martes, 20 de junio de 2017

45º52.6S, 123º23.6W


Quiero pensar que una representación en la que vamos a encontrarnos con Cthulhu, la estación espacial MIR, la Bounty y el Potemky, referencias al capitán Nemo y a la toma de la Bastilla, va a hacer que este esfuerzo en la selección del reparto rinda la curiosidad de más de un despistado lector sobre la entrada serie B que comienza ahora.

Dicen que las coordenadas 45º52.6S, 123º23.6W, corresponden con un lugar en el Océano Pacífico que es el  más remoto de nuestro planeta, el más alejado de cualquier masa de tierra. Por ello le han dado familiarmente el nombre de “Punto Nemo”, y de manera más técnica el de Polo de inaccesibilidad del Pacífico. El caso es que el PIP, estando tan lejos de nosotros, no ha podido evitar a lo largo del tiempo ser depositario de nuestra impronta, de lo mejor y lo peor del ser humano.

Y si no, que se lo pregunten a las agencias espaciales de Rusia, Europa y Japón que lo usan como "cementerio espacial". Más de un centenar de objetos que circulaban más allá  de la atmósfera, han sido dirigidos a este punto cuando iban a ser desmantelados. Así que en las profundidades de estas aguas, si alguien es capaz de llegar hasta allá, uno puede encontrarse fragmentos de satélites, e incluso restos de la estación espacial Mir.

En las entrañas de aquellas remotas aguas hay de todo. De hecho en 1997 unos oceanógrafos grabaron un sonido misterioso cerca de este del Punto Nemo, lo cual provocó, especialmente en los amigos de lo misterioso, mucha expectación e incluso temor, aunque no tuvieran previsto pasarse por ahí. El sonido en cuestión fue bautizado como "El Bloop", y era más fuerte que el emitido por una ballena azul, lo cual hizo que se especulara rápidamente con la posibilidad de que fuera producido por un desconocido monstruo marino… Al final, se demostró que se trataba del sonido que provenía de icebergs agrietándose. Pero bueno: que no hay que creerse la verdad si la ficción resulta más entretenida y enriquecedora.


Que me lo pregunten a mí, y seguramente a unos cuantos de ustedes, pues esta inmensa soledad, 66 años antes de ser catalogada como el Punto Nemo de nuestro planeta, ya había sido elegida por H. P. Lovecraft para situar en ella R'lyeh, el hogar de Cthulhu, la ya entrañable y legendaria criatura de rostro con tentáculos.

Allí yacían el Gran Cthulhu y sus hordas, ocultos bajo bóvedas cubiertas de fango verdoso; enviando de nuevo, tras incalculables ciclos temporales, aquellos pensamientos que extendían el miedo por los sueños de los más sensibles, a la vez que apremiaban a sus fieles a lanzarse en pos de un peregrinaje por su liberación y la restauración de su imperio en la tierra...”

Sigamos. Menos de dos meses antes de la toma de la Bastilla en París en aquél año de 1789, tuvo lugar aquí, en nuestro Punto Nemo, un hecho que por haber ocurrido a un grupo de británicos, podemos considerar de gran relevancia histórica. Se trata del famoso motín del Bounty, cuyo renombre y popularidad me ahorra el tener que entrar a los detalles para explicarles qué es lo que ocurrió con aquél barco de la armada de su graciosa majestad.

Valga con decir que los hechos que todos conocemos ocurrieron en las inmediaciones del Nemo. Bueno, para ser sinceros algo más cerca de las islas Tafoa. Sin duda aquél era lugar muy a propósito para amotinarse. En cierta manera predisponía a ello. Aunque no lo era tanto para ser abandonado como le ocurrió al capitán William Bligh, teniendo en cuenta que el lugar de tierra más cercano a nuestro punto no es otro que la Isla Ducie -una de las Pitcairn-, a nada menos que 1.600 km…

Lo del Bounty ha tenido siempre para mí un paralelismo con lo que ocurrió en el Potemky, por ser aviso de lo que pasaría poquísimo después en tierra, en Francia en este caso, y en modo de revolución. Supongo que la marinería de aquellos tiempos revueltos, como ocurriría fallidamente después también en Kronstadt, era la depositaria de ideas y experiencias que circulaban de un lugar a otro. De hecho, eran su vehículo transmisor y quienes a su vez observaban con mayor distancia lo que ocurría en sus propios hogares. La ausencia otorga este don.

El caso es que leídos una buena porción de párrafos, el paciente lector puede preguntarse a dónde quiero llevarle, y eso será lógicamente porque no he sido capaz de hacerle ver que a ninguna parte. A mi Punto Nemo particular. Pues toda esta divagación viene a cuento de mi encuentro con un curioso grabado que representa el momento en que el capitán William Bligh es abandonado a su suerte en el océano por la tripulación del Bounty. Digo lo de curioso porque sorprende ver ilustraciones, como la que encabeza este texto y que es obra de Robert Dodd, que son de fechas tan tempranas como la de 1790, el mismo año en que tras muchas penalidades llegó el capitán Bligh a Inglaterra y relató su versión de lo ocurrido.

La que muestro aquí abajo, me resulta más interesante todavía, pues es del mismo año 1790, pero de autor francés, Pierre Ozanne, y fue la que me sumergió en todas estas reflexiones el día en que me la encontré en una librería de viejo. Supongo que quien finalmente se la lleve, tendrá la posibilidad de viajar a aquella ninguna parte en la que todos nos encontramos en algún momento.


martes, 30 de mayo de 2017

Inimigo de hipócritas e frades...


Y de citas sobre lecturas recientes o recordadas voy a intentar escribir algo. La culpa la tiene haber devorado con las ganas y el entusiasmo del nostálgico el “England´s Dreaming” de Jon Savage, un extenso recorrido por aquella breve historia que fue la de los Sex Pistols. Entre otras muchas cosas, en él hay obligadas referencias a “Rastros de carmín: una historia secreta del siglo XX” de Greil Marcus, del que precisamente guardaba unas notas, de las que transcribo esta para darles paso después a la última de mis referencias:

“A lo largo de la década de los veinte, los surrealistas buscaron una poética que destruyese el simbolismo hipnótico de la iglesia. Luis Buñuel, que de joven caminaba por las calles de Madrid disfrazado de cura, arriesgándose a ir a la cárcel a causa de ese chiste privado, y que en 1930 rodó la película blasfema L’Age d’or, experimentó su primera atracción hacia el surrealismo a causa de una foto publicada en 1926 en la revista La Révolution surréaliste: “Benjamin Péret insultando a un cura” Definida por Robert Hughes como “una de las primeras performances de las que existe documentación, precursora de miles de acciones igualmente triviales que serían registradas en Polaroid o en video por los artistas norteamericanos de los setenta”, hoy en día la foto es casi imposible de interpretar; un pie de foto más obvio habría sido: “Cura lanzándole a Benjamin Péret una mirada obscena”. Todo lo cual prueba que, en el momento y el lugar adecuados, las poéticas más marginales -en este caso la foto ambigua- puede conducir a alguna parte; por ejemplo, a L’age d’or, que todavía es capaz de cambiar la vida de algunos”.

Vale. Pues José Miguel Pérez Corrales en “El oro del tiempo” nos habla del paralelismo entre esta imagen y la actitud de Manuel Maria Barbosa du Bocage, poeta portugués de finales del siglo XVIII con formación neoclásica, pero maneras radicalmente románticas. Se cuenta de él, y lo  ilustra una colección de lienzos pintados para decorar las paredes del Café Nicola en el corazón de Lisboa, que hacía gala de una actitud satírica y provocadora con todo lo establecido, llegando a pasar alguna que otra temporada en las cárceles de la inquisición. Entre estos cuadros, pintados ¿casualmente? por los mismos años en que Péret se hizo la famosa fotografía, encontramos que la actitud “performante” del poeta portugués no era muy diferente de la del surrealista. Especialmente en aquél en el que se le representa en la obra que el autor denomina “Inimigo de hipócritas e frades”.


viernes, 26 de mayo de 2017

Petrarca-Sade


“¡Salud! Es posible que algo de lo escrito por mi haya llegado hasta ti, aunque desde aquí pueda resultar dudoso que mi oscuro y pequeño nombre sea capaz de alcanzarte a través del tiempo y el espacio. Quizá quieras saber qué clase de hombre fui, y que ha sido de mis obras, especialmente de las que has oído hablar, por muy vagamente que haya sido.”

Así comenzó Francisco Petrarca allá por el año de 1370 su “Carta a la posteridad”, un ejercicio de supuesta autoconfesión, dirigido a mostrarnos lo que fue a quienes le observamos desde el futuro. Ahora que la tendencia generalizada parece ser precisamente esa, puede costar entender lo sorprendente de su actitud. Pero el hecho de que invite a sus lectores a oírle hablar de sí mismo, de sus sentimientos y percepciones, era en sí algo novedoso en unos tiempos en los que la individualidad, como tal, no tenía apenas consideración. Pero los hechos del año 1348 habían provocado que muchas cosas comenzaran a cambiar….

Pero los hechos del año 1348 habían provocado que muchas cosas comenzaran a cambiar…

La peste de aquél año terminó con un tercio de la población de Europa, sacudió los cimientos de una
sociedad cuyos valores entraban en plena contradicción con lo que estaba ocurriendo, y espoleó la conciencia de los intelectuales de nueva generación, con Petrarca y Bocaccio como alumnos aventajados de Dante a la cabeza de todos ellos. Lo que hasta entonces no parecía haber dejado de ser una manifestación de la cultura popular en manos de juglares cortesanos y goliardos, muchas veces al margen de la oficial que emanaba de los conventos, pasó a alcanzar un nuevo estatus que se iría abriendo paso a lo largo de ese nuevo tiempo que, más adelante, recibiría el nombre de Renacimiento.

De aquél doloroso parto, nació el individuo con sus sueños, valores y experiencias vitales.

Petrarca era especialmente hábil cuando se trataba de hablar de sí mismo. Seguramente lo hizo mejor que ningún otro autor hasta entonces, quedando atrás incluso Julio Cesar y sus “Cometarios”. De hecho, sus autoretratos resultan algo sospechosos, pues si se leen con detenimiento se observa que no son sino la construcción de una imagen pública de sí mismo según los modelos sacados de sus lecturas favoritas, en especial la del San Agustín de las “Confesiones”. Además, se encuentran numerosas contradicciones en todo lo que dice ser: se manifestaba ferviente italiano, y pasó la mitad de la vida en Provenza al servicio de aparato administrativo del papado de Avignon -francés-, opuesto a devolver la sede de Roma -italiana-; clérigo, aunque no sacerdote ni pastor de almas, fue virtualmente laico; investigador e intelectual, nunca tuvo que enfrentarse a un aula de estudiantes; apasionado enamorado, aunque platónicamente, de la mujer de otro; célibe que tuvo dos hijos… Por último, las actividades políticas y diplomáticas de Petrarca podrían parecernos anecdóticas frente a su imagen de poeta y humanista: sin embargo fueron aquellas las que le permitieron vivir con cierta holgura, ser reconocido en su tiempo y establecer una importante red de relaciones.

Pura contradicción.


Hombre moderno.


Pero es justo reconocer que en sus escritos Petrarca mostraba tener una especial sensibilidad para ver en sí mismo la fuerza y debilidad del ser humano, sus motivaciones interiores. Como cuando relataba el primer encuentro aquél año de 1327, con Laura, la misteriosa musa de su Cancionero, a las puertas de la iglesia de Santa Clara de Avignon.

“Laura, ilustre por sus virtudes y tanto tiempo celebrada en mis versos, apareció por primera vez ante mis ojos durante mi juventud en 1327, el 6 de abril, en la iglesia de Santa Clara de Avignon”

Hay quien dice que Laura no fue otra cosa que un recurso literario del propio Petrarca, en torno al cual quiso hacer girar una parte esencial de su obra, justificada por un amor que, en lugar de alcanzar la plenitud, el tiempo lo convertiría en algo cada vez más remoto hasta hacerlo imposible de mano de la muerte. Dante, Poe, e incluso Baudelaire, parecen darse la mano a través del diplomático de Arezzo, siguiendo cada uno su particular camino al más allá en busca de la amada:


J'aurais pu (mon orgueil aussi haut que les monts
Domine la nuée et le cri des démons)
Détourner simplement ma tête souveraine,
Si je n'eusse pas vu parmi leur troupe obscène,
Crime qui n'a pas fait chanceler le soleil!
La reine de mon coeur au regard nonpareil
Qui riait avec eux de ma sombre détresse
Et leur versait parfois quelque sale caresse.
Hubiera podido (mi orgullo, alto como el monte,
domina la nube y el clamor de los demonios)
volver simplemente mi cabeza serena,
si no hubiese entre su tropa obscena,
¡crimen que no hizo tambalear al sol!,
la reina de mi corazón, de mirada sin igual,
que se reía con ellos de mi sombría tristeza
y les hacía, a veces, alguna sucia caricia.

Charles Baudelaire, La Beátrice


Pero al hablar de la Laura de Petrarca, la tradición y la creencia de la mayor parte de los estudiosos dan en asegurar que se trataba de Laura de Noves. Ésta que por aquél entonces tenía 18 años, era hija de una familia de la nobleza Provenzal, y llevaba alrededor de dos años casada con Hugo II de Sade, perteneciente a una de las familias de mercaderes más ilustres y antiguas de Avignon, a quién daría una extensa prole. De ella se diría descendiente otro Sade, el famoso marqués Donatien Alphonse François de Sade.

Fue precisamente Jacques-Francois-Paul-Aldonze de Sade, otro de sus supuestos descendientes y tío de nuestro marqués, uno de los principales postulantes de esta atribución. De hecho dedicó una parte de su vida como religioso, cuando su conocida dedicación a los placeres mundanos lo permitía, a investigar y redactar una de las que sería las principales biografías del poeta, Memoires pour la vie de Francois Petrarque, en la que, por supuesto, demostraba sobradamente la pertenencia del marido de Laura a su propia estirpe.

El marqués de Sade, sobrino del abate, aprovechó su larga estancia en la prisión de la fortaleza de Vincennes, para leer, releer y acumular en los muros de su celda una cantidad ingente de libros. 

“Catalogue des livres demandés depuis un siècle” (“Catálogo de libros pedidos hace un siglo”), titula un cuadernillo que adjunta en una de las cartas que envía a su esposa. El Catálogo es extensísimo, y a vista de los estudiosos de hoy en día tiene un doble valor. Primero por darnos una importante información sobre las lecturas del marqués, hay entre ellas mucha obra de teatro, por ser un género éste en el que esperaba ser célebre; segundo, por haber en él textos que han desaparecido y de los que no hubiéramos tenido noticias de otra manera.

Pero el Marqués también trabajó en la redacción de lo que posteriormente serían sus primeros textos publicados. De hecho, es de esa época un cuadernillo en el que pueden leerse los primeros esbozos de “Les infortunes de la vertu”, que sería reescrita por su autor para convertirse en “Justine ou les Malheurs de la vertu”, primera obra publicada del autor, muy del gusto de aquellas que inundaban entonces el mercado de la literatura erotico-galante de la mano de autores tan reputados ya entonces como Nicolas Retif de la Bretonne.


Y uno de los hechos desencadenantes de todo esto fue sin duda el que tuvo lugar en febrero de 1779. Según cuenta en otra carta a su esposa, la noche del 16 de febrero se quedó dormido en su celda mientras releía la obra de su tío sobre Petrarca. A consecuencia de ello, tuvo una serie de ensoñaciones que pasó a narrar en el escrito:

“Todo mi consuelo es Petrarca. Lo leo con tal placer, con tal avidez, que no hay comparación posible. Pero hago con él lo que la marquesa de Sevigné hacía, con las cartas de su hija: lo leo lentamente, por temor a terminar de leerlo. ¡Qué obra tan bien escrita...! Laura me trastorna. Me siento como un ni­ño. La leo todo el día, y a la noche sueño con ella.

Te con­taré un sueño que tuve ayer, mientras todo el universo se entregaba a la diversión.

Era alrededor de medianoche. Yo acababa de dormirme, con sus memorias en la mano. De pronto se me apareció... ¡La estaba viendo! El horror de la tumba no había alterado el fulgor de sus encantos, y sus ojos aún tenían tanto fuego como cuando Petrarca los celebraba. Una gasa negra la en­volvía íntegra, y sus hermosos cabellos rubios flotaban negli­gentemente hacia atrás. Parecía que el amor, para hacerla aún más bella, había querido suavizar todo el aparato lúgubre con que se ofrecía a mis ojos. "¿Por qué gimes en la tierra? —me dijo—. Ven a reunirte conmigo. Hay más males, más penas e inquietudes en el espacio inmenso en que habito. Ten el va­lor de seguirme." Ante palabras tales, me puse a sus pies y le dije: "¡Oh, Madre mía...!". Y los sollozos ahogaron mi voz. Ella me tendió una mano, que yo cubrí de lágrimas. También ella lloraba. "Cuando vivía en este mundo que de­testas —añadió—, me agradaba dirigir mis miradas hacia el porvenir; multiplicaba mi posteridad hacia ti, y no te veía tan desdichado." Entonces, cautivo de la desesperación y la ter­nura, arrojé mis brazos en torno de su cuello para retenerla o seguirla y para embeberla en mis lágrimas, pero el fantas­ma desapareció. No quedó más que mi dolor.”

No es difícil dar en su encuentro con la Laura que eternizó Petrarca con otro personaje, Justine, que en aquél mismo tiempo comenzaba a nacer en los borradores que el Marqués de Sade esbozaba dentro de la prisión.  

Petrarca tuvo noticia de la muerte y enterramiento apresurado de Laura poco después de que se la llevara la peste de 1348. Aquél día, muy lejos de donde había muerto su amada, dejó escrita de su propia mano en latín una nota que pegó en uno de los ejemplares más queridos de su biblioteca: un Virgilio manuscrito que le acompañaba en todos sus viajes.

La nota decía así:

“…en la misma ciudad, en el mismo mes, y el mismo sexto día y a la misma primera hora del año 1348, esta maravillosa belleza fue sustraída a la luz mientras yo estaba en Verona, ignorante por lo tanto de mi desgracia. Pero la triste noticia me la trajo a Parma una carta de mi amigo Louis el día 19 del mes siguiente. El cuerpo precioso y casto de Laura fue sepultado en el convento de los hermanos menores, el día mismo de su muerte”.

Es fácil concluir que todas estas obras, las de Dante, Baudelaire, Poe y, cómo no, Petrarca, no son sino cartas a la eternidad. Están escritas a modo de salvoconductos que pretenden alcanzar, para los sueños o vivencias de sus autores, la supervivencia en el recuerdo colectivo. 

Pues no somos otra cosa que lo que vivimos.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Jesse James o la reputación poética de un pueblo


El lunes 10 de julio de 1882 el periódico  madrileño “El Día” informaba del entierro del bandido Jesse James, aproximadamente dos meses después de que hubiera tenido lugar, en un curioso artículo que paso a transcribir.

“Un bandido célebre.

No se dirá que los Estados Unidos no tienen leyendas. Basta que exista un personaje de la talla de Jesse James, para salvar la reputación poética de un pueblo.

La antigüedad ha colocado entre los héroes, a gentes que no habían hecho gran cosa, y que sobre todo, no luchaban con las dificultades que opone la sociedad moderna. Hércules, Teseo y otros aventureros célebres, ignoraban la existencia de la policía y de la Guardia civil; en cambio, Jesse James, ha tenido que vencer a todas las instituciones que en las sociedades modernas se dirigen contra lar personas que desprecian demasiado las conveniencias sociales y la actual organización de la sociedad.

Jesse James nació en el Missouri. En este Estado se estableció como bandolero, ejerciendo sus hazañas en el Kearnady (sic) y aun en las riberas del Mississipí. Y no se crea que Jesse habitaba cavernas ni chozas escondidas en los bosques. Había civilizado el bandidaje adaptándolo a la cultura moderna.

Vivía en una casa preciosa, hacia la vida de familia, era querido ardientemente por los suyos, respetado por el clero, pues era muy piadoso, y amado por el pueblo. Salía a las expediciones, no de noche y a escondidas, sino de día y con toda publicidad. En medio de la calle mataba y robaba como la cosa más natural del mundo.

Según el último censo, el Missouri tiene 2.168.804 habitantes. Constituye una división militar que tiene ocho regimientos de caballería y diez de infantería. Elige trece diputados, tiene una constitución, Cámaras, un gobernador, un subgobernador, una deuda de 17.008 dollars, agentes de policía numerosísimos, y su gobernador es persona que sabe y quiere cumplir con su deber. A pesar de todo esto, Jesse James reinaba en absoluto, y como decía el gobernador en un discurso, ningún industrial ni comerciante se creerá en seguridad mientras viviera el bandido.

Los directores de casas de banca, las empresas de caminos de hierro de San Luis, de Kausa, de Omalia, de Chicago quejabanse diariamente. Jesse vivía en una hermosa de Kearnady, sin que la policía pudiera nunca dar con él por la protección que le daba el pueblo bajo. En ciertas ocasiones el populacho lo arrebató de manos de sus perseguidores.

El gobernador, ante las apremiantes órdenes del presidente de la Unión, puso a precio la cabeza de Jesse, siendo este muerto por un bandolero, a traición.

Los funerales de Jesse han sido solemnísimos. Dos reverendos pastores oficiaban. Una gran multitud seguía el coche que conducía el cadáver. Uno de los pastores, en su oración fúnebre, manifestó la confianza que tenía en la salvación eterna de Jesse, ese excelente muchacho, á quien el cielo debe recompensar.

La vida de Jesse es una de esas grandes rarezas de los Estados aún a medio colonizar. Allí aún se puede vivir en familia en un pueblo que lo respeta, y ser al mismo tiempo un tiempo un excelente bandido que desvalija al lucero del alba.”

Este artículo, cuyo autor parecía en ocasiones anunciar los postulados del bandido social de Hobsbawm, no es la única referencia contemporánea de nuestra prensa al célebre salteador. De hecho, mes y medio antes, el 20 de abril de aquél mismo año, “El Imparcial” había dado la noticia de que “ha sido asesinado el famoso bandido americano Jesse James a quien uno de los foragidos de su banda, Roberto Ford, sorprendió y mató de un tiro el día 3 del actual”.

Para “El imparcial”, uno de los grandes rotativos españoles de la época, el bandido era ya un viejo conocido, pues de él informaba por ejemplo el año anterior, en 24 de septiembre de 1881, de lo siguiente:

“El 8 del actual fue detenido y robado, a 14 millas da Kansas, por doce enmascarados, el tren 48 de Chicago a Alton.

El empleado que guardaba la caja del tren, y que trató de defenderse, fue golpeado de tal suerte, que se desespera de salvarle la vida. El total sustraído se estima en unos 20.000 pesos. También fueron robados todos los pasajeros, cuyos bolsillos y relojes representaban un valor de varios miles de pesos.

Los ladrones iban bien armados, y continuaron haciendo disparos durante el saqueo con el objeto de intimidar a los viajeros. El conductor del tren consiguió escapar ileso de los varios pistoletazos que le dirigieron. Terminado el saqueo, los bandidos se retiraron tranquilamente, y el tren llegaba poco después á Kansas City, de donde salió el jefe de policía Speers con cincuenta hombres en persecución de los malhechores. Otros muchos vecinos armados de las inmediaciones han marchado en su busca, y es posible que los capturen. Se cree que los bandidos pertenecen a la cuadrilla que manda el tristemente célebre Jesse James.”


Si se busca, se encuentran más noticias de la carrera de este bandido, o de otros muchos que desde diferentes lugares del mundo pasaron a llenar las páginas de estos periódicos con inauditas y casi siempre sangrientas historias de asaltos, saqueos y persecuciones.

Visto ahora, resulta curioso encontrarse a figuras como la de Jesse James en la prensa de un país que tenía su propio repertorio de salteadores. Estaban todavía muy recientes las correrías de las partidas carlistas que no se habían dado por enteradas del final de la guerra. Seguía también latente el temor a viajar por unos caminos conocidos en toda Europa por la fama de sus bandidos. Y sin embargo, asomaban ya, tan tempranamente, algunos de los que terminarían por ser los héroes de la cultura popular y globalizada que llegó hasta nosotros de la mano del cine y las novelas baratas.

Estas fueron seguramente las que los alzaron de entre los olvidados, para ser recordados como aquellos que vivieron y murieron para salvar la reputación poética de un pueblo, y de algún modo, a todos nosotros.

lunes, 15 de mayo de 2017

Codex Manesse


El Codex Manesse es una antología de la obra de 135 Minnesängers de entre mediados del siglo XII y principios del XIV. Los tales Minnesänger eran la versión germana de los trovadores provenzales, y, como ellos, se ganaban la vida componiendo obras galantes, con mayor o menor fortuna, para obispos y príncipes.

Aunque no está muy claro, parece ser que hubo dinastías que se dedicaron durante generaciones a la creación de estas cancioncillas y versos de corte amoroso, picante o satírico para sus señores. De ello vivían, e incluso alguno también moría, como le ocurrió al tercero de los llamados Reinmar von Brennberg, quien en 1276 probó el acero de vaya usted a saber si un grupo de maridos celosos, u honrados burgueses objeto de alguna de sus sátiras.

Así lo recuerda el magnífico Codex Menesse, junto con alguna de sus composiciones, en el folio 188r.

martes, 9 de mayo de 2017

Liñiou faté


Los dioses son caprichosos. Lo mismo hacen gala de una extrema crueldad con nosotros, pobres mortales, que se muestran a continuación generosos y llenos de bondad. Así conducen los vientos de la fortuna, y dejan que con la incertidumbre en nuestros corazones, vivamos sometidos a su antojo. No hay camino trazado por ellos, pues supondría un obstáculo a su voluntad cambiante.

De todo esto era consciente el poeta Horacio, y de que las cosas podrían volverse en su contra también. Por ello, cuando fue encargado de celebrar la derrota y muerte de Cleopatra y Marco Antonio tras Accio, no quiso sacrificar la oportunidad de hacer una fiesta de ello, y despachó rápidamente sus primeras estrofas con una transcripción textual de otras que escribió Alceo de Mitilene quinientos años antes:

"Nunc est bibendum,
nunc pede libero pulsanda tellus"

(“Ahora es el momento de beber,
ahora es el tiempo de bailar como loco sobre la tierra”)

Horacio tenía claro que lo importante era celebrar la vida, el nacimiento de un nuevo mundo tras la muerte de los tiranos. A partir de entonces, el tiempo desaparecía por fin, para dejar paso al momento.


A principios de mayo de 1894, se celebraba en la ciudad francesa de Lyon la Exposición Universal, Internacional y Colonial. Entre las empresas expositoras, había una nueva con un producto también muy reciente y desconocido para la mayor parte del público. Se trataba de Manufacture Française des Pneumatiques Michelin, con apenas cinco años de vida, y dedicada inicialmente a la fabricación de cubiertas para bicicletas, aunque la posterior evolución del mercado les llevaría a centrarse en un invento que avanzaría con el nuevo siglo: el automóvil.

Aquél día, un trabajador se esmeraba en ir apilando neumáticos junto a la exposición de la casa. Iba colocándolos uno sobre otro hasta formar dos columnas del tamaño de una persona. En ese momento se acercaron por ahí los jefes y propietarios, los hermanos Édouard y André Michelin, quienes tras revisar el estado del área dedicada a su empresa, se detuvieron a observar la pila que poco antes había estado formando su empleado: “Si tuviera brazos parecería un hombre“ -comentó Edouard a su hermano.

La idea se quedó ahí, hasta que algún tiempo después decidieron dar un paso más en la promoción de la empresa, y llamaron al artista Marius Rossillon, que firmaba con el seudónimo O’Gallop. André tenía en mente una obra de grandes dimensiones que Rossillon había realizado para una compañía cervecera alemana. En ella aparecía un hombre levantando una jarra con su mano derecha con el lema “Nunc est bibendum”. El mayor de los Michelin tenía también la idea de combinar esto con la ocurrencia de esa apariencia humana que había encontrado a la pila de neumáticos.

Así que a Rossillon no le quedó más que tomar nota y dibujar el primer cartel: diseñó un muñeco hecho a base de ruedas apiladas brindando con una copa llena de cristales, clavos, etc... Tal y como indicaron los hermanos Michelin, incluyó el lema Nunc est bibendum, seguido de otro que, ya en francés, decía “A vuestra salud. El neumático Michelin se bebe el obstáculo”. Con ello, pretendía forzarse su interpretación a un juego de palabras en el que venía a decirse que el neumático se traga sin daño alguno los obstáculos que llenan su vaso. Todo por mantener la cita horaciana…

¿Iba a entender alguien a que venía eso? Seguramente esa capacidad que tenemos todos de interpretar cualquier cosa que se nos ponga delante, hizo que al quedar el texto exactamente encima del muñeco y haber un “est” delante del nombre, la mayor parte de la gente utilizara la lógica y pensara que ese era su nombre, intuyendo que el texto podría decir algo así como “Este es Bibendum”


“Liñiou faté”/ Ahaztutakoak significa “los olvidados” en wolof, una de las lenguas habladas en Senegal y Gambia. Este mismo nombre que se le ha dado a una exposición que se celebra actualmente en el Museo de San Telmo de San Sebastián, con fotografías y grabaciones de video tomadas por Juan Mari Indo en sus viajes por el continente africano. En ella se nos muestra cómo se utiliza a Bibendum actualmente en el África Subsahariana, para señalizar los talleres de reparación de pinchazos de ruedas. Es curioso descubrir que uno se los puede encontrar en los sitios más increíbles: desiertos, carreteras, ciudades, poblados, pistas de piedra o arena…

Sus dueños son artesanos capaces de reparar una cubierta de rueda de camión cosiéndole una cuerda. Hacen también las veces de artistas y pintan su particular Bibendum con colores y formas modestas echando mano de los pocos recursos de que disponen. Tienen una especial habilidad aprovechar paredes, chapas desplegadas, ruedas apiladas, carteles de todo tipo o cualquier otro soporte… Saben que lo importante es atraer la atención de los posibles clientes que circulan por las inmediaciones hacía esos talleres que han logrado levantar.


El bibendum que encontramos en estas representaciones ya no tiene nada que ver con el original: es una imagen naif, un graffiti de aspecto precario que parece en ocasiones una representación animista, una máscara de alguno de esos cultos remotos y desconocidos que imaginamos todavía se pueden practicar en algún rincón de aquél continente lleno de misterio.

De hecho, “Liñiou faté” se refiere a nuestra periferia. A todo aquello que hoy en día, a pesar de haberse acortado tanto las distancias y los tiempos, sigue estando todavía en lo más remoto de nuestra conciencia. Habla de esa creatividad nacida para sobrevivir, y que sin embargo está condenada al olvido, a desaparecer sin que apenas hayamos sido conocedores de su existencia. 


Los dioses son caprichosos, decía al principio. Y moldean el tiempo de manera que construya olvido con nosotros y con las vivencias que nos ocuparon. También con todo aquello que hacemos. Puede que en el mejor de los casos, quienes nos sucedan hagan de nuestro recuerdo algo que jamás hubiéramos imaginado…

Pero ni de esto hay garantía alguna, pues no hay camino trazado que pueda suponer un obstáculo a la voluntad cambiante de los dioses.


domingo, 30 de abril de 2017

Si alguna vez, en una librería de viejo, la curiosidad…


Entre los años 1941 y 1967, la editorial francesa Gallimard decidió lanzar una colección de 552 títulos encuadernados en cartón, algo raro en ellos pues la mayor parte de las veces lo hacía en una rústica muy barata de papel, con un gramaje levemente superior al de las páginas interiores. Pero lo que hacía extraordinaria a esta edición es que el diseño de las encuadernaciones en cartón fueron encargadas a diferentes artistas, especialmente a Paul Bonet, ya entonces un gran conocido de los bibliófilos por la calidad de sus creaciones, y Mario Prassinos, pintor griego afincado en Francia muy considerado en los círculos literarios de la época. Del total de las obras, el primero se encargó de 324 títulos, y el segundo de 207, hecho por el cual los coleccionistas conocen a esta colección con el nombre “Bonet-Prassinos”.

Portada de Paul Bonet para
"Les Œuvres complètes" de
Antoine de Saint-Exupéry (1950)
Por sus contenidos, la colección no está centrada en una temática en particular. Se trata de obras que lo mismo pueden ser ediciones originales, como reediciones. En su mayoría son autores franceses, pero también los hay foráneos. La idea del editor era la de sacar a la luz las principales obras de sus fondos en una versión especial. Una, que pudiera venderse a ese público que busca reunir en sus estanterías ejemplares cuya calidad literaria se vea avalada por la elegante y moderna vistosidad de sus encuadernaciones. Para garantizar el estímulo colector, quién sabe si como precedente del mismo que todavía nos inunda en forma de enciclopedias y colecciones, Gallimard hizo que estas ediciones constaran todas ellas de 1000 ejemplares numerados.


La mayor parte de las obras de Bonet y Prassinos se apoyan en formas geométricas más o menos dinámicas, llenas de colorido que reflejan la búsqueda creativa que por aquél entonces habían emprendido quienes se dedicaban a aquellos menesteres. Como resultado, quedan esas joyas para bibliófilos que asoman ahora en las librerías de viejo francesas, y que atraen poderosamente la atracción del curioso que se ilusiona con la idea de tener un Camus en edición de 1956, en idioma original y con tan hermoso empaque. Desgraciadamente para mi, al encontrar el precio escrito a lápiz en la primera página, ayer, en aquella librería de viejo de Bayonne, se me esfumaron rápidamente todas las esperanzas de quedarme con semejante joya:

- Mais Monsieur, c’est un Bonet-Prassinos! -me dijo el librero con un punto de indignación.

Albert Camus, "La chute".
Portada de Mario Prassinos (1956)

Callé y dejé el libro en su lugar. También me prometí curar mi ignorancia enterándome cuando llegara a casa de qué era todo aquello de Bonet-Prassinos

Hecho está, y escrito de paso para quién puede interesarle.

A uno le queda una sensación un poco extraña, contradictoria, y seguramente por eso familiar. Está a medio camino entre la pesarosa consciencia de que en estos casos lo que parece valer no es la obra escrita, sino el adorno que la envuelve; y el gusto por estas joyas de la bibliografía que uno las ve revestidas de un aura especial... 

Pero quizá, por encima de todo ello prevalezca un placer mayor: el de haber adquirido un nuevo conocimiento, aunque este resulte algo extraño y poco útil. Al fin y al cabo, esa es mi especialidad.

Charles Dickens, "Les grandes espérances",
Diseño de Mario Prassinos (1949)