de la Bastilla, va a hacer que este esfuerzo en la selección del reparto rinda la curiosidad de más de un despistado lector sobre la entrada serie B que comienza ahora.

Dicen que las coordenadas 45º52.6S, 123º23.6W, corresponden con un lugar en el Océano Pacífico que es el  más remoto de nuestro planeta, el más alejado de cualquier masa de tierra. Por ello le han dado familiarmente el nombre de “Punto Nemo”, y de manera más técnica el de Polo de inaccesibilidad del Pacífico. El caso es que el PIP, estando tan lejos de nosotros, no ha podido evitar a lo largo del tiempo ser depositario de nuestra impronta, de lo mejor y lo peor del ser humano.

Y si no, que se lo pregunten a las agencias espaciales de Rusia, Europa y Japón que lo usan como "cementerio espacial". Más de un centenar de objetos que circulaban más allá  de la atmósfera, han sido dirigidos a este punto cuando iban a ser desmantelados. Así que en las profundidades de estas aguas, si alguien es capaz de llegar hasta allá, uno puede encontrarse fragmentos de satélites, e incluso restos de la estación espacial Mir.

En las entrañas de aquellas remotas aguas hay de todo. De hecho en 1997 unos oceanógrafos grabaron un sonido misterioso cerca de este del Punto Nemo, lo cual provocó, especialmente en los amigos de lo misterioso, mucha expectación e incluso temor, aunque no tuvieran previsto pasarse por ahí. El sonido en cuestión fue bautizado como "El Bloop", y era más fuerte que el emitido por una ballena azul, lo cual hizo que se especulara rápidamente con la posibilidad de que fuera producido por un desconocido monstruo marino… Al final, se demostró que se trataba del sonido que provenía de icebergs agrietándose. Pero bueno: que no hay que creerse la verdad si la ficción resulta más entretenida y enriquecedora.


Que me lo pregunten a mí, y seguramente a unos cuantos de ustedes, pues esta inmensa soledad, 66 años antes de ser catalogada como el Punto Nemo de nuestro planeta, ya había sido elegida por H. P. Lovecraft para situar en ella R'lyeh, el hogar de Cthulhu, la ya entrañable y legendaria criatura de rostro con tentáculos.

Allí yacían el Gran Cthulhu y sus hordas, ocultos bajo bóvedas cubiertas de fango verdoso; enviando de nuevo, tras incalculables ciclos temporales, aquellos pensamientos que extendían el miedo por los sueños de los más sensibles, a la vez que apremiaban a sus fieles a lanzarse en pos de un peregrinaje por su liberación y la restauración de su imperio en la tierra...”

Sigamos. Menos de dos meses antes de la toma de la Bastilla en París en aquél año de 1789, tuvo lugar aquí, en nuestro Punto Nemo, un hecho que por haber ocurrido a un grupo de británicos, podemos considerar de gran relevancia histórica. Se trata del famoso motín del Bounty, cuyo renombre y popularidad me ahorra el tener que entrar a los detalles para explicarles qué es lo que ocurrió con aquél barco de la armada de su graciosa majestad.

Valga con decir que los hechos que todos conocemos ocurrieron en las inmediaciones del Nemo. Bueno, para ser sinceros algo más cerca de las islas Tafoa. Sin duda aquél era lugar muy a propósito para amotinarse. En cierta manera predisponía a ello. Aunque no lo era tanto para ser abandonado como le ocurrió al capitán William Bligh, teniendo en cuenta que el lugar de tierra más cercano a nuestro punto no es otro que la Isla Ducie -una de las Pitcairn-, a nada menos que 1.600 km…

Lo del Bounty ha tenido siempre para mí un paralelismo con lo que ocurrió en el Potemky, por ser aviso de lo que pasaría poquísimo después en tierra, en Francia en este caso, y en modo de revolución. Supongo que la marinería de aquellos tiempos revueltos, como ocurriría fallidamente después también en Kronstadt, era la depositaria de ideas y experiencias que circulaban de un lugar a otro. De hecho, eran su vehículo transmisor y quienes a su vez observaban con mayor distancia lo que ocurría en sus propios hogares. La ausencia otorga este don.

El caso es que leídos una buena porción de párrafos, el paciente lector puede preguntarse a dónde quiero llevarle, y eso será lógicamente porque no he sido capaz de hacerle ver que a ninguna parte. A mi Punto Nemo particular. Pues toda esta divagación viene a cuento de mi encuentro con un curioso grabado que representa el momento en que el capitán William Bligh es abandonado a su suerte en el océano por la tripulación del Bounty. Digo lo de curioso porque sorprende ver ilustraciones, como la que encabeza este texto y que es obra de Robert Dodd, que son de fechas tan tempranas como la de 1790, el mismo año en que tras muchas penalidades llegó el capitán Bligh a Inglaterra y relató su versión de lo ocurrido.

La que muestro aquí abajo, me resulta más interesante todavía, pues es del mismo año 1790, pero de autor francés, Pierre Ozanne, y fue la que me sumergió en todas estas reflexiones el día en que me la encontré en una librería de viejo. Supongo que quien finalmente se la lleve, tendrá la posibilidad de viajar a aquella ninguna parte en la que todos nos encontramos en algún momento.


martes, 30 de mayo de 2017

Inimigo de hipócritas e frades...


Y de citas sobre lecturas recientes o recordadas voy a intentar escribir algo. La culpa la tiene haber devorado con las ganas y el entusiasmo del nostálgico el “England´s Dreaming” de Jon Savage, un extenso recorrido por aquella breve historia que fue la de los Sex Pistols. Entre otras muchas cosas, en él hay obligadas referencias a “Rastros de carmín: una historia secreta del siglo XX” de Greil Marcus, del que precisamente guardaba unas notas, de las que transcribo esta para darles paso después a la última de mis referencias:

“A lo largo de la década de los veinte, los surrealistas buscaron una poética que destruyese el simbolismo hipnótico de la iglesia. Luis Buñuel, que de joven caminaba por las calles de Madrid disfrazado de cura, arriesgándose a ir a la cárcel a causa de ese chiste privado, y que en 1930 rodó la película blasfema L’Age d’or, experimentó su primera atracción hacia el surrealismo a causa de una foto publicada en 1926 en la revista La Révolution surréaliste: “Benjamin Péret insultando a un cura” Definida por Robert Hughes como “una de las primeras performances de las que existe documentación, precursora de miles de acciones igualmente triviales que serían registradas en Polaroid o en video por los artistas norteamericanos de los setenta”, hoy en día la foto es casi imposible de interpretar; un pie de foto más obvio habría sido: “Cura lanzándole a Benjamin Péret una mirada obscena”. Todo lo cual prueba que, en el momento y el lugar adecuados, las poéticas más marginales -en este caso la foto ambigua- puede conducir a alguna parte; por ejemplo, a L’age d’or, que todavía es capaz de cambiar la vida de algunos”.

Vale. Pues José Miguel Pérez Corrales en “El oro del tiempo” nos habla del paralelismo entre esta imagen y la actitud de Manuel Maria Barbosa du Bocage, poeta portugués de finales del siglo XVIII con formación neoclásica, pero maneras radicalmente románticas. Se cuenta de él, y lo  ilustra una colección de lienzos pintados para decorar las paredes del Café Nicola en el corazón de Lisboa, que hacía gala de una actitud satírica y provocadora con todo lo establecido, llegando a pasar alguna que otra temporada en las cárceles de la inquisición. Entre estos cuadros, pintados ¿casualmente? por los mismos años en que Péret se hizo la famosa fotografía, encontramos que la actitud “performante” del poeta portugués no era muy diferente de la del surrealista. Especialmente en aquél en el que se le representa en la obra que el autor denomina “Inimigo de hipócritas e frades”.


viernes, 26 de mayo de 2017

Petrarca-Sade


“¡Salud! Es posible que algo de lo escrito por mi haya llegado hasta ti, aunque desde aquí pueda resultar dudoso que mi oscuro y pequeño nombre sea capaz de alcanzarte a través del tiempo y el espacio. Quizá quieras saber qué clase de hombre fui, y que ha sido de mis obras, especialmente de las que has oído hablar, por muy vagamente que haya sido.”

Así comenzó Francisco Petrarca allá por el año de 1370 su “Carta a la posteridad”, un ejercicio de supuesta autoconfesión, dirigido a mostrarnos lo que fue a quienes le observamos desde el futuro. Ahora que la tendencia generalizada parece ser precisamente esa, puede costar entender lo sorprendente de su actitud. Pero el hecho de que invite a sus lectores a oírle hablar de sí mismo, de sus sentimientos y percepciones, era en sí algo novedoso en unos tiempos en los que la individualidad, como tal, no tenía apenas consideración. Pero los hechos del año 1348 habían provocado que muchas cosas comenzaran a cambiar….

Pero los hechos del año 1348 habían provocado que muchas cosas comenzaran a cambiar…

La peste de aquél año terminó con un tercio de la población de Europa, sacudió los cimientos de una
sociedad cuyos valores entraban en plena contradicción con lo que estaba ocurriendo, y espoleó la conciencia de los intelectuales de nueva generación, con Petrarca y Bocaccio como alumnos aventajados de Dante a la cabeza de todos ellos. Lo que hasta entonces no parecía haber dejado de ser una manifestación de la cultura popular en manos de juglares cortesanos y goliardos, muchas veces al margen de la oficial que emanaba de los conventos, pasó a alcanzar un nuevo estatus que se iría abriendo paso a lo largo de ese nuevo tiempo que, más adelante, recibiría el nombre de Renacimiento.

De aquél doloroso parto, nació el individuo con sus sueños, valores y experiencias vitales.

Petrarca era especialmente hábil cuando se trataba de hablar de sí mismo. Seguramente lo hizo mejor que ningún otro autor hasta entonces, quedando atrás incluso Julio Cesar y sus “Cometarios”. De hecho, sus autoretratos resultan algo sospechosos, pues si se leen con detenimiento se observa que no son sino la construcción de una imagen pública de sí mismo según los modelos sacados de sus lecturas favoritas, en especial la del San Agustín de las “Confesiones”. Además, se encuentran numerosas contradicciones en todo lo que dice ser: se manifestaba ferviente italiano, y pasó la mitad de la vida en Provenza al servicio de aparato administrativo del papado de Avignon -francés-, opuesto a devolver la sede de Roma -italiana-; clérigo, aunque no sacerdote ni pastor de almas, fue virtualmente laico; investigador e intelectual, nunca tuvo que enfrentarse a un aula de estudiantes; apasionado enamorado, aunque platónicamente, de la mujer de otro; célibe que tuvo dos hijos… Por último, las actividades políticas y diplomáticas de Petrarca podrían parecernos anecdóticas frente a su imagen de poeta y humanista: sin embargo fueron aquellas las que le permitieron vivir con cierta holgura, ser reconocido en su tiempo y establecer una importante red de relaciones.

Pura contradicción.


Hombre moderno.


Pero es justo reconocer que en sus escritos Petrarca mostraba tener una especial sensibilidad para ver en sí mismo la fuerza y debilidad del ser humano, sus motivaciones interiores. Como cuando relataba el primer encuentro aquél año de 1327, con Laura, la misteriosa musa de su Cancionero, a las puertas de la iglesia de Santa Clara de Avignon.

“Laura, ilustre por sus virtudes y tanto tiempo celebrada en mis versos, apareció por primera vez ante mis ojos durante mi juventud en 1327, el 6 de abril, en la iglesia de Santa Clara de Avignon”

Hay quien dice que Laura no fue otra cosa que un recurso literario del propio Petrarca, en torno al cual quiso hacer girar una parte esencial de su obra, justificada por un amor que, en lugar de alcanzar la plenitud, el tiempo lo convertiría en algo cada vez más remoto hasta hacerlo imposible de mano de la muerte. Dante, Poe, e incluso Baudelaire, parecen darse la mano a través del diplomático de Arezzo, siguiendo cada uno su particular camino al más allá en busca de la amada:


J'aurais pu (mon orgueil aussi haut que les monts
Domine la nuée et le cri des démons)
Détourner simplement ma tête souveraine,
Si je n'eusse pas vu parmi leur troupe obscène,
Crime qui n'a pas fait chanceler le soleil!
La reine de mon coeur au regard nonpareil
Qui riait avec eux de ma sombre détresse
Et leur versait parfois quelque sale caresse.
Hubiera podido (mi orgullo, alto como el monte,
domina la nube y el clamor de los demonios)
volver simplemente mi cabeza serena,
si no hubiese entre su tropa obscena,
¡crimen que no hizo tambalear al sol!,
la reina de mi corazón, de mirada sin igual,
que se reía con ellos de mi sombría tristeza
y les hacía, a veces, alguna sucia caricia.

Charles Baudelaire, La Beátrice


Pero al hablar de la Laura de Petrarca, la tradición y la creencia de la mayor parte de los estudiosos dan en asegurar que se trataba de Laura de Noves. Ésta que por aquél entonces tenía 18 años, era hija de una familia de la nobleza Provenzal, y llevaba alrededor de dos años casada con Hugo II de Sade, perteneciente a una de las familias de mercaderes más ilustres y antiguas de Avignon, a quién daría una extensa prole. De ella se diría descendiente otro Sade, el famoso marqués Donatien Alphonse François de Sade.

Fue precisamente Jacques-Francois-Paul-Aldonze de Sade, otro de sus supuestos descendientes y tío de nuestro marqués, uno de los principales postulantes de esta atribución. De hecho dedicó una parte de su vida como religioso, cuando su conocida dedicación a los placeres mundanos lo permitía, a investigar y redactar una de las que sería las principales biografías del poeta, Memoires pour la vie de Francois Petrarque, en la que, por supuesto, demostraba sobradamente la pertenencia del marido de Laura a su propia estirpe.

El marqués de Sade, sobrino del abate, aprovechó su larga estancia en la prisión de la fortaleza de Vincennes, para leer, releer y acumular en los muros de su celda una cantidad ingente de libros. 

“Catalogue des livres demandés depuis un siècle” (“Catálogo de libros pedidos hace un siglo”), titula un cuadernillo que adjunta en una de las cartas que envía a su esposa. El Catálogo es extensísimo, y a vista de los estudiosos de hoy en día tiene un doble valor. Primero por darnos una importante información sobre las lecturas del marqués, hay entre ellas mucha obra de teatro, por ser un género éste en el que esperaba ser célebre; segundo, por haber en él textos que han desaparecido y de los que no hubiéramos tenido noticias de otra manera.

Pero el Marqués también trabajó en la redacción de lo que posteriormente serían sus primeros textos publicados. De hecho, es de esa época un cuadernillo en el que pueden leerse los primeros esbozos de “Les infortunes de la vertu”, que sería reescrita por su autor para convertirse en “Justine ou les Malheurs de la vertu”, primera obra publicada del autor, muy del gusto de aquellas que inundaban entonces el mercado de la literatura erotico-galante de la mano de autores tan reputados ya entonces como Nicolas Retif de la Bretonne.


Y uno de los hechos desencadenantes de todo esto fue sin duda el que tuvo lugar en febrero de 1779. Según cuenta en otra carta a su esposa, la noche del 16 de febrero se quedó dormido en su celda mientras releía la obra de su tío sobre Petrarca. A consecuencia de ello, tuvo una serie de ensoñaciones que pasó a narrar en el escrito:

“Todo mi consuelo es Petrarca. Lo leo con tal placer, con tal avidez, que no hay comparación posible. Pero hago con él lo que la marquesa de Sevigné hacía, con las cartas de su hija: lo leo lentamente, por temor a terminar de leerlo. ¡Qué obra tan bien escrita...! Laura me trastorna. Me siento como un ni­ño. La leo todo el día, y a la noche sueño con ella.

Te con­taré un sueño que tuve ayer, mientras todo el universo se entregaba a la diversión.

Era alrededor de medianoche. Yo acababa de dormirme, con sus memorias en la mano. De pronto se me apareció... ¡La estaba viendo! El horror de la tumba no había alterado el fulgor de sus encantos, y sus ojos aún tenían tanto fuego como cuando Petrarca los celebraba. Una gasa negra la en­volvía íntegra, y sus hermosos cabellos rubios flotaban negli­gentemente hacia atrás. Parecía que el amor, para hacerla aún más bella, había querido suavizar todo el aparato lúgubre con que se ofrecía a mis ojos. "¿Por qué gimes en la tierra? —me dijo—. Ven a reunirte conmigo. Hay más males, más penas e inquietudes en el espacio inmenso en que habito. Ten el va­lor de seguirme." Ante palabras tales, me puse a sus pies y le dije: "¡Oh, Madre mía...!". Y los sollozos ahogaron mi voz. Ella me tendió una mano, que yo cubrí de lágrimas. También ella lloraba. "Cuando vivía en este mundo que de­testas —añadió—, me agradaba dirigir mis miradas hacia el porvenir; multiplicaba mi posteridad hacia ti, y no te veía tan desdichado." Entonces, cautivo de la desesperación y la ter­nura, arrojé mis brazos en torno de su cuello para retenerla o seguirla y para embeberla en mis lágrimas, pero el fantas­ma desapareció. No quedó más que mi dolor.”

No es difícil dar en su encuentro con la Laura que eternizó Petrarca con otro personaje, Justine, que en aquél mismo tiempo comenzaba a nacer en los borradores que el Marqués de Sade esbozaba dentro de la prisión.  

Petrarca tuvo noticia de la muerte y enterramiento apresurado de Laura poco después de que se la llevara la peste de 1348. Aquél día, muy lejos de donde había muerto su amada, dejó escrita de su propia mano en latín una nota que pegó en uno de los ejemplares más queridos de su biblioteca: un Virgilio manuscrito que le acompañaba en todos sus viajes.

La nota decía así:

“…en la misma ciudad, en el mismo mes, y el mismo sexto día y a la misma primera hora del año 1348, esta maravillosa belleza fue sustraída a la luz mientras yo estaba en Verona, ignorante por lo tanto de mi desgracia. Pero la triste noticia me la trajo a Parma una carta de mi amigo Louis el día 19 del mes siguiente. El cuerpo precioso y casto de Laura fue sepultado en el convento de los hermanos menores, el día mismo de su muerte”.

Es fácil concluir que todas estas obras, las de Dante, Baudelaire, Poe y, cómo no, Petrarca, no son sino cartas a la eternidad. Están escritas a modo de salvoconductos que pretenden alcanzar, para los sueños o vivencias de sus autores, la supervivencia en el recuerdo colectivo. 

Pues no somos otra cosa que lo que vivimos.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Jesse James o la reputación poética de un pueblo


El lunes 10 de julio de 1882 el periódico  madrileño “El Día” informaba del entierro del bandido Jesse James, aproximadamente dos meses después de que hubiera tenido lugar, en un curioso artículo que paso a transcribir.

“Un bandido célebre.

No se dirá que los Estados Unidos no tienen leyendas. Basta que exista un personaje de la talla de Jesse James, para salvar la reputación poética de un pueblo.

La antigüedad ha colocado entre los héroes, a gentes que no habían hecho gran cosa, y que sobre todo, no luchaban con las dificultades que opone la sociedad moderna. Hércules, Teseo y otros aventureros célebres, ignoraban la existencia de la policía y de la Guardia civil; en cambio, Jesse James, ha tenido que vencer a todas las instituciones que en las sociedades modernas se dirigen contra lar personas que desprecian demasiado las conveniencias sociales y la actual organización de la sociedad.

Jesse James nació en el Missouri. En este Estado se estableció como bandolero, ejerciendo sus hazañas en el Kearnady (sic) y aun en las riberas del Mississipí. Y no se crea que Jesse habitaba cavernas ni chozas escondidas en los bosques. Había civilizado el bandidaje adaptándolo a la cultura moderna.

Vivía en una casa preciosa, hacia la vida de familia, era querido ardientemente por los suyos, respetado por el clero, pues era muy piadoso, y amado por el pueblo. Salía a las expediciones, no de noche y a escondidas, sino de día y con toda publicidad. En medio de la calle mataba y robaba como la cosa más natural del mundo.

Según el último censo, el Missouri tiene 2.168.804 habitantes. Constituye una división militar que tiene ocho regimientos de caballería y diez de infantería. Elige trece diputados, tiene una constitución, Cámaras, un gobernador, un subgobernador, una deuda de 17.008 dollars, agentes de policía numerosísimos, y su gobernador es persona que sabe y quiere cumplir con su deber. A pesar de todo esto, Jesse James reinaba en absoluto, y como decía el gobernador en un discurso, ningún industrial ni comerciante se creerá en seguridad mientras viviera el bandido.

Los directores de casas de banca, las empresas de caminos de hierro de San Luis, de Kausa, de Omalia, de Chicago quejabanse diariamente. Jesse vivía en una hermosa de Kearnady, sin que la policía pudiera nunca dar con él por la protección que le daba el pueblo bajo. En ciertas ocasiones el populacho lo arrebató de manos de sus perseguidores.

El gobernador, ante las apremiantes órdenes del presidente de la Unión, puso a precio la cabeza de Jesse, siendo este muerto por un bandolero, a traición.

Los funerales de Jesse han sido solemnísimos. Dos reverendos pastores oficiaban. Una gran multitud seguía el coche que conducía el cadáver. Uno de los pastores, en su oración fúnebre, manifestó la confianza que tenía en la salvación eterna de Jesse, ese excelente muchacho, á quien el cielo debe recompensar.

La vida de Jesse es una de esas grandes rarezas de los Estados aún a medio colonizar. Allí aún se puede vivir en familia en un pueblo que lo respeta, y ser al mismo tiempo un tiempo un excelente bandido que desvalija al lucero del alba.”

Este artículo, cuyo autor parecía en ocasiones anunciar los postulados del bandido social de Hobsbawm, no es la única referencia contemporánea de nuestra prensa al célebre salteador. De hecho, mes y medio antes, el 20 de abril de aquél mismo año, “El Imparcial” había dado la noticia de que “ha sido asesinado el famoso bandido americano Jesse James a quien uno de los foragidos de su banda, Roberto Ford, sorprendió y mató de un tiro el día 3 del actual”.

Para “El imparcial”, uno de los grandes rotativos españoles de la época, el bandido era ya un viejo conocido, pues de él informaba por ejemplo el año anterior, en 24 de septiembre de 1881, de lo siguiente:

“El 8 del actual fue detenido y robado, a 14 millas da Kansas, por doce enmascarados, el tren 48 de Chicago a Alton.

El empleado que guardaba la caja del tren, y que trató de defenderse, fue golpeado de tal suerte, que se desespera de salvarle la vida. El total sustraído se estima en unos 20.000 pesos. También fueron robados todos los pasajeros, cuyos bolsillos y relojes representaban un valor de varios miles de pesos.

Los ladrones iban bien armados, y continuaron haciendo disparos durante el saqueo con el objeto de intimidar a los viajeros. El conductor del tren consiguió escapar ileso de los varios pistoletazos que le dirigieron. Terminado el saqueo, los bandidos se retiraron tranquilamente, y el tren llegaba poco después á Kansas City, de donde salió el jefe de policía Speers con cincuenta hombres en persecución de los malhechores. Otros muchos vecinos armados de las inmediaciones han marchado en su busca, y es posible que los capturen. Se cree que los bandidos pertenecen a la cuadrilla que manda el tristemente célebre Jesse James.”


Si se busca, se encuentran más noticias de la carrera de este bandido, o de otros muchos que desde diferentes lugares del mundo pasaron a llenar las páginas de estos periódicos con inauditas y casi siempre sangrientas historias de asaltos, saqueos y persecuciones.

Visto ahora, resulta curioso encontrarse a figuras como la de Jesse James en la prensa de un país que tenía su propio repertorio de salteadores. Estaban todavía muy recientes las correrías de las partidas carlistas que no se habían dado por enteradas del final de la guerra. Seguía también latente el temor a viajar por unos caminos conocidos en toda Europa por la fama de sus bandidos. Y sin embargo, asomaban ya, tan tempranamente, algunos de los que terminarían por ser los héroes de la cultura popular y globalizada que llegó hasta nosotros de la mano del cine y las novelas baratas.

Estas fueron seguramente las que los alzaron de entre los olvidados, para ser recordados como aquellos que vivieron y murieron para salvar la reputación poética de un pueblo, y de algún modo, a todos nosotros.

lunes, 15 de mayo de 2017

Codex Manesse


El Codex Manesse es una antología de la obra de 135 Minnesängers de entre mediados del siglo XII y principios del XIV. Los tales Minnesänger eran la versión germana de los trovadores provenzales, y, como ellos, se ganaban la vida componiendo obras galantes, con mayor o menor fortuna, para obispos y príncipes.

Aunque no está muy claro, parece ser que hubo dinastías que se dedicaron durante generaciones a la creación de estas cancioncillas y versos de corte amoroso, picante o satírico para sus señores. De ello vivían, e incluso alguno también moría, como le ocurrió al tercero de los llamados Reinmar von Brennberg, quien en 1276 probó el acero de vaya usted a saber si un grupo de maridos celosos, u honrados burgueses objeto de alguna de sus sátiras.

Así lo recuerda el magnífico Codex Menesse, junto con alguna de sus composiciones, en el folio 188r.

martes, 9 de mayo de 2017

Liñiou faté


Los dioses son caprichosos. Lo mismo hacen gala de una extrema crueldad con nosotros, pobres mortales, que se muestran a continuación generosos y llenos de bondad. Así conducen los vientos de la fortuna, y dejan que con la incertidumbre en nuestros corazones, vivamos sometidos a su antojo. No hay camino trazado por ellos, pues supondría un obstáculo a su voluntad cambiante.

De todo esto era consciente el poeta Horacio, y de que las cosas podrían volverse en su contra también. Por ello, cuando fue encargado de celebrar la derrota y muerte de Cleopatra y Marco Antonio tras Accio, no quiso sacrificar la oportunidad de hacer una fiesta de ello, y despachó rápidamente sus primeras estrofas con una transcripción textual de otras que escribió Alceo de Mitilene quinientos años antes:

"Nunc est bibendum,
nunc pede libero pulsanda tellus"

(“Ahora es el momento de beber,
ahora es el tiempo de bailar como loco sobre la tierra”)

Horacio tenía claro que lo importante era celebrar la vida, el nacimiento de un nuevo mundo tras la muerte de los tiranos. A partir de entonces, el tiempo desaparecía por fin, para dejar paso al momento.


A principios de mayo de 1894, se celebraba en la ciudad francesa de Lyon la Exposición Universal, Internacional y Colonial. Entre las empresas expositoras, había una nueva con un producto también muy reciente y desconocido para la mayor parte del público. Se trataba de Manufacture Française des Pneumatiques Michelin, con apenas cinco años de vida, y dedicada inicialmente a la fabricación de cubiertas para bicicletas, aunque la posterior evolución del mercado les llevaría a centrarse en un invento que avanzaría con el nuevo siglo: el automóvil.

Aquél día, un trabajador se esmeraba en ir apilando neumáticos junto a la exposición de la casa. Iba colocándolos uno sobre otro hasta formar dos columnas del tamaño de una persona. En ese momento se acercaron por ahí los jefes y propietarios, los hermanos Édouard y André Michelin, quienes tras revisar el estado del área dedicada a su empresa, se detuvieron a observar la pila que poco antes había estado formando su empleado: “Si tuviera brazos parecería un hombre“ -comentó Edouard a su hermano.

La idea se quedó ahí, hasta que algún tiempo después decidieron dar un paso más en la promoción de la empresa, y llamaron al artista Marius Rossillon, que firmaba con el seudónimo O’Gallop. André tenía en mente una obra de grandes dimensiones que Rossillon había realizado para una compañía cervecera alemana. En ella aparecía un hombre levantando una jarra con su mano derecha con el lema “Nunc est bibendum”. El mayor de los Michelin tenía también la idea de combinar esto con la ocurrencia de esa apariencia humana que había encontrado a la pila de neumáticos.

Así que a Rossillon no le quedó más que tomar nota y dibujar el primer cartel: diseñó un muñeco hecho a base de ruedas apiladas brindando con una copa llena de cristales, clavos, etc... Tal y como indicaron los hermanos Michelin, incluyó el lema Nunc est bibendum, seguido de otro que, ya en francés, decía “A vuestra salud. El neumático Michelin se bebe el obstáculo”. Con ello, pretendía forzarse su interpretación a un juego de palabras en el que venía a decirse que el neumático se traga sin daño alguno los obstáculos que llenan su vaso. Todo por mantener la cita horaciana…

¿Iba a entender alguien a que venía eso? Seguramente esa capacidad que tenemos todos de interpretar cualquier cosa que se nos ponga delante, hizo que al quedar el texto exactamente encima del muñeco y haber un “est” delante del nombre, la mayor parte de la gente utilizara la lógica y pensara que ese era su nombre, intuyendo que el texto podría decir algo así como “Este es Bibendum”


“Liñiou faté”/ Ahaztutakoak significa “los olvidados” en wolof, una de las lenguas habladas en Senegal y Gambia. Este mismo nombre que se le ha dado a una exposición que se celebra actualmente en el Museo de San Telmo de San Sebastián, con fotografías y grabaciones de video tomadas por Juan Mari Indo en sus viajes por el continente africano. En ella se nos muestra cómo se utiliza a Bibendum actualmente en el África Subsahariana, para señalizar los talleres de reparación de pinchazos de ruedas. Es curioso descubrir que uno se los puede encontrar en los sitios más increíbles: desiertos, carreteras, ciudades, poblados, pistas de piedra o arena…

Sus dueños son artesanos capaces de reparar una cubierta de rueda de camión cosiéndole una cuerda. Hacen también las veces de artistas y pintan su particular Bibendum con colores y formas modestas echando mano de los pocos recursos de que disponen. Tienen una especial habilidad aprovechar paredes, chapas desplegadas, ruedas apiladas, carteles de todo tipo o cualquier otro soporte… Saben que lo importante es atraer la atención de los posibles clientes que circulan por las inmediaciones hacía esos talleres que han logrado levantar.


El bibendum que encontramos en estas representaciones ya no tiene nada que ver con el original: es una imagen naif, un graffiti de aspecto precario que parece en ocasiones una representación animista, una máscara de alguno de esos cultos remotos y desconocidos que imaginamos todavía se pueden practicar en algún rincón de aquél continente lleno de misterio.

De hecho, “Liñiou faté” se refiere a nuestra periferia. A todo aquello que hoy en día, a pesar de haberse acortado tanto las distancias y los tiempos, sigue estando todavía en lo más remoto de nuestra conciencia. Habla de esa creatividad nacida para sobrevivir, y que sin embargo está condenada al olvido, a desaparecer sin que apenas hayamos sido conocedores de su existencia. 


Los dioses son caprichosos, decía al principio. Y moldean el tiempo de manera que construya olvido con nosotros y con las vivencias que nos ocuparon. También con todo aquello que hacemos. Puede que en el mejor de los casos, quienes nos sucedan hagan de nuestro recuerdo algo que jamás hubiéramos imaginado…

Pero ni de esto hay garantía alguna, pues no hay camino trazado que pueda suponer un obstáculo a la voluntad cambiante de los dioses.


domingo, 30 de abril de 2017

Si alguna vez, en una librería de viejo, la curiosidad…


Entre los años 1941 y 1967, la editorial francesa Gallimard decidió lanzar una colección de 552 títulos encuadernados en cartón, algo raro en ellos pues la mayor parte de las veces lo hacía en una rústica muy barata de papel, con un gramaje levemente superior al de las páginas interiores. Pero lo que hacía extraordinaria a esta edición es que el diseño de las encuadernaciones en cartón fueron encargadas a diferentes artistas, especialmente a Paul Bonet, ya entonces un gran conocido de los bibliófilos por la calidad de sus creaciones, y Mario Prassinos, pintor griego afincado en Francia muy considerado en los círculos literarios de la época. Del total de las obras, el primero se encargó de 324 títulos, y el segundo de 207, hecho por el cual los coleccionistas conocen a esta colección con el nombre “Bonet-Prassinos”.

Portada de Paul Bonet para
"Les Œuvres complètes" de
Antoine de Saint-Exupéry (1950)
Por sus contenidos, la colección no está centrada en una temática en particular. Se trata de obras que lo mismo pueden ser ediciones originales, como reediciones. En su mayoría son autores franceses, pero también los hay foráneos. La idea del editor era la de sacar a la luz las principales obras de sus fondos en una versión especial. Una, que pudiera venderse a ese público que busca reunir en sus estanterías ejemplares cuya calidad literaria se vea avalada por la elegante y moderna vistosidad de sus encuadernaciones. Para garantizar el estímulo colector, quién sabe si como precedente del mismo que todavía nos inunda en forma de enciclopedias y colecciones, Gallimard hizo que estas ediciones constaran todas ellas de 1000 ejemplares numerados.


La mayor parte de las obras de Bonet y Prassinos se apoyan en formas geométricas más o menos dinámicas, llenas de colorido que reflejan la búsqueda creativa que por aquél entonces habían emprendido quienes se dedicaban a aquellos menesteres. Como resultado, quedan esas joyas para bibliófilos que asoman ahora en las librerías de viejo francesas, y que atraen poderosamente la atracción del curioso que se ilusiona con la idea de tener un Camus en edición de 1956, en idioma original y con tan hermoso empaque. Desgraciadamente para mi, al encontrar el precio escrito a lápiz en la primera página, ayer, en aquella librería de viejo de Bayonne, se me esfumaron rápidamente todas las esperanzas de quedarme con semejante joya:

- Mais Monsieur, c’est un Bonet-Prassinos! -me dijo el librero con un punto de indignación.

Albert Camus, "La chute".
Portada de Mario Prassinos (1956)

Callé y dejé el libro en su lugar. También me prometí curar mi ignorancia enterándome cuando llegara a casa de qué era todo aquello de Bonet-Prassinos

Hecho está, y escrito de paso para quién puede interesarle.

A uno le queda una sensación un poco extraña, contradictoria, y seguramente por eso familiar. Está a medio camino entre la pesarosa consciencia de que en estos casos lo que parece valer no es la obra escrita, sino el adorno que la envuelve; y el gusto por estas joyas de la bibliografía que uno las ve revestidas de un aura especial... 

Pero quizá, por encima de todo ello prevalezca un placer mayor: el de haber adquirido un nuevo conocimiento, aunque este resulte algo extraño y poco útil. Al fin y al cabo, esa es mi especialidad.

Charles Dickens, "Les grandes espérances",
Diseño de Mario Prassinos (1949)

jueves, 27 de abril de 2017

Repugnancia, no pena


Eso es lo que me producen determinadas noticias que nos da la pista sobre el traje a medida que nos están fabricando quienes en lugar de administrarnos y servirnos -como les gusta decir que hacen no sin abundante cinismo-, pretenden moldear nuestras conciencias, y domar la voluntad de todos nosotros.

Se va a eliminar la literatura universal del bachillerato... Hacer eso es como borrar de un plumazo del imaginario colectivo de quienes están en camino de sucedernos a Moby Dick, el último mohicano, Jean Valjean, Jane Eyre o Ulises, y con ellos la capacidad de soñar, imaginar y, por supuesto, pensar por nosotros mismos.

Es sólo la universal… Ya, casi nada. Tratándose de un brexit cultural, los valores patrios quedan a salvo. Aún más todavía, guarnecidos por nuestra ignorancia sobre lo que sienten, piensan y leen los de fuera. Vivimos en el mejor de los lugares, tierra de las mejores creaciones y debemos estar agradecidos por ello sirviéndola con devoción. Muy práctico, sí señor, y si queremos pensar en algo, ya tenemos éticas y religiones en nuestras aulas…

Supongo que vendrá bien, una vez eliminadas la filosofía y la música, esta nueva vuelta de tuerca. Dejamos así de lado todo lo que sobra en el camino, cada vez más despejado, hacia la capacitación de esas unidades de producción y consumo que pretenden sean quienes viene detrás de nosotros…

¿Pena? No, nunca: Rabia y rebeldía.

miércoles, 19 de abril de 2017

Aguamixa. 12 años.


Recuerdo que hace algún tiempo, el 10 de abril de 2007, recogía una entrada  escrita por la mano de Diderot en el tomo I de la Encyclopédie. Se refería al término Aguamixa: 

“Aguaxima, una planta que crece en Brasil y en las islas de América Central. Esto es todo cuanto se nos dice de ella. Y a mí me gustaría saber para quién se hacen descripciones como ésta. No puede ser para los nativos de la región, quienes obviamente conocen más características de la aguaxima que las que incluye esta descripción y que no tienen mayor necesidad de ser informados de lo que crece en su propia tierra: sería como decirle a un francés que el peral es un árbol que crece en Francia, Alemania, etc… Tampoco está hecha para nosotros; porque ¿qué puede importarnos que crezca en Brasil un árbol llamado aguaxima, del que desconocemos todo salvo el nombre? ¿A quién puede resultarle útil saberlo? Deja en la ignorancia a quienes ya lo estaban antes; no enseña nada a nadie. Si menciono esta planta, y varias otras igualmente mal descritas, es en atención a aquellos lectores que prefieren no encontrar nada en un artículo de Diccionario, o incluso encontrar una estupidez, a echar de menos el artículo en cuestión.”

Por una asociación de ideas es lo que me viene hoy a la cabeza cuando resumo y celebro mi 12 cumpleaños como blogero. De hecho, es algo que no deja de producirme cierta perplejidad, recordando que cuando empecé lo hice sin ningún afán de llegar demasiado lejos, ni con la confianza de que esto tuviera sentido. Las convicciones siguen siendo parecidas, si.  Pero no sé si es por la placidez que produce el dejarse llevar por la deriva, o por el desahogo que supone lanzar todo aquello que se me va ocurriendo al vacío infinito de una página en blanco, el caso es que sigo manteniendome aquí. Seguramente tenga también mucho que ver lo que he aprendido a través de la escritura, y la compañía que me ha procurado el intercambio de pareceres y conocimientos con todos los que dedicáis alguna parte de vuestro tiempo a asomaros por aquí.
El caso es que en el fondo de todo, no queda otra cosa que la esperanza de prevalecer -como no-, y poder seguir compartiendo con todos vosotros lo que a este juntapalabras se le ocurra. Que así sea.
“Le vent se lève!… Il faut tenter de vivre!”

lunes, 10 de abril de 2017

El regalo de las musas


Sigamos una vez más los hilos de existencias pasadas, merodeando por derroteros tan inesperados como sorprendentes. ¿Es posible que a principios del pasado siglo XX, el pintor Julio Romero retratara a la reina de los Vampiros de París?, ¿fue ella quién realizó en Hondarribia el primer film de ficción de Euskadi?, ¿realmente fue coronada como la décima musa por los surrealista?. 

Hay un largo camino por delante...

Comienza el espectáculo


I. Fantomas

Paris, 1911. La atención popular, que por aquél entonces no tenía muchos más entretenimientos que el de la lectura propia o ajena, está centrada en las perversidades de un nuevo criminal. Éste muestra habilidades casi desconocidas hasta entonces para el gran público, como es la del disfraz, para suplantar la mayor parte de las veces a sus víctimas, o la de mostrar una sádica creatividad en sus crímenes, empleando plagas de ratas infectadas, venenos de efectos insospechados y toneladas de arena con las que llena las estancias de sus objetivos.

El criminal tenía un nombre: Fantomas. Y fue tal el impacto que provocó entre los lectores franceses de hace un siglo, que los hubo que se resistieron a creer que no era otra cosa que el producto literario de Marcel Allain (1885-1970) y Pierre Souvestre (1874-1914), publicado de mano de Arthème Fayard en forma de 32 episodios mensuales entre febrero de 1911 y septiembre de 1913.

Parte del éxito lo deben los autores literarios a Gino Starace, diseñador habitual de las portadas de la
Portadas de Gino Starace para dos episodios de Fantomas.
colección "Livre populaire" de Arthème Fayard. Tuvo la habilidad de abrir con estas ilustraciones una ventana al lector de coloridas promesas de aventuras a bajo precio. Bastaba con cruzar la mirada  con ellas en alguno de los expositores de los quioscos de prensa de aquél entonces, para rendir el interés y sumergirse inmediatamente en la lectura de unos hechos que prometían todo tipo de emociones. En cierto modo, ilustraciones como las de Starace, y detrás de él las de los muchos y geniales autores de portadas de novelas baratas, han marcado y renovado las pautas estéticas del género policiaco y de aventuras tanto en su faceta literaria, como en la cinematográfica.

Extraña poco que en vísperas de la Primera Guerra Mundial, y con el resentimiento de la derrota de 1870 todavía fresca en la memoria, sus autores hicieran al malhechor de los mil rostros alemán. A lo largo de la serie, nos revelan que Fantômas era realmente el archiduque Juan North, del principado alemán de Hesse-Weimar, nacido hace precisamente 150 años, en 1867. Ya antes de convertirse en el famoso delincuente, tuvo un pasado aventurero, habiendo participado en la guerra de los Boers en Suráfrica y recorrido medio mundo, desde la India hasta México. Al futuro Fantomas le dio tiempo incluso para tener dos hijos ilegítimos, Vladimir y Helène, con la aristócrata Lady Maud Beltham, que terminaría suicidándose en 1910.

Juan Gris. Fantomas, 1915.
Fue precisamente este pasado tan repleto de aventuras, así como esos marcados modales de dandy, y el profundo desdén que mostraba por la ley y la moral establecida, lo que lo llamó la atención de las vanguardias de la época, que no tardaron en adoptarlo como modelo estético. Robert Desnos, a quién se le recuerda tanto por ser el crítico cinematográfico mas solvente del surrealismo, como por sus postulados  militantes contra "el mal cine". Se cuenta que propugnaba entre los suyos el acudir a las salas cinematográficas donde se proyectara alguna película que no fuera de su gusto a dormir. Desnos dedicó al personaje un largo poema titulado "La Complainte de Fantômas", que finalizaba así:


Allongeant son ombre immense
Sur le monde et sur Paris,
Quel est ce spectre aux yeux gris
Qui surgit dans le silence ?
Fantômas, serait-ce toi
Qui te dresses sur les toits ?

Atentas a todo el revuelo que se había organizado en torno a este nuevo rey del crimen, había personas mucho más pragmáticas y con instinto para los negocios, que vieron en las andanzas del malvado Fantomas un bocado muy apetecible... Algo ideal para explotar en ese nuevo medio de contar historias que era entonces el cine. Y es aquí donde pasa a la escena Louis Feuillade.


II. El hombre de cine

Louis Feuillade
Louis Feuillade (1873-1925) hizo de todo un poco antes de llegar al cine: trabajó con su padre como vendedor de vinos en el Languedoc, fue comerciante y aprendió los rudimentos de la carpintería, hasta que sus inquietudes literarias lo llevaron a intentarlo con la poesía, el teatro, la prensa e incluso la crítica taurina. El deseo de progresar en el oficio de las artes, le animó a dejar toda su vida pasada y marchar a París en busca de fortuna, donde, tras fundar un semanario satírico, fue haciéndose un nombre, pero no en el mundo de las letras, sino en otro más novedoso, revolucionario y en el que daría muestras de tener una clara habilidad: el cine.

Para 1913 era ya una figura reputada en aquella naciente industria francesa. Competía, como director artístico de Gaumont, con Pathe y especialmente con Georges Méliès, para lo que tenía en su haber una importante producción cinematográfica. Y fue buscando el modo de imponerse en aquella pelea, cuando llevado por su instinto se convenció de que aquellos folletones dedicados a narrar las andanzas de un criminal tan original y del gusto de los lectores como lo era Fantomas, podían ser un éxito en la pantalla. 

Así que decidió probar suerte.

Además de centrarse en la adaptación de las novelas y en la producción, Feuillade quiso ser extremadamente cuidadoso con la selección de los intérpretes: a su entender, conocida la historia por el público, lo importante era que cada uno de los personajes que también iban a ser familiares para los lectores/espectadores resultaran muy creíbles. Ahí entendió que podía residir la fuerza de la historia. Fue así como llamó al experimentado y versátil René Navarre que se convertirá sin duda en la mejor personalización cinematográfica de Fantomas. Con él y con Georges Melchior como el periodista Fandor, y Edmond Bréon, como el inspector Juve, Feuillade realizará 5 episodios que gozarían de un éxito rotundo: Fantômas, Juve Contre Fantômas, Le Mort qui tue, Fantômas contre Fantômas y Le Faux Magistrat



A ojos de un espectador de hoy, la serie puede parecer algo monótona una vez superados los primeros momentos de curiosidad: son cámaras fijas, apenas existe algún primer plano y hay aspectos de la narración que o resultan tediosos o son incomprensibles. En este sentido, es importante recordar que reproducían una lectura poblada de situaciones y personajes que en aquél entonces eran conocidos por todos, bien de primera mano o bien por las referencias que su fama había generado.

Fantomas tiene la virtud de que al seguir las normas del roman-feuilleton que los originó, cada una de las películas está fraccionada en pequeños episodios que terminan en el momento más intenso para crear expectación, como hicieron sus autores literarios para dejar en vilo a los lectores y crear emoción. Esta capacidad de provocar una fuerte tensión emocional en el espectador es lo que en cierta manera hace que, a día de hoy, Louis Feuillade sea considerado por algunos como el pionero en un género cinematográfico que con el tiempo ha alcanzado gran popularidad y que es conocido con el nombre de thriller


III. La reina de los vampiros



El inicio de la Gran Guerra y la suspensión por dicho motivo de la exitosa serie de Fantomas, obligó a Feuillade a centrarse en la producción de algunos dramas de corte patriótico, destinados a motivar tanto a las personas que marchaban al frente como a sus familias que quedaban en la retaguardia. La ficción había quedado, aparentemente, relegada a un segundo plano.

Pero el negocio no podía vivir únicamente de patriotismo. Ni siquiera era recomendable hacerlo para un público francés inmerso en los dolores de una guerra como esa. La ficción era una medicina mejor que muchas otras para aquellos padecimientos, y las productoras cinematográficas adivinaron pronto la necesidad de evasión que sentía el público. De hecho, ya se había dado el primer paso en ese sentido y Feuillade fue llamado por la casa Gaumont, para acometer la preparación de una respuesta a la bomba cinematográfica que acababa de lanzar Pathé. Se trataba de un folletón de producción francesa en episodios titulada The Exploits of Elaine, y protagonizada por la entonces conocidísima Pearl White, famosa por sus papeles en series y películas en las que lo mismo volaba arriesgadamente en un aeroplano, como nadaba en un mar lleno de peligros o huía de extrañas y remotas tribus de lugares desconocidos. En este caso, el personaje de Elaine prometía a su audiencia que recorrerían medio mundo junto a ella y un valeroso detective en pos del asesino de su padre.

Mal lo tenía Feuillade para hacer frente a la nueva producción de Pathe. En lo primero que pensó fue en revivir su archifamoso Fantomas, pero era imposible: la mayor parte del reparto estaba en el frente… ¿Entonces?

Feuillade echa mano de sus aficiones literarias y del conocimiento de las técnicas folletinescas trasladadas al cine que tan buen resultado le habían dado, e idea pronto una nueva historia muy en la línea de su exitoso Fantomas. Su título: Les Vampires.


Cartel promocional de la película "Les Vampires"

La historia comienza narrando las inquietudes de Philippe Guérande reportero del periódico "Mondial",  quien libra una lucha sin cuartel contra la banda criminal que se hace llamar “Los Vampiros”. No es que se tratara textualmente de vampiros, más bien era el nombre con el que se había bautizado la gavilla para dar cierto sentido, supongo, a esa manía que van a mostrar a lo largo de la serie de hacer sus apariciones de manera tan teatral y con un aspecto absolutamente oscuro y siniestro, muy novedoso en aquella época.

Para combatir a estos peculiares "vampiros" Guerande cuenta con la ayuda de su fiel amigo Oscar-Cloud Mazamette,ex miembro de la banda, al que convenció para seguir el camino correcto. El periodista no escatima esfuerzos para contrarrestar las acciones del Gran Vampiro, líder de la banda; Irma Vep, la musa de los criminales; Satanás, manipulador peligroso de explosivos; y Vénénos, maestro -como no-, en el uso de todo tipo de ponzoñas.


Sin embargo, el eje principal de la historia no iba a ser el periodista. Ni su fiel amigo o el malvado Gran Vampiro. La llamada a protagonizar la historia y a centrar la atención del público a lo largo de los 10 episodios que escribió Feuillade iba a ser Irma Vep, y para interpretarla pensó en una vedette del ahora tristemente famoso Bataclan, que por aquellos años representaba junto a Colette un papel en la revista Ça grise. Su nombre: Jeanne Roques, aunque artísticamente sería más conocida por Musidora, apelativo que escogió en homenaje a la heroína del “Fortunio” de Theophile Gautier.

Musidora supo asumir perfectamente el papel de Irma Vep, dotarlo de una personalidad propia, muy provocativa y absolutamente innovadora. A medida que la narración lineal del serial iba dejando paso, a partir del cuarto episodio sobre todo, a una perspectiva en la que se abandonaba la exclusiva visión del periodista para adentrarnos en la vida de los malhechores y acercarnos especialmente a la seductora y enloquecida personalidad de Irma Vep, que no es otra cosa que el anagrama de la palabra "Vampire".



El estilo visual de “Los Vampiros” es simple y directo, cosa que consagró a Feuillade no sólo entre su público en general, sino en especial entre los surrealistas que hicieron de este director, tan obsesionado como ellos por lo maravilloso y lo insólito, uno de sus "creadores fetiche"

"Los Vampiros" de Feuillade ha dejado para la historia del cine una serie de imágenes míticas, y especialmente el sexto episodio titulado “Les Yeux qui fascinent”, lleno de secuencias que quedan impresas de modo indeleble en la memoria del espectador. En una de ellas, por ejemplo, se nos muestra una secuencia de gran belleza y barroquismo: cuando la banda de Los Vampiros engaña a toda la alta sociedad parisina para que acudan a una fiesta en el palacio del Comte de Kerlor, que no es otro que el Gran Vampiro. Allí los adormecen por medio de unos gases, momento en el que aparece la banda en forma de inquietantes siluetas de entre las sombras y les roban todo lo que llevan encima. 

Es aquí donde en un gesto tan artístico como teatral, Musidora, con tan solo unas mallas negras de seda casi transparentes pegadas al cuerpo, tomará esa apariencia provocativa que la hará tan famosa y admirada para unos, y alentará las denuncias y escándalos de otros. El propio prefecto de policía de París se mostró molesto tanto por esto, como por la imagen ridícula con la que se mostraba a la policía, además de por sospechar ciertas simpatías de Feuillade con determinadas actitudes criminales que se mostraban en la serie. De hecho, prohibió durante un tiempo la película, hasta que la cúpula de la Gaumont descolgó el teléfono para persuadir a quién estaba por encima de él de lo poco conveniente de su conducta.

De cualquier modo, Les Vampires fue un éxito, y su nueva estrella, Musidora, ensalzada por los surrealistas, grandes seguidores -como ya se ha dicho-, del cine de Feuillade. No tardó en ser reconocida por ellos como la “décima musa”.  Aragon y Breton escribieron en 1929 una obra de teatro que era un homenaje a la actriz, Le Trésor des Jésuites, en la que todos los personajes tenían nombres que eran anagramas de Musidora (Mad Souri, Doramusi, etc.), y escribieron a propósito de la película: 

«C’est dans les Vampires qu’il faudra chercher la grande réalité de ce siècle. Au-delà de la mode, au-delà du goût. Viens avec moi. Je te montrerai comment on écrit l’Histoire…» (“Es en Los Vampiros donde habría que buscar la gran realidad de este siglo. Más allá de la moda, más allá del gusto. Ven conmigo. Te mostraré como se escribe la historia…”).



IV. El pintor

Seguramente fue el éxito de Musidora en aquella serie, con la que además abrió las puertas como fundadora a la estética Vamp, lo que en cierto modo eclipsó otras facetas de su personalidad que lucharían el resto de su vida por ser reconocidas. Musidora fue poeta, bailarina, guionista, pintora, productora, actriz, y musa. Fue autora de novelas, y directora de varias películas y documentales, que curiosamente tuvieron en su mayor parte mucho que ver con España. 

Cartel de Guy Arnoux
Jeanne desembarcó en España el año 1921, con un contrato de tres meses para actuar en el teatro de la comedia de Madrid. Pero acabó quedándose 5 años: dicen algunos que atraída por ese deseo irrefrenable de conocimiento y búsqueda de lo exótico, otros que por su tórrido romance con el torero y rejoneador Antonio Cañero... Vaya usted a saber.

Para entonces ya había creado su propia productora, con la que fue realizando La Capitana Alegría (1920) filmada en su mayor parte en Hondarribia, ambientada durante las guerras carlistas y considerado el primer film de ficción realizado en Euskalherria; Sol y sombra (1922), basada en la novela L'Espagnole de Maria Star; y el docudrama La Tierra de los Toros (1923).


Todo esto lo fue compaginando con su faceta teatral y vida pública dejó un inmenso rastro en la prensa y revistas de la época en forma de noticias, entrevistas, etc… Ahí es dónde se puede ver cómo desde el principio se adaptó perfectamente al ambiente cultural y social que había en aquel momento en la capital. Es precisamente con la intermediación de Enrique Gómez Carrillo, escritor y diplomático guatemalteco, cómo Musidora conoce al pintor Julio Romero.
Revista "Nuevo Mundo", 25 de diciembre de 1921.

Sin embargo, la relación que hubo entre ellos no debió ser muy cordial, pues se cuenta que al poco de ejecutarlo Julio Romero vendió el cuadro manifestando que no quería conservarlo con él, ya que la artista no le convenció nunca como modelo.

Curiosamente, hoy en día no es lo que parece desprenderse del cuadro, pues el pintor capta la esencia de la modelo, quizá transfigurada en la seductora y temida Irma Vamp, el personaje de ficción que la lanzó a la fama, observandonos plácida y provocativa, desde ese cómodo lugar en el que descansa, vigilante como una diosa, por toda la eternidad.

Julio Romero. Musidora, 1922.