martes, 11 de agosto de 2015

El paso de Furka y las vidas errantes


Cuando me contaron que el paso de Furka, Furkapass en alemán, recibe su nombre de la palabra "horca", me vino inmediatamente a la memoria una de esas antiguas lecturas de la que no recuerdo la filiación,  en la que se contaba como era costumbre en la Edad Media el ajusticiar mediante la horca a los reos, exponiendo sus cadáveres colgados en los caminos de acceso al lugar.

Imaginé que aquél alto en el que culmina el Furkapass era, en tiempos pasados, punto de advertencia a los que cruzaban del cantón de Valais al de Uri, o a la inversa. Uri fue, por cierto, la que en 1291 se alió con los cantones de  Schwyz y Unterwalden, creando el precedente la actual suiza.

Sin embargo, es posible que esa horca a la que se refiere su nombre, tenga que ver más con ese palo con dos ganchos que recibía ese mismo nombre. Quién sabe...

Furkapass impresiona. Lo hace con las vistas que proporciona su extraordinaria altura, con la visión de la carretera que asciende casi pegada a la pared de la montaña en interminable zigzag. A un lado de esta carretera ascendente, hay una profunda marca que dejó el glaciar que íbamos a visitar al retroceder. Por ella caen en cascada las primeras aguas del Ródano, que nacen un poco más arriba, en lo que queda del glaciar y que, como si fuera un animal de feria, es exhibido a mi entender por gente con muy pocos escrúpulos.

El acceso al glaciar donde se dice que está una de las fuentes del Ródano se hace desde una tienda que hay junto al hotel Belvedere, mas allá de la mitad del zigzageante ascenso a Furka. La atienda una mujer mayor, bastante antipática, acompañada de dos chicas jóvenes faltas de cualquier atisbo de amabilidad con los que pasamos por allá. La primera vende las entradas de acceso al glaciar, las otras dos persiguen a cualquier cliente que curiosee en el expositor de postales. Además se encargan de administrar, previo pago, la llave del baño a cualquiera que se vea necesitado.

A pesar de ellas, el glaciar era algo extraordinario, monumental, con un color de fondo entre gris y azul, que parecía querer reflejar el profundo silencio que guardan sus entrañas desde tiempos remotos.

La entrada vendida por aquellas guardianas, permite acceder también a una cueva excavada por el hombre que avanza por el interior del glaciar, ofreciendo la curiosa experiencia al visitante de caminar por un largo tunel de hielo rodeada de una intensa luz azul clara .....

Aquello era un espectáculo circense, ¿o no? Visto cómo se exhibía el glaciar, que se cobraba un peaje por entrar a él, y se escarbaba por sus adentros para que turistas de todo pelaje hurgaran a su gusto en la herida abierta en aquél profundo, milenario y silencioso glaciar; yo lo tenía claro,

A mi entender resultaba extraño que fuera permitido cerrar el acceso a un glaciar como si se tratara de una propiedad particular, y no patrimonio de los ciudadanos de aquel país. ¿Qué, si por fin alguien llega a la conclusión de que ese modo de explotación esta acelerando el retroceso y deterioro del glaciar? Supongo que importará mas bien poco, pues si así se está haciendo, será porque la administración correspondiente otorga su gestión mediante concesiones, por lo que a esta, le basta con tener a quién sancionar en caso de hacerse pública una mala utilización de glaciar y recibir su parte de los ingresos.

Estábamos dando vueltas a este asunto mientras tomábamos un café, cuando volvimos a encontrarnos a Koko y Marta, dos ciclistas de Pamplona con los que habíamos coincidido alrededor de una hora antes en Gletsch, el pueblo que hay justo al pie del puerto de Furka.

Marta y Koko habían salido de Pamplona como un par de meses antes, y habían llegado hasta allá en bicicleta. Nos contaron que avanzaban siguiendo una diagonal que se dirigía al noreste. A lo largo de los dos últimos meses habían cruzado los Pirineos hasta Pau, de ahí fueron alcanzando el curso del Ródano hasta Lyon, para luego cruzar a Suiza por Chamonix y llegar hasta aquél lugar en el que nos encontramos...

Despertó tanto mi curiosidad lo que nos estaban contando, que les pregunté si iban escribiendo sus vivencias en un blog, para poder leerlas y saber a partir de entonces de sus siguientes pasos.

Leyéndolo estos días que han corrido desde entonces, he sabido de algunas de las cosas que han vivido, de las personas tan especiales -y cada una con una historia-, que se han encontrado por donde han ido pasando, de algunos trucos inimaginables que emplean para hacerse la vida más cómoda y segura durante su periplo, y de coincidencias tan curiosas como que pasamos por Lyon en dirección a la frontera de Suiza el mismo día.

Como en su blog no se si se pueden dejar comentarios, pero ellos tienen la dirección de este, aprovecho para animarles a que no dejen de escribir sus vivencias,  pues algunos las seguiremos con interés.

- ¿Y de aquí, hacia dónde vais? -les pregunté.

- Seguiremos hacia adelante -Marta y Koko se encogieron de hombros-, mientras aguantemos. No tenemos ninguna prisa ni obligación de volver.

Continuamos charlando durante un rato hasta volver a la cuestión de inicio, la del modo en que aquél glaciar parecía haberse convertido en un animal de feria en manos de aquellas tenderas, o de la empresa para la que trabajaban.

Koko nos señaló otro glaciar que había algo más arriba, a la altura del paso de Furka. Coincidimos en que aquél estaba libre de cualquier explotación y, curiosamente, apenas parecía ser visitado por más allá de algún que otro montañista.

Era una buena idea la de subirse con el coche hasta el alto de Furkapass, y desde ahí seguir andando hasta el glaciar. Así que nos despedimos de Marta y Koko, deseándoles la mejor de las suertes en su particular viaje, y nos dirigimos hacia nuestro nuevo destino.

Llegados al alto dejamos el coche, cambiamos nuestro calzado, y con los bocadillos y una botella de agua en la mochila, comenzamos a avanzar hacia aquél glaciar. La marcha, de poco más de una hora era, además de breve, impresionante,  pues se camina por una senda desde la que veíamos Gletsch y el primer curso del Ródano a nuestros pies, alimentado por los glaciares que estábamos visitando. Desde estas alturas caían a aquellos abismos, las aguas desheladas en forma de interminables cascadas que en ocasiones se partían ruidosamente con algún saliente de  la montaña.

Al otro lado del valle por el que corría joven pero fuerte y caudaloso el Ródano, se erguían, con desdisimulado orgullo, algunos de los picos más espectaculares de los alpes, de nieves perpetuas, y nombres que me resulta difícil recordar e imposible transcribir. Lo que nunca olvidaré es su grandiosidad, y ese modo en que parecían amontonarse ante nosotros, pobres caminantes, como no queriendo ninguno de ellos perder ni un detalle de nuestro paso por aquél lugar.


Poco antes de llegar al pequeño puente bajo en cual discurre la primera cascada del glaciar al que nos dirigíamos, salimos de nuestra abstracción para leer una placa que alguien había colocado a un lado del camino. Era un punto en el que el sonido del agua golpeando las rocas, el rumor del aire, y la espectacularidad del paisaje, se combinaban de manera perfecta. La placa estaba dedicada a una tal Marlene Ketterer-Eichholzer.

Marlen Ketterer-Eichholzer sería una perfecta desconocida para mí, si no fuera por el hecho de haber encontrado aquella placa en su memoria. Creo que en cierto modo, este tipo de homenajes son colocados por el hombre desde tiempos remotos con el único objeto de dar a conocer a los demás algo que fue importante para él, y alimentar la curiosidad de quien la encuentra, para mantener vivo así su recuerdo.

Marlen tenía 41 años cuando murió, y supongo que ocurrió ahí o en las proximidades. Sorprende que el día y mes de nacimiento sean el mismo -16 de junio- ¿Se trata de que colocaron la placa memorial coincidiendo con su cumpleaños, o es que murió el mismo dia?

Es poco lo que he podido averiguar sobre ella. Estaba casada -Paul se llamaban su marido-. Residían en la localidad alemana de Ibach, entre Freiburgo y Badem, muy cerca de la frontera occidental de Suiza. A ambos, el falleció posteriormente, se les celebra todavía anualmente un aniversario en su parroquia de Ibach.

Quizá tampoco importa que conozcamos otra cosa de ella que lo que motivó que alguien colocara aquella placa en ese lugar: que sepamos que Marlene fue alguna vez, y que hubo personas que la añoraron cuando desapareció.

Continuamos nuestra marcha hasta llegar al glaciar. Cominos sentados en una esterilla frente a él, gozando del entorno y envueltos en un torbellino de las más variadas sensaciones. Apenas hablamos, y en nuestra memoria se entremezclaban Marta y Koko, un puente de cables que cruzamos colgando del abismo aquella mañana, las brujas de la tienda que daba acceso al otro glaciar, la pobre y desconocida Marlene...

Antes de abandonar aquél glaciar, desde el que parten aguas primigenias del Ródano, decidí coger tres piedras humedecidas por el deshielo, y colocar la primera de ellas sobre la placa de Marlene. La segunda me la llevaré a casa, como recuerdo de aquél día.

En cuanto a la tercera la llevaré en mi viaje de regreso, pues en él voy a seguir el curso del Ródano hasta su desembocadura. Cuando llegue ese momento, la lanzaré al punto en el que sus aguas se mezclan con las del mar, como recuerdo para aquel río ya maduro, del lejano lugar donde nació.

Y para ella, para la desconocida Marlene, esa misma piedra será garantía de que su nombre queda para mi vinculado a la presencia del Ródano, como si se tratara de una de aquellas ninfas a las que la mitología clásica les otorgaba el alma y la esencia de un río sagrado.




lunes, 10 de agosto de 2015

Mundo bizarro

Visitando el museo que había en una pequeña localidad cercana a Neuchatel, he descubierto algo que es la clave por la que se explica el por qué de esa reconocida calidad de los relojes suizos, bien sea en forma de lujosos y precisos ornamentos de pulsera, bien sea colgando de una pared  como relojes de cucú. Orson Wells improvisó algo acerca de ellos, y de los suizos, en la escena de la noria del Prater de Viena en el Tercer Hombre. Aunque me pica la curiosidad, todavía no me he atrevido a preguntar a nadie aquí que les parece la dichosa escena. Es posible que muchos ni siquiera la conozcan. O sí.

Volviendo al hilo de lo que contaba, les voy a pedir que observen con detención la siguiente fotografía, tomada a una vitrina de objetos de la Edad de Bronce que conserva el museo del que les hablo.


Parece ser que, a ojos de los expertos de este museo, o por lo menos por lo que exponen en dicha sección, ya en la Edad de Bronce, los entonces habitantes de Suiza, fabricaban modernisimos artefactos para medir el tiempo. Y uno, sin encontrar en las tarjetas que describen o denominan a los objetos de dicha vitrina, el que se corresponde con el misterioso artefacto, llamó al vigilante del museo para que le aclarara su duda.

- ¿Esto? Realmente no sé lo que es... -dijo mientras lo sacaba de la vitrina mirandolo con extrañeza.

- ¿ Quizá un reloj de pulsera? -respondió mi compañera Larouge.

- !Oh, mais bien sure! -respondió de uma manera que hereferido no traducir, mientras se metía el reloj en el bolsillo y desaparecía por el pasillo del museo.

En este mundo, da lo mismo el lugar, ocurren cosas realmente bizarras. Tales, como la de haberme encontrado pocas horas después, con una postal como la que les muestro a continuación.


viernes, 7 de agosto de 2015

sobre la tolerancia



En ocasiones uno llega a la convicción de que las palabras, tal y como las usamos, no son otras cosa que hermosos escenarios de cartón piedra vacios, sin contenido y levantados, o empleadas en el caso de las palabras, para dar al público una apariencia que nada tiene que ver con la intención de su autor.

Desayunabamos esta mañana en un bar acompañados de un ejemplar ya muy manoseado de "La tribune de Geneve", cuya portada llamó pronto mi atención.  En ella, el reportero de turno manifestaba su satisfacción por el hecho de que este año había aumentado el número de turistas "del Golfo" en todo el cantón de Ginebra. Los comerciantes, según cuenta,  están como locos, y en los bares se están poniendo las botas de disimular whisky en tazas de té. Todo un negocio.

Como lo de dar con el origen de un fenómeno de esta magnitud es algo a lo que está esperando un periodista toda su vida, el nuestro ha puesto manos a la obra y sin mucho esfuerzo ha logrado desvelar el misterio: se trata de una cuestión de tolerancia. ¿De tolerancia? Si, de tolerancia.

Parece ser que hasta ahora, esos turistan pasaban sus vacaciones en la vecina Francia, pero como en este país han tenido la ocurrencia de prohibir el uso del niqab, han optado por trasladar su residencia vacacional al área de Ginebra, por ser esta más tolerante.

¿Tolerante? A alguien como yo, que ha recibido a lo largo de su vida una formación más bien mediocre, le gustaría que le explicaran qué es exactamente eso de la tolerancia en estos casos... Al final, se me ocurrió echar mano del diccionario de la RAE, y ahí, en la acepción número 2, encuentré lo siguiente:

"Respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes a las propias"

Esto me casa perfectamente con lo que dice nuestro periodista en relación a la tolerancia, pues es ejercitarla el admitir que haya personas que consideran a las mujeres como objetos de su propiedad, que deben salir a las calles embuchadas en un buzón de tela. Por supuesto, debo admitir que consideren a las que no son así como simples fulanas...

En resumidas cuentas, esa tolerancia nos induce a admitir la esclavitud, los malos tratos, el abuso, y lo que sea, pues no son otra cosa que ideas y creencias diferentes a las nuestras.

En relación a esto, me viene al recuerdo el magnífico "Castiello contra Calvino" de Zweig -muy a propósito hablando de Ginebra-. En él, se cuenta como Castiello denuncia a Calvino por la quema de Miguel Servet, y escribe aquello de:

"Matar a un hombre no será nunca defender una doctrina, será siempre matar a un hombre"

Creo que no hace falta que explique el paralelismo que veo en aquellas palabras con la que pienso de esa supuesta tolerancia: permitir que alguien considere a otro como un ser inferior y de su propiedad nunca será una cuestión de tolerancia,  será siempre permitir que alguien considere a otro como un ser inferior y de su propiedad.

Y desde luego que considero que hay que ser muy ingenuo para creerse que ellas lo hacen por su propia voluntad, si no es por el hecho de que conservan inconscientemente un temor absoluto hacia cualquier cambio.

¿Tolerancia? Considero que todos debemos ganarnosla o merecerla, pero que en ningún caso debería regalarse a cambio de los beneficios económicos que va a ganar, en este caso, el cantón de Ginebra.

martes, 4 de agosto de 2015

Sion


"Hans Uffem Bort, boticario y castellano de Sion, hizo ejecutar estas pinturas en 1547 para acoger dignamente a su clientela. Las imágenes del paraíso terrenal y el pecado original recordarán a los enfermos el origen de todos los males. Hans los ha asociado con el recuerdo a su protector, Juan el bautista, cuyo martirio atestigua el restablecimiento de todas las cosas."

jueves, 25 de junio de 2015

(Paréntesis autopromocional)

Como ya adelanté hace unas semanas por el Facebook, estaba muy ilusionado por la experiencia tan especial que viví el día que estuve en la grabación del programa "Todos los apellidos vascos" dedicado a Iñaki Perurena. Especial sobre todo, porque tuve la fortuna de presenciar como se hablaba, por voz del historiador del programa, de mi libro -como diría Umbral-, de uno que escribí allá por el año 92 en relación a los orígenes de mi familia y apellido, que son los mismos que los de la persona a la que se dedica el programa. Se habla y se explica algo que escribí hace ya muchos años, cuando todo aquello lo hacia lleno de ilusión, aunque ni por lo más remoto imaginara que llegara a este momento.
Aquí va el anuncio del programa y en él asomo yo mismo, para los que no conocen a Charles sin barba (no se confundan, no soy el Cantizano). El lunes a las 22.30 más y mejor, y les invito a que lo vean por la tele en la EITB2 o en directo o diferido desde la web del programa.

jueves, 4 de junio de 2015

La increible historia de Mademoiselle Marcelle Lapompe



Durante mucho tiempo anduvo circulando por la red un curioso documento con marcas de haber estado doblado a lo largo de muchos años, acon una pequeña rotura que estuvo cubierta por un poco de cinta adhesiva que ya ha desaparecido, y con los bordes muy desgastados. A lo que parece es el menú, o mejor dicho, la lista de precios que una tal Mademoiselle Marcelle Lapompe ha fijado para cada uno de los servicios de su establecimiento, un lupanar parisino situado en la calle Chat Noir, número 69.

Si uno se detiene a leer lo que se dice en el papel, descubrirá la impresionante variedad de servicios que presta la casa Mme Lapompe, lo ajustado de sus precios e, incluso, dispondrá de una explicación de los trabajos más complejos que se ofrecen… Toda una reliquia del pasado, si no fuera porque se trata de un engaño.

En descargo del documento se puede decir que no es una falsificación moderna, que haya envejecida artificialmente por medio digitales. Pero tampoco es lo que dice ser, es decir: el catálogo de precios y servicios del lupanar de Mademoiselle Lapompe. De hecho, nunca ha existido, según dicen, una rue du Chat Noir, inventada seguramente como un guiño a aquél famoso cabaret de la época, que llevaba ese nombre. Lo del número 69, no hace otra cosa que resaltar la intención de la persona que creó el documento.

¿Pero se sabe quién fue, y desde cuando circula este documento por ahí?, y lo que a efectos de lo que nos interesa en este mundo de hoy ¿merece la pena saberlo? Les respondo: si se sabe, y depende de lo que usted considere que merece la pena conocer.

Paso a explicarme.

Marcelle Lapompe no es sino otro de los numerosos seudónimos que empleó Renée Dunan (1892-1936 o 1944), novelista erótica, feminista, propagandista de izquierdas, militante pro-nudista y otras muchas cosas más, entre las que se incluyen dos “ismos” muy propios de la época como fueron el Dadaísmo y el Surrealismo.

Pero por lo que sobre todo se distinguió, es por ser autora de textos eróticos y libertinos.



Y es en uno de estos textos, el titulado "l'histoire d'une prostituée", donde Dunan hace aparecer a Mademoiselle Marcelle Lapompe, la cual se presenta al lector del siguiente talante:

Bonjour, je m’appelle Marcelle Lapompe, péripatéticienne presque agréée.
La plupart du temps je tapine à mon compte.
Des fois avec des collègues.
Baisage en levrette, Savonette impériale, Voyage en terre jaune … Je lui ai tout proposé, il n’a rien voulu prendre. Même pas un glougoutage du poireau. Et pourtant, si, je glougloute avec de la menthe.
Hier soir, j’en ai branlé sept ou huit, avec une seule main.
En général, ils préfèrent ma main droite. De la gauche, je leur chatouille la cuisse, et après j’enfile un doigt dans l’orifice de leur choix (en principe, le troufignon). Mais en ce cas, il faut rajouter deux francs et vingt-cinq sous. Et si le cul n’est pas propre, je prends encore trente-trois sous.
Trente-trois, c’est l’âge du Christ.
Moi, je vais à la messe tous les dimanches.
Comme vous voyez, je manie bien la langue.
Marcelle Lapompe, c’est moi.
N’écoutez pas ceux qui racontent que mon vrai nom ce serait Renée Dunan.
Fumisterie. Est-ce que j’ai une gueule de Renée ? Non, j’ai une face de Marcelle. Et puis moi, contrairement à d’autres, je ne porte pas de culotte en jersey de soie.
Pourtant, il est joli mon catalogue.
Ma maison ne manque pas de clients.
Je l’ai appelée le Sénat.
Parfaitement je glougloute du poireau de sénateur, mais pas que, et sans carte professionnelle!
Je fais du suçage à la menthe clandestin.
Mon meilleur cru, c’est la pissette sur la quéquette (ou dans la bouche).

Llama la atención su estilo dadaísta, caótico y rupturista. Como tal, puede resultar divertido, pero también difícil de leer. Parece ser casi un juego en el que la autora quiere ocultar algunos secretos, dobles sentidos y sorpresas para los iniciados –muchas veces sus conocidos-, lo cual podía hacer que, para los que no lo fueran, resultara un tanto tedioso.

No obstante, Dunan no se tomó  demasiado en serio el Dada, una vez que comprobó que se había transformado en un callejón sin salida, y continuó explorando en los terrenos de la literatura erótica y libertina con su propio nombre, o con alguno de sus numerosos seudónimos: Monsieur de Steinthal, Chiquita, Ethel Mac Singh, Luce Borromée, Laure Héron, Renée Camera, Spaddy, Louise Dormienne, A. de Sainte-Henriette, nuestra Marcelle La Pompe, y otros muchos que iba creando según sus apetencias.

Con ellos tuvo la oportunidad de firmar una enorme cantidad de obras, artículos, libelos y ensayos. La visión que refleja Dunan en sus obras es bastante particular para su época, pues entiende la sexualidad como algo inherente al ser humano, y mostraba en el caso concreto de la mujer, una irreductible actitud militante que postulaba por la su total libertad en dicho campo, sin tabúes ni ocultaciones. Todo esto, en aquella época, hizo que gran parte de sus obras fueran prohibidas según iban a salir de la imprenta.

Pero no voy a alargarme más. En resumidas cuentas, el cartel en cuestión no es otra cosa que una falsificación, muy buena que ha sobrevivido latente a lo largo de todos estos años, desde el momento mismo de su creación allá por el 1923. Como reclamo publicitario de una de sus obras, ha demostrado ser muy efectivo, y si se trata de una obra en sí, es a mi entender de lo mejor que ha salido de la factoría dadaísta.

No obstante Renée mostró ser coherente en sus actos hasta el final, invitando a quién lo quiera a seguir jugando con el misterio: ¿cuándo murió Renée Dunan? Según algunas fuentes, el 8 de agosto de 1936. Pero nada es tan sencillo con ella: existen cartas que –dicen- se ha verificado que escribió en el año 1938, también que estuvo en la localidad de Sainte-Maxime en los años 40, y se sospecha que cambio su identidad por la de un tal Georges Dunan, el cual afirmaba ser autor de obras de Renée, y murió en Niza en diciembre de 1944.

Hasta en su muerte y desaparición hay un juego de luces y espejos. 

Bien joué, Renée!

jueves, 28 de mayo de 2015

En el Reino


Buraydah es una capital de provincia en el corazón mismo de Arabia Saudita, situada a igual distancia del Golfo Pérsico que del Mar Rojo. Pueden ustedes imaginarla como una ciudad perdida en medio del desierto, uno de aquellos antiguos oasis que, merced al petroleo y la especulación, se ha convertido en algo más de lo que quizá nadie hubiera pensado que llegara a ser.

Hasta allá se llegaron el años 1993 un tal Mansour Al-Nogaidan y sus correligionarios, todos ellos aprendices de yihadistas con la intención de perpetrar una nueva acción contra el pecado. El objetivo era una organización caritativa de mujeres para viudas y pobres donde según convicción del grupo "a las mujeres de la comunidad les enseñaban cosas malas".

El relato de lo que sigue es parte de uno de tantos testimonios que se recogen en un interesantisimo libro que acabo de terminar, titulado "En el reino. Reyes, clérigos, modernistas, terroristas y la lucha por Arabia Saudí", del historiador británico Robert Lacey. A lo largo de sus más de 400 páginas, el autor repasa la historia del reino Saudí y de los países islámicos de su alrededor desde el asalto a la Meca de Juhayman al-Otaybi en 1979, hasta el año 2009. Por medio, presenciamos la evolución -por llamarla de algún modo-, que sufrió el mundo árabe y musulmán a lo largo de ese tiempo, la revolución iraní, las guerras en Irak y Afganistán, el nacimiento de Al Qaeda y los intentos de Bin Laden por ser un nuevo mesías, teniendo al Reino como catalizador de todo ello. Son parte importante del contenido del libro también, los oportunos saltos al pasado que hace el autor para refrescarnos la memoria en torno al origen de las diferencias entre sunitas y chiítas, las raíces de la consolidación de la casa Saud a la sombra del Wahabismo, o el poder de la doctrina salafista en aquella región.

Para escribir el libro, Lacey se apoya en una multitud de entrevistas que ha realizado a lo largo de los años, muchas de ellas durante su estancia en aquél país, a todo tipo de personas, radicales religiosos, monarcas, disidentes e incluso protagonistas directos de las historias que se narran.

Una de ellos es este Mansour con el que abría la anotación, yihadista convencido que al que su posterior paso por la cárcel, lo convirtió en todo lo contrario, lo cual, curiosamente, le dio más problemas que su actitud anterior. O quizá no es tan raro que fuera así. Merece la pena leer el libro para entenderlo.

El caso es que, volviendo al relato inicial, Lacey, y nosotros con él, cede la palabra al tal Mansour para relatarnos lo que ocurrió en aquella acción contra la organización caritativa que aparentemente enseñaba cosas malas a las mujeres:

"Estaban convencidos de que la organización caritativa era una tapadera para liberalizar y occidentalizar a las mujeres, enseñándoles a quitarse su hijab y a sentirse más libres. Yo no estaba muy convencido y les pedí pruebas. Recé mi istikhara (plegaria de consulta ante la toma de una decisión) durante dos horas antes de decidirme a ir, pero ni siquiera entonces me sentía feliz"

"No se había lanzado ninguna fetua contra la organización. Así que teníamos que buscar la prueba del pecado. Esperábamos encontrarnos videos sexuales, pero lo único que encontramos fue una peluquería. Nos topamos con una habitación equipada con máquinas para hacer ejercicios para los minusválidos, y decidimos dejarla. Luego encontramos una estantería con libros religiosos. ¿Cómo podíamos quemar eso? Decidimos llevarnos todos los coranes. En la mesa del director, encontré un archivo con los nombres de trescientas familias pobres. Me sorprendió ver los nombres de tres familias que yo conocía. Tenían relación conmigo y estaban recibiendo ayuda. Eso me hizo sentir muy infeliz, pero entonces, uno de mis amigos encontró, por ahí suelto, un libro controvertido. Era del erudito fundamentalista Mohammed Nasser Al-Deen Al-Albani, y argumentaba que no había ningún problema en que las mujeres mostraran su rostro."

"Es lo que sospechábamos -dijo el amigo triunfal-. Este libro demuestra el pecado que están planeando llevar a cabo en este edificio. Todos los demás estuvieron de acuerdo. Así que empezamos a tirar gasolina y latas de gas por todas las habitaciones. Se quemó todo el edificio."

Leído el relato del tal Mansour, sentí que todo aquello me resultaba extremadamente familiar.