domingo, 19 de marzo de 2017

Las ratas carnívoras

Según contó el periodista y abogado norteamericano Eliphat Price, en uno de sus viajes por el estado de Colorado encontró muy cerca de la solitaria estación telegráfica de Pike’s Peak una tumba reciente que decía:

“Erigida en memoria de Erin O’Keefe, hija de John y Nora O’Keefe, la cual fue devorada por las ratas de las montañas en el año 1876”

Tras tomar nota de ello, pensó que lo mejor para conocer la historia era acudir a la fuente próxima a ella, el soldado John O'Keefe, encargado de la estación telegráfica de Pike’s Peak  y padre de la difunta Erin. Parece que al tal John no le molestó la curiosidad del periodista, incluso se permitió comenzar el relato haciendo una pormenorizada descripción de lo que era la vida como encargado de mantener la comunicación telegráfica en aquel recóndito lugar de las Montañas Rocosas. Poco tenía que hacer aparte de eso, así que cualquier novedad, más aún si llegaba en forma de una visita con ganas de conversar en torno a una mesa y una buena botella de whisky, mejor que mejor.

Entrando en materia, John le habló de la existencia de una raza de ratas gigantescas que vivían ocultas en las cuevas de las inmediaciones, y que tenían una especial apetencia por la carne humana. Fue así cómo en cierta ocasión aquellos bichos atacaron a él y su familia mientras dormían en la estación. Él tuvo que sacudírselas de brazos y piernas, perdiendo alguna porción de su carne en ello. Rápidamente, y con la ayuda de una pala empezó a aplastar a las ratas, mientras su esposa, que ya se había despertado en parecidas circunstancias, corrió a echar mano de la batería del telégrafo con la que consiguió electrocutar a la mayor parte de ellas. Desgraciadamente, todos los esfuerzos por salvar la vida de su pequeña hija Erin fueron vanos, pues para cuando consiguieron acabar con todos los roedores que se apiñaban sobre ella, las ratas la había devorado…

Eliphat  tomó buena nota de la historia y la divulgó a su vuelta a la civilización, llegando a tener una amplia repercusión en todos los medios del país, ávidos como estaban por aquél entonces de noticias sensacionalistas…  

Sin embargo, pronto se descubrió que habían dos pequeños detalles que no encajaban en la historia: primero, que O'Keefe no estaba casado; y, segundo, que nunca tuvo una hija. Lo único aparentemente verdadero de la historia era la tumba, colocada ahí por el propio telegrafista no se sabe bien si para atraer hasta su estación a viajeros curiosos con los que conversar, o es que simplemente se trataba de un mistificador... Quizá hubiera algo de las dos cosas.

martes, 14 de marzo de 2017

Et sic in infinitum


Y así hasta el infinito…

En 1617, el científico y místico inglés Robert Fludd publicó un tratado en el que la armonía del universo es su tema central, defendiendo que todo cuanto acontece al hombre (microcosmos) está bajo la influencia del universo (macrocosmos). Esta obra, tituladaUtriusque Cosmi, Maioris scilicet et Minoris, metaphysica, physica, atque technica Historia -algo así como La historia metafísica, física y técnica de los dos mundos, a saber, el mayor y el menor”-, intenta armonizar el pensamiento místico de Paracelso con la ciencia de su época, cosa que no casaba en ningún modo con los postulados mas racionalistas de Kepler.

El caso es que con el fin de explicar el origen del cosmos, Fludd crea una representación que hasta entonces hubiera sido imposible de concebir: algo tan ilimitado como lo es la oscuridad inicial dentro de los márgenes de una hoja, repitiendo en cada uno de los lados la leyenda “Et sic in infinitum” (Y así hasta el infinito), para dar a entender que dicha extensión ocurre no tanto en la página como en la interpretación que ha de hacer el lector.

El recurso de Fludd me recordó a un caso muy similar, aunque en tono un tanto paródico, que encontré hace ya tiempo al final de capítulo XII del Tristram Shandy: cuando narra el anochecer en el que muere el párroco Yorick, un personaje clave hasta ese momento de la novela, tras haber sido víctima de una violenta emboscada. En ese lugar del libro  el relato se refuerza volviéndose algo físico: las cajas del recto y verso de la siguiente página se muestran totalmente negras, oscurecidas, acompañando al narrador en su despedida al desventurado pater:

“Por todo esto Eugenius se quedó convencido de que su amigo tenía el corazón deshecho; le apretó la mano, ––y a continuación salió con mucho sigilo de la habitación, llorando. Los ojos de Yorick siguieron a Eugenius hasta la puerta; ––después los cerró, –– y no volvió a abrirlos más.

Ahora yace enterrado en un rincón del cementerio de su iglesia, en la parroquia de ––––, bajo una lápida de mármol liso que su amigo Eugenius, con el permiso de sus verdugos, colocó encima de su tumba con tan sólo estas tres palabras inscritas, que le sirven tanto de epitafio como de elegía:

¡Ay, pobre YORICK!

El fantasma de Yorick tiene el consuelo de oír leída en voz alta diez veces al día su monumental inscripción con tal variedad de tonos quejumbrosos que queda bien patente que hay por él un sentimiento general de lástima y aprecio: ––al haber una senda que atraviesa el cementerio justo al lado de su tumba, ––no hay un solo caminante que al pasar no se detenga a echarle una mirada, ––y suspire al proseguir su marcha:

¡Ay, pobre YORICK.”


Son muchas las coincidencias, los autores que dan muestras, conscientes o inconscientes, de querer abrir un espacio vacío, sin luz, como representación clara y contundente de lo que quizá no se puede expresar de otra manera. Y menos aún recurriendo a esa ”locuacidad retórica figurativista” de la que incluso el pintor suprematista Malevich,  quiso huir al disponer que al frente de su capilla ardiente se colocara una de sus obras más conocidas, el Cuadrado negro.



Por algún motivo, todo esto que cuento me ha venido a la cabeza hace un rato, mientras vegetando estúpidamente como cientos de miles de personas igual que yo, observaba impávido la televisión… ¿Realmente es mejor esto que el vacío carente de luz?

miércoles, 8 de marzo de 2017

Dos mujeres contra Phileas Fogg


Estamos en noviembre de 1889. Apenas han pasado 16 años desde que Julio Verne publicó su “Vuelta al mundo en 80 días”, cuando Nellie Bly, reportera estrella de “The New York World” de Joseph Pulitzer, anunció en las páginas de este periódico que estaba a punto de emprender la aventura más sensacional de su carrera: un intento de dar la vuelta al mundo más rápido de lo que nadie había sido capaz antes… Más aún de lo que Verne fabuló en su novela que hizo el señor Fogg: ella lo haría en setenta y cinco días.

A John Brisben Walker, editor de la revista “The Cosmopolitan”, competencia de la de Pulitzer, aquello le pareció una gran idea… como si hubiera sido suya. De hecho, pensó que mejor que aquella, era la de plantear la aventura como un reto: Cosmopolitan enviaría a su propio competidor a dar la vuelta al mundo, pero viajando en la dirección opuesta, y, por supuesto, ganaría la carrera a la periodista del World. Walker debía decidir a quién enviaría y hacerlo inmediatamente, pues la persona elegida debía salir sin dilación, para hacerlo casi a la vez que Nellie que abandonaba Nueva York en dirección a Europa aquél mismo día. Pero, ¿a quién proponérselo?: parece que Walker no dudó mucho en hacer llamar a Elizabeth Bisland, editora literaria de la revista, avisándola de que necesitaba verla urgentemente. Ya mismo.
Elisabeth Bisland

Por aquél entonces, Elizabeth Bisland tenía veintiocho años, y era conocida en los refinados ambientes cultos de Nueva York por el salón literario que había creado en su pequeño apartamento, donde se discutían los temas artísticos de la época. Lectora impenitente, en su columna frecuentaban artículos dedicados a autores tan diversos como Rousseau, Emma Lazarus, Tolstoi, Hjalmar Hjorth Boyeson y Cervantes. Su perfil era muy distinto al de Nellie Bly: Bisland era una autora y crítica literaria amante de la rutina, Bly era en cambio una intrépida reportera de investigación.

Cuando llegó a las oficinas de Cosmopolitan, y su jefe le propuso hacer la vuelta al mundo compitiendo con Nellie Bly, empezó por no creer lo que estaba oyendo, para pasar después a negarse en redondo. Elizabeth tenía dos razones de peso para ello: al día siguiente tenía invitados a cenar en su apartamento y, además, no disponía de nada que llevar para un viaje tan largo.

Seis horas más tarde, Bisland se encontró en un tren que marchaba de Nueva York atravesando Norteamérica con destino a San Francisco. Pensaría seguramente en lo poco convencida que había estado en su oposición a la propuesta de su jefe y, por qué no, en la excitante aventura que acababa de comenzar.

A partir de aquél día, Elizabeth Bisland escribiría siete artículos sobre su carrera alrededor del mundo para The Cosmopolitan. En 1890 fueron recopilados y publicados por Harper & Brothers como un libro titulado “In Seven Stages: A Flying Trip Around the World”.

Su relato, claro reflejo de lo sorpresivo y desproporcionado que fue aquél periplo, empezaba así:

“Si el 13 de noviembre de 1889 un profeta aficionado hubiera predicho que pasaría el día de Navidad de ese año en el Océano Índico, espero no haber contribuido con mi abierta e insultante incredulidad a las penalidades que sin duda lleva consigo tan duro oficio. En su lugar confío, con la amabilidad requerida ante un ejemplo tan claro de predicción aberrada, haberme limitado a citarle ese pasaje del Corán en el que está escrito: "El Señor ama al mentiroso alegre", y decirle que se fuera en paz. Sin embargo, pasé el día 25 de diciembre navegando a través de las aguas que bañan las costas del Imperio de la India, e hice otras cosas igualmente inimaginables, de las que no me hubiera creído capaz si me hubieran prevenido. Sólo puedo alegar con excusa que estas andanzas no fueron premeditadas, porque los profetas descuidaron su oportunidad y no recibí augurio alguno.”

Desde aquél mismo inicio, la carrera entre Bly y Bisland fue seguida estrechamente por la prensa de todo Estados Unidos, y las apuestas sobre el resultado inundaban día tras día las casas de juego del país.

Nelly Bly
En su relato, Bisland prestaba especial atención a los paisajes siempre cambiantes de la tierra y el mar. "Ella se deleitó sentándose en la cubierta superior de un buque de vapor, mirando el océano durante horas”, escribió cuando cruzaba el Pacífico.

Bisland nunca había estado fuera de su país antes, y eso quedaría reflejado en cada una de sus impresiones, especialmente a su paso por el Japón, el mar de China y la costa de la India. Entre sus vivencias, recordó siempre con especial afecto los avistamientos de ballenas que tuvo ocasión de vivir a bordo del Britannia en el que se embarco en Ceilán el primer día del año 1890 en dirección a un lugar tan lejano como el puerto de Brindisi en Italia. Precisamente Bly había iniciado ese mismo trayecto, aunque en dirección opuesta y a bordo del Victoria, unos días atrás. La larga travesía se amenizaba con partidas de criquet en cubierta, bailes todas las noches y pequeñas representaciones teatrales. Al pasar por Aden y Suez, la travesía se detuvo durante unos días, cosa que aprovechó para conocer aquellos lugares y dejar cumplido testimonio de ello en sus artículos.

Pero las impresiones del viaje, sus descubrimientos, no le despistaron del motivo por el que estaba ahí: participaba en una carrera por dar la vuelta al mundo antes que su competencia Nellie Bly, y tenía noticias de que podía estar ganando... Sólo tenía que aguantar el agotamiento que sentía cuando ya atravesaba Europa, el frío, el hambre, la falta de sueño… Su entrega en los últimos días estaba siendo tal, que aprovechando la cantidad de posibilidades de desplazamiento que le ofreció su llegada al viejo continente, había olvidado darse cualquier descanso. Fue así como cruzó Francia, Inglaterra, Gales e Irlanda para coger el buque de vapor que la llevaría a Nueva York y a vencer a Bly. Pero resultó que el barco que tenía proyectado coger no apareció, o fue “enviado” por Pulitzer a otro puerto, según las malas lenguas, por lo que tuvo que contentarse con cruzar el Atlántico en un vapor mucho más lento que el que tenía previsto.

Mientras tanto, su competidora Nellie Bly, que había hecho el camino en sentido opuesto, tuvo algo más de suerte cruzando el Pacífico desde Yokohama en el vapor Oceanic, a pesar de las terribles tempestades que sufrió, gracias a la entrega del capitán, que para darle ánimo no dudo en grabar en la caldera del barco el compromiso incondicional de toda la tripulación:

“For Nellie Bly,
We’ll win or die”

(Por Nellie Bly,
O ganaremos o moriremos)

Llegada a la costa oeste de Estados Unidos tuvo que afrontar el encontrarse con la mayor parte de las líneas férreas que conectaban con Nueva York bloqueadas por una tormenta de nieve, a lo que sus poderosos valedores no dudaron en enfrentar el flete de un tren especial de Oakland a Chicago por el sur del país, y “sin escatimar un centavo”, para que Nellie Bly llegara antes que su competidora a destino. A la vista de esto, no cabe el extrañarse en sospechar que la “desaparición” del vapor que esperaba coger Bisland en Irlanda se debiera también a alguna generosa aportación económica.

De cualquier modo, al final, Elizabeth Bisland logró batir la marca de ochenta días de Phileas Fogg, completando el viaje en setenta y seis días, lo que habría sido el viaje más rápido jamás hecho en todo el mundo, si no fuera por el hecho de que Nellie Bly había llegado cuatro días antes.

A diferencia de su competidora, que al regresar a Nueva York inició una gira por las principales capitales del país, Bisland hizo todo lo posible por evitar la fama y la publicidad. No dio conferencias, ni patrocinó ningún producto. Tampoco gustaba de comentar públicamente nada sobre el viaje. De hecho, huyendo de la fama que había ganado con el viaje, decidió abandonar los Estados Unidos y poner rumbo a Gran Bretaña, donde se quedó a vivir los dos años siguientes.

Bisland sería escritora hasta el final de su vida. En 1927, a la edad de sesenta y cinco años, publicó una colección de ensayos, titulada “La verdad sobre los hombres y otros asuntos”, en el que manifestaba, entre otras cosas aquello de que "El más antiguo de todos los imperios es el del hombre. Ninguna casa real es tan antigua como la suya".

Merece la pena dedicar una lectura tanto a “Around the World in 72 Days” de Bly como a “In Steven Stages: A Flying Trip around the world” de Bisland, son los relatos amenos y emocionantes de sus aventuras en forma de crónica de viajes, valiosos testimonios de aquella época, cada uno con el estilo particular de su autora. Las dos obras están llenas de humor, hechizo y romanticismo, pero revelan al mismo tiempo una mirada crítica al mundo que les rodea.

La primera de ellas cuenta con una traducción al español, y en este mismo idioma está publicado “Ochenta días. La gran carrera de Elizabeth Bisland y Nelly Bly” de Matthew Goodman, obra en la que me he apoyado para escribir estas líneas, hoy que aunque muy poco amigo de las efemérides y homenajes de calendario, he querido aportar mi pequeño grano de arena al día de la mujer trabajadora.

Y dejo como colofón, la frase que creo mejor ilustra aquello que los espíritus viajeros, como el de estas dos mujeres tan diferentes, buscan allá lejos, tras el horizonte:


“Que cosa tan buena es, se dijo a sí misma, haber vivido de verdad al menos una vez”.

jueves, 8 de diciembre de 2016

¿Quién sabe?


Fue hacia el año 1355 cuando Juan el Bueno, rey de Francia, encargó al dominico y tocayo suyo Jean de Sy, la elaboración de una nueva traducción de la Biblia que reemplazara a las diferentes versiones que circulaban por aquél entonces, y que había sido elaboradas principalmente en el siglo XIII.

Como puede imaginarse, se trataba en aquél entonces de un trabajo monumental, costoso, y en el que se iba a emplear bajo la dirección del encomendado a muchas personas. Pero su bondadosa majestad no vio gran problema en lo económico: creó un nuevo impuesto para la comunidad judía, que costeara lo que fuera que iban a pedir Jean de Sy y su gente por lo que merecía la dedicación de personas con un conocimiento especializado en las diferentes disciplinas  que se iban a emplear en la obra.

Entre estas personas destaca alguien de quién no se sabe ni siquiera su nombre. Será por ello que se le recuerda por su principal obra, que no es otra que esta: es el llamado “Maestro de la Biblia de Jean de Sy”. Bueno, como ocurre muchas veces en estos casos, no se sabe a ciencia cierta si se trata de una persona o de un taller. Pero el caso es que parece encontrarse el mismo modo de iluminar que en esta Biblia, la misma técnica, en otras obras que se gestaron en el París de la segunda mitas del siglo XIV. Y es un modo que siendo el mismo, parece ser obra de varias manos.


La crisis del papado, que había trasladado su sede a Avignon, la reciente y traumática peste de la década de 1340, las nuevas ideas religiosas de pensadores como Ockham, Pierre d’Ailly o Jean Gerson, ¿influyeron en el rey Juan para que pensara en actualizar la traducción que hasta entonces circulaba de la Biblia?

 Incluso se puede pensar en que, como muchos estudiosos sugieren, el Maestro de la Biblia de Jean de Sy, el taller que llevaba ese nombre, fuera de origen flamenco. Que continuara su trabajo en las cortes de los sucesores de rey Juan, tanto en Francia como en Borgoña, empujando con su arte los primeros pasos de un mundo que se iba transformando en todos los órdenes para terminar por desembocar en el Renacimiento y el mundo moderno.

Mi encuentro con las curiosas iluminaciones de la Biblia de Jean de Sy, que puede verse aquí, y el recuerdo de una lectura tan a cuento de todo esto -y tan recomendable-, como es el “Elogio del individuo. Ensayo sobre la pintura flamenca del Renacimiento” de Tzvetan Todorov, ha engendrado en mi, en estos momentos, la necesidad de dejar aquí estas líneas.

Quizá la mayor coincidencia no sea ninguna de las del párrafo anterior. Las más importante para mi en este momento, es el encuentro con un proceso de cambio, de introspección, reflexión y toma de decisiones… Algo que ahora mismo necesito hacer. Y después ya se verá. Quizá el año que viene siga con este cuaderno, quizá lo cambie, quizá sea en otro, quizá no, quizá!... Quién sabe…

Hasta entonces, que lo que venga les sea propicio a todos ustedes.


jueves, 1 de diciembre de 2016

Coleccionando momentos

El 1 de diciembre de 1900 se promulgó en Francia una ley que permitía a la mujer el acceso a la profesión de abogado. 24 horas después Olga Balachowsky-Petit, se convertía en la primera mujer abogado de aquél país.

Aunque en España se ha tendido a considerar como tal a Victoria Kent, la verdad es que fue María Ascensión Chirivella (Valencia 1893 - México 1980) la primera mujer en licenciarse en Derecho en España, inscribirse en un colegio profesional en 1922 y ejercer la profesión de abogada en nuestro país.

Esta postal es una pequeña joya que recuerda la ley francesa de 1900, y quién conozca el francés, podrá disfrutar de los comentarios que se cruzaron entre ellas dos amigas feministas al poco del entrar en vigor la ley...

Una joya de coleccionista...

... y un homenaje a las tantas esperanzas que nos han ido dando aliento a lo largo del tiempo.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Para un amigo


No te pares frente a mi tumba ni llores.
No estoy allí, yo no duermo.
Soy los mil vientos que soplan.
Soy los brillos de diamante en la nieve.
Soy la luz del sol en el grano maduro.
Soy la lluvia apacible del otoño.
Cuando despiertes en la quietud de las mañanas,
Soy el vuelo de pájaros silenciosos que se elevan
en círculos,
Soy las suaves estrellas que brillan en la noche.
No te pares frente a mi tumba ni llores,
No estoy allí, yo no he muerto.
(Poema de autor desconocido)
Hace ya algún tiempo que me encontré con este poema que guardaba en alguno de mis anteriores blogs. Hoy he querido ponerlo aquí en solidaridad con la perdida que ha sufrido un muy querido amigo.
Salud y ánimo José Antonio!

viernes, 4 de noviembre de 2016

Desde donde estás puedes oír sus sueños


Ahora tenemos ante nosotros un nuevo camino que descubrir…

El 4 de noviembre de 1966, un terrible aguacero que tuvo lugar el día anterior, elevó 11 metros el nivel del rio Arno arrasando la ciudad de Florencia. Se calcula que cayeron alrededor de 180/200 litros por metro cuadrado. Se dice que tras la inundación de 1333 había sido tan concienzudos en la reconstrucción del Ponte Vecchio que, lejos de derribarlo, la crecida se encontró con un muro de contención que la desvió hacia el interior de la ciudad antigua.

En la Galería de los Uffizi un grupo de personas tuvo que enfrentarse con el agua y el fango para salvar las obras de Masaccio, Giotto, Fra Angelico, Simone Martini, y otros tantos autores.

El Museo de Historia de la Ciencia, en el Palazzo Castellani, fue atacado sin piedad por una inmensa ola, que derribó el robusto portón, llevándose por delante una valiosa colección de instrumentos científicos pertenecientes a los duques de Florencia. La entonces directora, que vivía en el palacio, pudo rescatar los telescopios y lentes de Galileo, antes de saltar por una ventana para ponerse a salvo.

Un grupo de jóvenes, procedentes de distintos puntos de la comarca, se reunieron frente a la Biblioteca Nacional formando largas cadenas humanas que se pasaban de uno a otro los libros y manuscritos que todavía podían rescatarse de la marea de lodo. Desde entonces, a estos voluntarios se les conoce en Florencia como “los ángeles del lodo”.

Las aguas llegaron a abrir las pesadas puertas las puertas de bronce del Baptisterio. El lodo cubrió la Magdalena de madera de Donatello que había en el interior, arrastró y golpeó contra las jambas las puertas del paraíso de Ghiberti, perdiendo cinco de los diez paneles, mientras que a las de Andrea Pisano les arranco dos paneles. Afortunadamente todos ellos fueron encontrados trtas la riada.

Cincuenta años antes, ese mismo día noviembre de 1916 estaba dando a su fin la batalla de Le Transloy, uno de los últimos y más sangrientos episodios del Somme, ejemplo de hasta dónde pueden empujar unos pocos seres humanos a otros, para convertir sus ambiciones e ineptitudes en mares de sangre.

En un lugar muy alejado de allá, en Colombia, ese mismo día del año 16, un líder indígena de nombre Quintín Lame, tras salir de la prisión en la que había sido encerrado acusado de intentar crear una república indígena,  entró al pueblo de Inzá, acompañado de mil quinientos seguidores. En la plaza principal entonaron el himno nacional, asistieron a misa y en una improvisada arenga el líder indio ordenó a sus cabildos tomar posesión de esas tierras, concedió diez días a los propietarios blancos para que abandonaran sus predios y demandó que los terrenos fueran entregados a los indígenas. Quintín Lame anunció que regresaría al domingo siguiente. Ese anunció aterró a los grandes propietarios, quienes se dieron a la tarea de organizar grupos armados para enfrentarse a Lame cuando regresara…

El tiempo corre lleno de acontecimientos, y el que separa a la entrada de Lame y la batalla del Somme con el desastre de Florencia, es el mismo que el que hay entre esta última fecha y el día de hoy. O mejor dicho: de mañana, pues estas líneas las escribo y dejo programadas para que se publiquen un día antes de éste 4 de noviembre, ayer, momento desde el que les escribo.


Hace exactamente diez años anoté en mi blog de entonces algo que seguramente les dará la clavé del porqué de lo que les he contado hasta ahora. Basta con que entren en él, si les place, y entiendan que no se trata de otra cosa que de un juego. Un juego al que podemos llamar vida.


Y mientras leen estas líneas, es posible que esté volando, o lejos de aquí o del lugar en el que estén… A no ser que se encuentren allá a donde voy.

Estas cosas son las que tiene el tiempo.

Éste en el que les escribo y aquél en el que me lee cada uno de ustedes:

“El tiempo pasa. Escucha. El tiempo pasa.

Acércate más.

Solo tu puedes oír cómo duermen las casas en las calles de la lenta, profunda, salobre, tiniebla del vendaje nocturno. Sólo tú puedes ver, en los dormitorios de postigo echado, la ropa interior y las enaguas reposar en las sillas, las jarras y los aguamaniles, las dentaduras postizas hundidas en los vasos, las Tablas de la Ley colgadas en la pared, las amarillentas fotografías de unos muertos que todavía esperan que salga el pajarito. Sólo tú puedes oír y ver, tras los ojos de cuantos duermen, los movimientos y los países, los laberintos, los colores, los duelos, los arcoiris y las melodías, los vuelos y deseos, las caídas, las desazones y la vastedad de los mares de sus sueños.

Desde donde estas puedes oír sus sueños.”

(Dylan Thomas)