viernes, 26 de febrero de 2016

Para que yo hable de poesía



Para que por fin, después de tanto tiempo, me decidiera hoy a dedicar dos líneas a la poesía, han tenido que pasar muchas cosas. Tantas, que si uno creyera en predestinaciones, magias y mensajes cifrados de vaya usted a saber qué entidad, pensaría que el cúmulo de circunstancias coincidentes que han venido a agruparse en tan corto periodo de tiempo, eran cosa –en el mejor de los casos-, de alguna dulce musa que ha tenido a bien dar cuenta a mi entendimiento de la necesidad de ponerme a esto.


- ¿Para qué?

Creo que la inexistencia de una respuesta coherente, hace ya innecesario el seguir adelante en lo que me proponía. Sin embargo, a este que leen, le atraen de manera absolutamente instintiva, irracional, todos aquellos asuntos que son inútiles, que no sirven para nada…

Por ejemplo.

¿A quién demonios puede interesarle que, tras escribir la anotación anterior, me diera por buscar un paralelismo entre lo que hacía la bruja valenciana y los senninbari (千人針)? No sólo no interesa, si no que hay algo peor: es un conocimiento que no sirve absolutamente para nada. Y lo lamentable es que creo que eso es lo que me atrae de ello.

Volvamos al tema de la poesía.

El día pasado, la lectura de una entrada de nuestra amiga Una mirada…, despertó en mi el interés por conocer la obra de un poeta aragonés llamado Ángel Guinda. Reconozco no haberlo sabido de él hasta entonces, pero lo que pude leer a partir de ese momento, con ese estilo tan crudo y directo, me animó a buscar alguno de sus libros cuando me acercara a la gran ciudad más próxima. 

(En San Sebastián, dicho sea de paso, más allá de lo que se quiere etiquetar como tal en torno a don 2016, la cultura brilla por su ausencia, si no es en forma de ropa y comida).

Ayer, que me tocó pasar por Bilbao, cambié la hora de la comida por una visita a una conocida y bien aprovisionada librería del lugar. Pero fue una búsqueda inútil en lo que me llevaba a ella, aunque volviendo sobre el lugar que le pudiera corresponder a nuestro autor, y revolviendo entre Ángeles surtidos de G, di con un libro que hacía referencia a otro, muy conocido y apreciado por mí, del que no tenía ni idea de su existencia. Ni siquiera sabía que se había escrito algo, más o menos biográfico, sobre Ángel González.

Se trata de "Mañana no será lo que Dios quiera" de Luis García Montero, y aunque lo que viene de ese señor que aparece en el título, me da siempre que lo hace puesto en su boca por vaya usted a saber que anónima mano, si que el mío, mi mañana, se dibuja con esa vida escrita entre mis manos.

Y he recorrido ya un buen puñado de líneas sin apenas hablarles directamente de poesía, que era el motivo de esta anotación. Pero quizá no sea necesario, pues no quiero abrumarles con mi desconocimiento teórico o técnico sobre las dobleces del lenguaje en esta disciplina literaria. Mis primeras letras, así lo recuerdo, fueron de poesía. De hecho, creo que las de muchas personas lo fueron. Tuve además la suerte de dar con personas tan distraídas, que llegaron a publicarme algunas cuantas en revistas que trataban de ello, y había incluso quien las apreciaba sinceramente. Afortunadamente en este mundo hay de todo. Yo, en un ejercicio de humanidad, dejé hace mucho de intentar juntar unos versos que obligaran a nadie a leerlos.

Sin embargo, cuando hablo de poesía, no puedo evitar el recordar aquel entonces, cuando la realidad por fin nos arrancó a bofetones el cetro del mundo, para reflejarnos en el espejo en figura de un naufrago que intenta sobrevivir con los restos que la tormenta ha arrastrado a la orilla.

De entonces recuerdo los versos de Ángel González. Sobre todo aquellos que terminaban con eso de:

yo no soy más que el resultado, el fruto,
lo que queda, podrido, entre los restos;
esto que veis aquí,
tan sólo esto:
un escombro tenaz, que se resiste
a su ruina, que lucha contra el viento,
que avanza por caminos que no llevan
a ningún sitio. El éxito
de todos los fracasos. La enloquecida
fuerza del desaliento...


Y si ustedes han llegado a leer todo esto, sin saltarse una sola línea, ni jugar a la rayuela con mis párrafos, se preguntarán, seguramente bastante contrariados:

- A mí qué diablos me importa todo esto.

Y la verdad es que a mí, desde este lado de la pantalla, no me quedará otra que darles la razón: efectivamente, todo esto no puede interesar a nadie.

sábado, 13 de febrero de 2016

La bruja de Valencia


Según uno interprete el documento del que les voy a hablar a continuación, puede encontrar en lo que se cuenta, la trágica historia de una mujer que entregó su alma al diablo para recuperar el amor de su marido, la cual, lejos de alcanzar su fin, terminó vagando por este mundo enloquecida, llevando la desgracia a sus conocidos, para terminar encerrada en las cárceles de la inquisición.

Pero esto no es más que una de tantas lecturas... ¿o no? 

Ocurre que los restos que llegan hasta nosotros del pasado, lo hacen de tal modo, que parecen arcilla en manos del curioso, del historiador o del charlatán, pues permiten moldear diferentes imágenes de lo que en ellos se puede leer. Puede darse el caso de que el texto, merced a su brevedad, y según la predisposición que mostremos ante él, lo mismo puede mostrarse como una fábula a medio camino entre la historia de Juana la Loca y la Fausto; un claro ejemplo de esquizofrenia, o carnaza mistérica para los alucinados seguidores de los programas milenaristas.

Suya es la elección, pero permítanme que yo haga lo propio, y con la mayor delicadeza posible vaya dando la forma que considere más oportuna en cada momento, a la información que he podido extraer de las 12 páginas que forman este legajo, conservado en la sección Inquisición del Archivo Histórico Nacional, con la signatura 3722 Exp.40, y una descripción del área de contenido y estructura que dice:

“Alegación fiscal del proceso de fe de María Gosalvez, vecina de Valencia, seguido en el Tribunal de la Inquisición de Valencia, por magia”

Conviene aclarar que las alegaciones fiscales extractaban los expedientes originales remitidos por los diversos tribunales al Consejo de la Inquisición: toda la documentación que enviaban los diferentes tribunales pasaba al relator, que redactaba el extracto -la alegación fiscal- y, con ello, el Consejo tomaba una decisión que era enviada de nuevo al tribunal correspondiente, devolviéndose la documentación original. Las alegaciones fiscales se caracterizaban por su carácter eminentemente sintético, que resumía los hechos más importantes y las calificaciones. En muchos casos la alegación tenía la extensión de una o dos caras de folio, aunque en los casos más complicados podía llegar a ocupar diez o más caras.

Este es el motivo por el cual, el documento resulta breve, con grandes lagunas -la más importante referida a su datación que, a primera vista, sólo nos permite intuir que ocurrió a mediados del siglo XVIII-, y hace continua referencia a declaraciones y varios papeles que se contienen en otros documentos, que vaya usted a saber si se conservan.

Paso a dar forma a la historia.




El lugar en el que sucede la mayor parte de lo recogido en el documento es la cárcel de San Narcis de Valencia, la misma en la que algún tiempo después a los hechos que vamos a revivir, allá por los años 20 del siglo XIX, estuvo encerrado, a la espera de ser ejecutado, el maestro Gaietà Ripoll, la última víctima del tristemente conocido tribunal de la Santa Inquisición. Es también conocida por la razón de que, durante mucho tiempo, se encerraron en ella a los reos que esperaban ser embarcados en las galeras donde iban a cumplir sus penas.

En ella fue encerrada una mujer llamada Maria Gozalvez o Gonzalvez, de que la alegación no nos da la edad, pero que se supone que es avanzada, pues en varias ocasiones se refieren a ella como “la vieja” o “la vieja Gonzalvez”, y los testigos que manifiestan tuvieron alguna relación de amistad con ella han pasado la sesentena.

De entrada sabemos que Maria Gozalvez, viuda, vecina de Valencia, está presa en la cárcel de San Narcis “en virtud de la delación” y “por sospechosa de magia y pacto con el demonio”. La delación debió de ser obra de un tal Don José de Monserrat, presbítero Vicario de la Parroquia de San Salvador de Valencia, quien en una carta dirigida al tribunal de la inquisición, expone que Maria Gonzalvez, ha “maleficiado según dicen a una niña de doce años, llamada Carmela”.

¿En qué consistía el maleficio? Pues lo que deja deducir la alegación, es que la niña en cuestión era pariente –sobrina o nieta, posiblemente-, de una antigua amiga de la Gozalvez, con la que en los últimos tiempos se había enemistado, y como venganza –por lo menos a los ojos de la parte denunciante-, hizo que enfermara hasta el punto de haberse “buelto flaca y amarilla”.

El modo de maleficiar era bastante curioso. Para conocerlo, vamos a echar mano de la declaración de Rosa Serra, doncella de casa del Marques de Peris, de 18 años, la cual declara “que habrá mas de un año que estando la declarante un medio dia como a la una de la tarde en el zaguán de la casa de su amo, parada, y en pie, se llego a ella la reo, y sin haberla antes tratado y solo si visto venir alguna vez por limosna, la dixo si quería darla  una alfiler o ahuja con un poco de ylo, a que respondió que no la tenia con lo que se fue”. 

Hasta aquí, todo podría parecer más o menos normal, pero resulta que un tiempo después, charlando con Carmela y su madre, vino en contar lo que le había pasado con la Gozalvez, a lo que éstas le dijeron que “buena fortuna ha tenido vuestra merced, que si la hubiera dado la ahuja y el ylo también (…) se hubiera vuestra merced vuelto flaca y amarilla”.

Según le explicaron, el truco estaba en que con ese hilo prestado, la Gozalvez daba unas puntadas a una mantilla que llevaba consigo, y desde entonces la persona que se lo había dado era víctima del dichoso maleficio… Rebuscado, sí señor, pero seguramente sería más fácil de entender si fuéramos capaces de sumergirnos en la mentalidad de aquellas personas, desarrollada en un contexto en el que la religiosidad impregnada de una fuerte superstición y mentalidad barroca, era la pantalla a través de la cual interpretaban su mundo.

De hecho otro preso de San Narcís, un tal José Moltó, de 35 años, cuenta que encontró  a la reo con un “canuto de alfileres y entre estos unos mas altos que otros, y habiéndola preguntado si aquél canuto era donde tenia sus echizos, observó que se quedó parada y suspensa”. Uno y otro parecían creer lo mismo.

El caso es que cuando le hacen cargo de su crimen, la Gozalvez respondió “que ella desharía si la dexaban lo que havia hecho, aludiendo a dicho maleficio”, y declaró que si disponía de dicho poder era porque “tenía pacto expreso con el demonio cojo, y que le havia ofrecido darle el corazón”. No obstante, viendo que las cosas se ponían mal, dijo que desharía el maleficio. Para ello,“estendio su mano izquierda y con la derecha fue pellizcando la palma de su misma mano, como quien deshacía puntos que acabado de hacer esto dixo a los referidos que ia estaba libre la criatura”. Para comprobarlo, decidieron ir a la casa de la maleficiada y preguntarle si se encontraba mejor;“y habiendo ido, luego que llego empezó dicha niña a batirse y a decir que lo que había echo la vieja era para hacer mofa y escarnio de ellos”, y que “no estaría libre la criatura hasta que la vieja no deshiciese los puntos en el remiendo de la mantilla de dicha vieja”.

Visto que el asunto no se solucionaba, decidieron devolver a la Gozalvez a su celda, cosa que a buen seguro, no fue del gusto del resto de los reclusos de San Narcís… ¿El motivo? Vamos a verlo.

Vicente Illueca, de 32 años, preso en las mismas cárceles, relata al tribunal que cuando fue encerrado en la cárcel de San Narcis, le pusieron en un calabozo próximo a la Gozalvez, y que “por la noche oió diferentes y desconcertantes voces en el calabozo del lado que se comunica con el suio por un agujero que pasa de uno a otro. Y habiendo preguntado al que le trajo la comida al dia siguiente, si en el calabozo del lado, havia muchos presos, le respondió que solamente estaba una mujer (que es la reo) y le contó el declarante lo que havia oído de estruendos y voces en la noche antecedente”. La cosa no terminó ahí, pues a la noche siguiente, oyó “que en el calabozo del lado nombraba la reo a diferentes santos y después oia alternando lloros y risadas, oiendo también muchas voces, unas delgadas y otras mui orrendas, de modo que aunque es bastante animoso se le erizó el pelo, y caió el gorro de la cabeza. Entre estas voces y ruidos oió una voz mui disforme que decía <después que me has engañado mas de Ysac en enpastrada marcha de asi>(¿?)”.

Pero por si el ambiente no había resultado lo suficiente lúgubre hasta entonces para el preso, “inmediatamente oió el declarante como siete u ocho ventosidades de lo mas disforme que ha oído en su vida, desde cuio tiempo ha oído las mismas palabras por espacio de dos noches mas, y también las mismas voces horrendas, las ventosidades y algazara, y en todas las noches consecutivas ha oído ruido y mucha algarabía como si estuviesen 10 o 12 personas en dicho calabozo, lo que le tiene amedrentado y lleno de temor, obligándole a tapar el agujero de uno a otro calabozo con el gorro”.

Las presas Antonia Jimenez, de 19 años, y Josefa Galiana, de 30 años, relatan también que desde que la encausada fue encerrada, por las noches oyen “unas grandes voces, chillidos y ahullidos” procedente del calabozo, “maullidos y riñas de gatos” de manera que “no habían podido dormir en toda la noche” y así siguió según declaran “por espacio de tres noches”, hasta que pidieron a la portera de la prisión que sacase de aquel calabozo a la Gozalvez “porque estaban transformadas por la falta de dormir con tanto ruido y estruendo en las noches antecedentes”. Entre “los razonamientos que oyo la declarante y su compañera quando estaba en dicho calabozo de la sala, oyó que decía estas palabras: la Geronima (esto es la portera de dichas cárceles) me aconseja que diga la verdad, y que assi me sacaran del calabozo, y quitarán los grillos; y que acto continuo oyeron otra voz mui diferente y estraña que respondia: No creas a nadie que lo hacen para engañarte”.

Para terminar de tranquilizar a sus supersticiosos, mal dormidos y asustados compañeros de prisión, la Gozalvez, manifestó que “por un ahugero entraban los demonios en el calavozo, donde estaban en figura visible, vestidos de negro una cosa blanca en la boca y se paseaban y tenían combersacion con ella”.

Y dado que, como hemos dicho, se trata de una alegación fiscal, el texto además de no relatar otra cosa que lo que aquí se dice, nos deja con las ganas de saber qué es lo que termino por ocurrir a la Gozalvez. Incluso nos ha privado de oírla a ella directamente. Leer su testimonio nos hubiera permitido llegar a conocerla más allá de las declaraciones temerosas de sus compañeros de prisión, incluso de aquél bosquejo que de ella hizo una antigua amiga, Maria Barrena, de 64 años, la cual manifestó que poca gente “podría dar razón donde vivía la vieja Gonzalvez porque esta salía de casa mui de mañana y no bolbia sino ia bien de noche”y que “esta testigo había vivido con ella juntamente con su nuera, que expresó esta que se habían apartado de ella por los malos indicios que había observado”.

Es en este intento por exprimir, en medio de tanta sinrazón, a la poca documentación que hay, una gota de conocimiento más sobre la tal Gozalvez y su extraño comportamiento, con el que pudieramos dar con un pequeño brillo de humanidad, con un hecho que quizá nos permitiría olvidar tanta locura y desesperanza, para devolver, desde la distancia de cerca de trescientos años, un poco de ternura a la vieja Gozalvez.

Cuando le preguntaron por el pacto que había hecho con el diablo, contó que lo “hizo viviendo ahun su marido, el que tenia amistad con otra mujer con quien ella no quería, y que para saber si su marido trataba con dicha mujer y que hacia con ella, que hizo el pacto con el Demonio y que assi sabia lo que de otro modo no podía saber y que por esto le había ofrecido su alma al demonio”.



sábado, 9 de enero de 2016

Aquél día nevó como no lo había hecho desde hacía cosa de 30 ó 40 años...


Te contaba el día pasado que la niebla que en ocasiones ves asomar por las mañanas, no es otra cosa que esas nubes que vuelan por encima de nuestras cabezas, y que cuando cae la noche bajan a la tierra a dormir, a descansar de una larga jornada de baños celestes. Están tan agotadas, o son tan perezosas, que hay ocasiones en las que incluso habiendo salido ya el día, permanecen acostadas sobre los prados que rodean a esta ciudad, seguramente desperezándose de la ligera y confortable cabezada que se han dado.

Pero eso no es todo, pues también te expliqué el porqué de los sueños que vienen a visitarnos todas las noches. No me refiero, claro está, a los que nos acompañan cuando estamos despiertos, cuando esperamos, cuando deseamos, o cuando nos sentimos frustrados o esperanzados. No a esos no, que todavía no han aprendido a volar, y nos obligan a cargar con ellos hasta que vayan cogiendo ligereza, sepan mover sus alas, y terminen por abandonarnos yendo a poblar aquellas mismas nubes de las que te acababa de hablar.

Si. Esas nubes que ves ahí arriba están pobladas de sueños, recuerdos, ideas que fueron escapándose en cuanto aprendieron a emprender el vuelo. Pero lejos de olvidarnos, todos ellos vuelven a visitarnos de vez en cuando. Especialmente los días en que las nubes que habitan, descienden cerca para echarse un sueñecito y nosotros dormimos ajenos a todo ello. Es entonces cuando nos visitan y cuando al sentirlos –o soñarlos-, los reconocemos vagamente, no nos resultan nuevos, aunque, claro está, han cambiado, como nosotros también lo hemos hecho.

A veces se ponen de acuerdo. Cuando las nubes en que habitan se sienten pesadas, y poco a poco van perdiendo altura, nos lanzan pedazos de ella, para así ir recuperando altura. Quién sabe si entonces, cuando nos ven desde ahí arriba, no lo harán como si fuéramos un reflejo de ellos mismo sobre esos restos de nubes.

Da lo mismo, es muy hermoso ver nevar y disfrutar en medio del silencio de ese sonido sedoso que produce la nieve al caer rasgando el áspero aire frío.

Me preguntarás por la primera vez que vi nevar, y te contaré que si no fue la primera, si fue la segunda que guardo con más cariño en mi memoria, pues se trata de uno de esos tesoros de infancia que no han volado a la altura de las nubes.

Seguramente no sepas que es el arto zuriketa, pues todas estas cosas han pasado. En tiempos era una ceremonia familiar, e incluso vecinal, en la que los mayores se reunían en torno al fuego para deshojar el maíz, mientras nosotros jugábamos, ayudábamos o simplemente escuchábamos sus conversaciones. Hablaban de todo y de todos, y se ponían al día de aquella actualidad que les era a ellos de alguna utilidad. Recuerdo estar mirando por la ventana mientras escuchaba sus voces monótonas hablando del vecino que ha muerto, o de la que se había ido a la ciudad a trabajar, con el crepitar del fuego de fondo. Al otro lado del cristal comenzaban a caer copos cada vez más grandes y de manera más intensa, y en ese mismo momento supe que el calor, el aroma, el sonido… todo, iban a quedar fijos en mi memoria para el resto de mis días, sin cambiar absolutamente en nada aquella sensación, si no fuera en otra cosa que yo mismo.

Pero la primera nevada en mi orden de preferencias tiene que ver contigo. De hecho, su razón de ser y de permanecer en nosotros, eres tú mismo. Pues, como te lo repito siempre por estas fechas desde aquél 9 de enero de hace ya siete años, el día en que tu naciste y nos trajiste la luz, nevó como no lo había hecho desde hacía cosa de 30 o 40 años. Desde cuando, me gusta imaginar, aquél otro niño lleno de sueños y esperanzas, asomó su cara por la ventana de un caserío de Arano para ver caer la nieve.

Feliz cumpleaños, hijo.

viernes, 11 de diciembre de 2015

Canto de nieve para Wu, que regresa a la capital


“No se ve un solo un pájaro en el aire, ni animal alguno sobre la tierra. Cuando agotado dirige uno la vista en todas direcciones para hallar una ruta que lo atraviese, se busca en vano; los únicos indicadores del camino son los huesos calcinados de los muertos”

Lo bueno de textos como este, al modo de entender de quien les escribe, es su poder de evocación, el misterio que emana de cada una de las palabras que lo componen, hasta formar en todo su conjunto, el escenario de un sueño, de una pesadilla o, simplemente, una metáfora perfecta de algo que seríamos incapaces de enunciar directamente.

Les propongo que repasen ese primer párrafo y no continúen más allá. No, no me den las gracias por eximirles de seguir leyéndome por una vez. Es una libertad condicionada por lo que les pido. Es más: condicionada y temporal, pues una vez que lo hayan hecho, les invito a descubrir a que viene todo esto siguiendo el camino que marcan las palabras a lo largo del blanco desierto de esta página.
¿Se han hecho una idea, o se han perdido entre los huesos calcinados que nos marcan el único camino visible?

Vamos a la historia:

Hace algunos meses, el 31 de agosto concretamente, me regalaron un collar que llevo pegado al cuello como una parte de mi que ya siento como el respirar, el mirar o el tocar… Escuece, supura y aburre. Aburre porque no calla, y no calla porque no hay manera de lograr vaciar su boca rebosante de sangre, y algo que debe de ser pus nacida en un interminable manantial de maldiciones.

Alrededor de un mes atrás, mientras hacía tiempo para visitar al joyero que trata las cosas de mi collar, descubrí que iba con las manos vacías a su consulta, y que visto que era su costumbre hacer esperar a la parroquia, lo suyo podía ser el hacerse con el periódico que no había sido capaz de robar al salir del trabajo… Pero cuando llegó el momento de comprarlo, la verdad es que no apeteció, y que todas esas caras ansiosas de poder, de notoriedad, admiración y babosadas varias que asomaban en las portadas de los papeles, me apetecían más bien poco. Más lo hacía un pequeño volumen, de los de bolsillo, titulado “La ruta de la seda”…

Ahora hace ya más de once años, cuando abrí mi primer blog y me debatía en las cosas de cómo titularlo, barajé varios nombres, y aunque terminé por quedarme con el de “Ex Oriente Lux”, hubo uno muy cercano en significado que estuvo a punto de quedarse con el honor –dudoso-, de encabezar el primero de mis cuadernos. Si, era “La ruta de la seda”.

Más allá de esto, mi memoria se pierde. Quiero decir que no recuerdo exactamente por qué ni desde cuando, pero la dichosa ruta ha ejercido sobre mí una atracción enorme. Quizá sea mi gusto por aquellas tierras que ocupan el corazón profundo de Asia, mi sueño incumplido de cabalgar un aduu al galope por las estepas infinitas mientras entono un Ezenggileen que recuerde a parte iguales al brillo del relámpago y el vuelo del halcón.

Recuerdo “La rebelión de los tártaros” de Quincey, aquellos documentales -creo que chinos-, sobre la ruta, biografías de Tamerlán y Genghis Khan, historias de Calmucos, Oirates, Kazakos y esas montañas negras a las que en turcomano se les llama Karakorum… Había mucho más, pero apenas recuerdo otra cosa que mi deseo de perderme en las sensaciones que todas aquellas historias me provocaban.


Estaba hoy de nuevo con el libro en la mano, el libro de esperar en las consultas, haciendo tiempo hasta que me llamara el doctor. Hoy me tocaba encontrarme en algún oasis perdido de la cuenca del Tarim, cerca del Takla Makan,  cuando sonó el teléfono, y al otro lado una persona me daba la terrible noticia de que un buen y querido amigo, de poco más de cuarenta años, acababa de fallecer en un accidente…

El resto del tiempo, ha permanecido mudo para mí, o quizá yo me he quedado sordo… Hablaba sin escuchar, podía decirse que daba respuestas coherentes a quienes tenía a mi alrededor, pero en aquellos momentos, mis pensamientos volaban lejos, muy lejos de allá, a un lugar tan inhóspito y de acceso tan difícil como lo es el pasado.

Está mal hacer cuentas en esos momentos. Recordar que la última vez que se habló uno tenía prisa y cortó la conversación forzadamente, seguro que en la siguiente ocasión me disculparía por haberlo hecho. Pero al fin y al cabo, es así como nos tratamos unos a otros en situaciones de normalidad, y es con esa normalidad con la que intentamos vivir hasta que dejamos de hacerlo…

Quizá sea por huir de esa normalidad fue por la que en su momento me decidí a abrir el primero de estos cuadernos, es posible también que por contar algo cuando tengo la necesidad de hacerlo y, por qué no, para dejar en este diario, anotado de manera tan críptica, lo que me va sucediendo y el recuerdo de aquellos cuya memoria me gustaría que no se fuera con ellos.


Cuando en el año 414 de nuestra era, el monje chino Fa Xian regresó de un largo viaje que le había llevado a la India, a los lugares sagrados del budismo, relató precisamente en el párrafo que encabeza este texto, las extremas dificultades con las que se enfrentó cuando cruzaba el Takla Makan.

No es de extrañar, si se tiene en cuenta que estamos hablando del segundo desierto de arena del mundo, de una tierra ocupada en su 85% por dunas móviles que pueden llegar a alcanzar una altura de 200 metros. Su extensión es tal, que se diferencian en él diferentes regiones, con sus tipos característicos de arena –no hay otra cosa, además de los huesos calcinados-, que puede ser amarilla, gris o marrón.

El kum –arena, en la lengua que se habla por aquellas tierras-, lo ocupa todo, y el viento que a nosotros nos trae el aire e incluso el agua, es portador allá de un kum caliente y denso, que golpea, ciega y obstruye las vías respiratorias de quienes se atreven a cruzar aquellas inhóspitas tierras.

Durante el verano, estos desiertos sufren calores abrasadores, que contrastan con las rigurosas heladas de los inviernos. Las temperaturas pueden llegar entonces a los 40 grados bajo cero. Se cuenta que el poeta y funcionario chino Cen Can (715-770), pasó los fríos inviernos de servicio en una plaza militar del límite norte de la cuenca de Tarim trasladando sus impresiones y vivencias al alguno de sus más conocidos poemas.

En uno de ellos, el  "Canto de nieve para Wu, que regresa a la capital", quizá el más conocido de los suyos, recuerda a un buen amigo y compañero de vivencias:

Te acompaño hasta la entrada de Luntay.
Blanquea el camino que emprendes
rumbo a la Montaña Celeste.
Cuando lo doblas, ya no te veo más.
Queda solamente la huella
de la pisada de tu caballo.

Va por ti, amigo.


sábado, 21 de noviembre de 2015

Por contar algo cuando el silencio se prolonga.


Pocas cosas resultan tan placenteras como la de comenzar la lectura de un libro recién llegado a casa, una tarde de lluvia y viento como ésta. Una lectura, por cierto, tan prometedora y esperada a lo largo del tiempo pasado como la que me ofrece la conocida obra del gran Kazantzakis.

Como punto de partida, el recuerdo de la visita a su tumba en Heraklion, donde su célebre epitafio reza, a modo de prólogo de las páginas que voy a leer, aquello de:

Δεν ελπίζω τίποτα, δε φοβούμαι τίποτα, είμαι λέφτερος
No espero nada, no temo nada, soy libre


miércoles, 23 de septiembre de 2015

αέρα στα πανιά μας


Les voy a hablar de este navío de tres mástiles con velas desplegadas, abundante artillería, y un elegante mascarón de proa ¿Les dice algo?

Su nombre era Joly, una fragata de 36 cañones que salió allá por el año 1684 del puerto de La Rochelle, escoltando a otras dos fragatas, la Belle y La Aimable, y al queche Saint-François. Transportaban colonos, alimentos y soldados, en una expedición que, encabezada por La Salle, marchaba a colonizar la Louisiana.

Pero hagamos como con la pipa de Magritte: eso no es un barco, es el dibujo de un barco, y si lo amplían y se fijan bien en él, verán que hay unas notas manuscritas a la derecha y a la izquierda en francés, en una letra que -como se dice en la ficha del archivo que lo conserva-, está muy desvaída. 

Intentemos leer lo que dice a la derecha:
"Monsieur. Je ne sauve pas quel sorte de gens vous etes / nous sommes francaises nous sommes par/ mi les sauvages nous [...] bien etre / parmi les cretiens comme nous sommes / nous savons bien que vous estes de espa[...] / nous ne savons pas sy vous nous batiries pas / retirane[...] nous sommes bien fac[...] tre par / mi les betes comme cela quy ne cruet ny dye[...] / ny rien mesyeur vous nous voles relires vous [...] / que envoyer vu [...] comme nous navons que / faire [...] rien si toto que nour renderons / mesieur se suys [votre] tres humbles e tres obbissan serviteur / Jean Larcheveque / Ba Bayonne".
El texto de la izquierda, más breve, dice:
"Nous avions / bales cela [...] aus thomas / qui vous a porter / nous sommes de [...] garsons / [...] oblies / [...] je suis votre [ser]viteur / [...]".
La expedición organizada por René Robert Cavelier, Sieur de La Salle, partió de La Rochelle el 24 de junio de 1684, con el objetivo de encontrar la boca del Misisipi para establecer allí un asentamiento permanente, que sirviese de punta de lanza para apoderarse de las minas del Parral en Nueva Vizcaya.

La salida debió de ser de las de postín, a juzgar por la repercusión que tuvo, la cual mereció incluso que se recordara 150 años después, cargado de romanticismo, en "Expédition", obra de Theodore Gudin, que recuerda un poco a esos cuadros de barcos, escenas de caza o caballos corriendo por las campiñas, que antiguamente adornaban muchos comedores. Se lo pongo aquí debajo para que comparen y se hagan una idea de la diferencia: el Joly es el barco más cercano de todos, a su izquierda está la Belle y el Aimable a la derecha. Es posible que cuando Gudin pintó este cuadro en 1844, olvidara queriendo o sin querer al Saint Francois... Al fín y al cabo, no era más que un queche.


El dibujo que nos ocupa estuvo en poder de Jean L'Archeveque, que además fue quién escribió el texto y lo firmo, y de Jacques Grollet, ambos originarios de Bayona, y supervivientes de una expedición que terminó en catástrofe. 

Catástrofe que uno de ellos ayudó a provocar al ser cómplice de un asesinato.

Vayamos por partes. Impresiona descubrir lo que uno puede encontrar cuando empieza a tirar del hilo en hallazgos que inicialmente se reducían al documento que encabeza este texto, y la transcripción de lo que en él se había manuscrito. Impresiona y provoca ciertos reparos, pues llega el momento en que la información que va apareciendo se acumula de tal manera, que la escritura de algo que pretendía reducirse a unas pocas líneas, empieza a volverse una tarea demasiado complicada, si se quiere mantener alguna coherencia y ser además ameno. 

Jacques Grollet navegaba en el Aimable, que naufragó en la bahía de Matagorda, en lo que hoy es Texas. Poco antes, la expedición había perdido el Saint-François a manos de unos corsarios españoles a la altura de La Española. Con ambos barcos, se perdió la mayor parte de los víveres y útiles que llevaba la expedición para garantizar la supervivencia de los colonos que transportaban.

El comandante del Joly, Tanguy Le Gallois, se enfrentó a La Salle intentando convencerle de que renunciara a seguir adelante con una expedición que parecía estar condenada al fracaso. Pero La Salle lo rechazó, y el del Joly decidió regresar a Francia con el personalde a bordo que desertó.

La Salle se quedó sólo con un barco, La Belle, y los marinos supervivientes del Aimable, por lo que se vió obligado a establecer un asentamiento, el fuerte Saint-Louis cerca de Victoria, Texas. Pero también perdió ese último barco, al hundirse, este también, en la bahía de Matagorda, mientras buscaba la boca de entrada al Misisipi en febrero de 1686.

Aquí lo tienen tal y como lo encontró una expedición arqueológica en1995, en lo que entonces se consideró uno de los hallazgos más importantes de la arqueología submarina. Es curiosa la cobertura que se ha dado a lo que ocurrió con este barco, pues además de lo relativo al hallazgo de sus restos, existe por lo menos un libro titulado "Thewreck of the Belle, the ruin of La Salle", el cual curiosamente tiene como autor a un tal Robert S. Wedle quien también escribió “The Wrecking of La Salle's Ship Aimableand theTrial of Claude Aigron”. Vamos, que el tema no sólo no es nuevo, si no que también ha dado mucho de sí.

Durante los dos años siguientes, la expedición pasó todo tipo de penalidades en su fuerte de St. Louis, quedando la colonia inicial de 180 personas, reducida a 40. Sabemos que, además de las numerosísimas muertes habidas a manos de los indios, luchas internas y epidemias, los hubo, como el naufrago del Aimable Jacques Grollet, quienes desertaron y marcharon a vivir entre los Caddo, confederación india que ocupaba el noreste de lo que hoy en día es Texas.

El 19 de marzo de 1687, La Salle sale en busca de víveres acompañado por 16 hombres, entre los que están su hermano mayor Jean Cavelier, sacerdote, Colin Crevel de Morang, su sobrino, HenriJoutel, su hombre de confianza y nuestro conocido Jean L'Archeveque. No me queda totalmente claro cómo, pero los hombres se amotinaron, y empleando a  L'Archeveque como señuelo, tendieron una trampa a La Salle y lo asesinaron.

Desanimados por el motín y asesinato de La Salle, Joutel, Cavelier y los pocos fieles que quedaban, decidieron abandonar al resto de la expedición y machar al norte, en dirección a Québec. Según google maps, hay una distancia entre Navasota, en cuyas cercanías fue asesinado La Salle, hasta la ciudad canadiense, de 3230 kms., que imagino atravesaron penosamente, en largas jornadas y vigilando de no ser atacados por las diferentes tribus indias que habitaban las tierras por las que pasaban. Joutel escribiría muchos años después “Journal historique du dernier voyage que feu M. de La Sale fit dans le golfe de Mexique”, que, según cuentan quienes lo han leído, además de ser el relato más fiable de lo que en esa expedición ocurrió, proporciona la información escrita más antigua sobre historia natural y etnografía de la parte central de América del Norte. Tanto ustedes como yo, podemos leerlo aquí.

Atrás quedaron los 25 habitantes del fuerte San Louis, hasta que en 1688 los indios Karankawa masacraron a los adultos, llevándose consigo a los cinco niños que quedaban como cautivos.

También quedó atrás Grollet, que vivía entre los Caddo, no sé hasta que punto ajeno a todo lo que había pasado... Y L'Archeveque, quien por participar en el asesinato de La Salle, no marchó con la expedición de Joutel y pasó un tiempo entre los Hasinai, parientes ligüísticos de los Caddo. De hecho, la palabra que utilizaban estos últimos para denominar a los primeros era Táysha -"amigos"-, y fue ese Táysha el que los exploradores españoles convirtieron en el nombre de lo que sería aquél territorio: Texas.


En algún momento del año 1689, L'Archeveque encuentra a su paisano Grollet, y abandonan a los Caddo para volver al fuerte St. Louis. Según contarían después, lo único que encontraron fue los cadáveres de los 20 colonos masacrados por los Karankawan, los enterraron, y decidieron abandonar aquél lugar por la vía más rápida: pidiendo ayuda a los españoles que se encontraban muy cerca de allá.

La última parte de esta historia se cuenta entre otros libros en "FromAWatery Grave: The Discovery And Excavation Of La Salle's Shipwreck" y "El virreinato: expansión y defensa". En ellos se cuenta que Juan Isidro de Pardiñas, gobernador de Nueva Vizcaya, tuvo noticias por unos misioneros de que unos indios Cíbolos les contaron que algunos franceses andaban comerciando por la zona de lo que actualmente es Texas. Al poco, supieron por un Txacalteca de que había encontrado un francés que vivía entre unos indios cerca de Río Grande, a quién acataban y reverenciaban como a un rey.

Recurriendo a sus informadores, el gobernador Pardiñas tuvo noticias por Juan Xaviata, jefe de los Cíbolos y Jumanos, y aliado cristianado de los españoles, de lo que había visto al internarse en Texas para informarse sobre los rumores acerca de las existencia de aquellos extranjeros. Xaviata contó que los moros -así llamaba a los franceses-, ya habían muerto, porque los Karankawan los había masacrado. Que se decía no haber quedado uno sólo, pero que se sospechaba que entre los Texas -Táysha- vivían cuatro o cinco. Que había visto objetos de los franceses, algunos de los cuales vestían o usaban los Karankawan, y tomó los que pudo para enseñarlos al gobernador Pardiñas. 

Por último, Xaviata informó al gobernador Pardiñas que hallaron y conversaron con cinco de los franceses que quedaban. Expresaron estos sus deseos de ir con ellos para llegar donde estaban los españoles. Que hasta llegaron a acompañarlos en su viaje de retorno. Mas, al tercer día de marcha se arrepintieron y volvieron con los Texas, no sin recomendar a los Cíbolos que comunicaran a los españoles de su presencia entre esos indios, solicitándoles que los rescataran. Fue entonces, según cuenta Xaviata, cuando le dieron aquél pergamino con un navío dibujado, en el que habían escrito previamente una demanda de auxilio. Este no es otro que nuestro navío de tres mástiles con velas desplegadas.

El resto está ya más documentado, ambos franceses entran en contacto con los españoles y son conducidos a la ciudad de México. No sabiendo muy bien que hacer con ellos, fueron arrestados y enviados a España, donde pasaron prisión durante cerca de tres años. Al cabo de dicho tiempo, se les dio libertad a cambio de servir a la corona española en las tierras donde habían sido capturados.

L'Archeveque, españolizó su nombre, pasando a ser Juan de Archibeque. Casó en dos ocasiones, tuvo varios hijos, y alternó su carrera militar, en la que alcanzó el grado de capitán, con la de próspero comerciante en la zona de Santa Fe, Nuevo México. Murió en 1720, durante una campaña militar contra los indios Pawnees.

Grollet también se instaló en Nuevo México, casó y españolizó su apellido, pasando a ser Gurules. Según dicen, debió de tener mucha descendencia, a juzgar por el hecho de que dicho apellido es actualmente muy común en la zona de Albuquerque.

El recuerdo que vino a mí de los "Naufragios" de Alvar Nuñez de Cabeza de Vaca, cuando me encontré con este documento que guarda el Archivo General de Indias, me animó a conservarlo y, hoy, que tengo ganas de hablar de vientos y vidas pasadas, dejar estas líneas que preceden.

Y llegados a estas alturas, los valientes supervivientes de las terribles mareas que inundan de letras este cuaderno dirán -!Vale, todo esto me parece muy bien! ¿pero a qué viene el desvarío del título?

Pues viene a ser como un deseo o un manifiesto. Una respuesta a mi anotación anterior, en la que hablaba de viajes no deseados. Ahora los que tengo por delante vuelven a ser brillantes y prometedores, planificados o inesperados, pero siempre alimentados por el deseo de la aventura y el conocimiento compartido con quienes han tenido la generosa voluntad de acompañarme.

Por eso, solo nos queda esperar aquello que ya pedían a los dioses los marinos que descubrían el viejo mediterráneo:

αέρα στα πανιά μας
!Viento en las velas!

domingo, 30 de agosto de 2015

Libros para un viaje extraño y poco apetecido


Toca hacer la maleta para un viaje tan extraño como poco apetecido. Será un equipaje breve, no se necesita prácticamente nada allá donde voy, y me detengo únicamente en seleccionar los libros que me acompañarán, pues quiero pensar que dispondré de una buena porción de tiempo que aprovechar en la lectura. Aunque sea sólo visto por ese lado, por fin podré detener por unos días el imparable ritmo que, desde hace ya más de un año, me tiene continuamente ocupado y ausente, con el humor oscurecido y el afecto hacia mis semejantes regado por el espejismo de la decepción.

Quizá pueda parar un poco, leer y reflexionar. Es posible que incluso vuelva a tomar de la mano a los dos vástagos que dejé recién empezados, y los concluya con renovada esperanza. ¡Quién sabe!: los cambios y paréntesis siempre ofrecen visiones de esperanza.

Seguramente me llevo más de lo que pueda leer… El primer libro que he metido en la maleta es  "Vicomtes et vicomtés dans l'occident médiéval" de Hélène Débax (ed.), y tiene que ver mucho con la afición que tengo a recopilar, leer, y anotar  todo libro o artículo especializado que me encuentro relacionado con los numerosos condados, vizcondados, ducados, etc… que proliferaron durante la Edad Media en torno a los Pirineos. Es, para mí, una parte de la historia que, además de resultarme muy cercana o quizá por eso, me resulta rica y apasionante, a la vez que absolutamente desconocida. 

En mi casa hay un rincón lleno de bagatelas de estas, ordenadas lo mejor que he podido por alguna de sus filiaciones: Aquitania, Bearn, Bigorre, Armagnac, Gascuña, Comminges, Fuxe, Toulouse, etc… Esta afición mía ha sido el principal motivo de muchas de las salidas que he hago en torno al norte de los Pirineos.

El libro que presente Débax, es una recopilación de diferentes estudios, la mayor parte relacionados con las distintas entidades políticas del territorio Pirenaico en la Edad Media.

Siguiendo en el mismo periodo, el segundo libro que ha entrado en la saca es “Arte y belleza en la estética medieval” de Umberto Eco. Del autor no voy a decir nada que ustedes no sepan, y del libro no puedo decirles mucho, pues todavía no lo he empezado, y me he guiado sólo por la solvencia que tiene para mi su autor, Eco, el interés del título y lo que he hojeado –con “h”-, que ha creado en mí la expectativa de revivir por medio de la lectura algunas de las más interesantes conversaciones que he tenido sobre el arte de aquél periodo. 

Ahora recuerdo, en relación con esto, una hermosa charla en la cripta de la Iglesia de San Martín de Orisoain, hace ya algún tiempo.

Todavía recuerdo aquél hermoso "si luz me ciega, ceguedad me guía" de Juan de Tarsis...

Como simple memoria de lo vivido hace unas semanas en la tierra de Rousseau, me llevo conmigo una colección de algunos de los capítulos de sus “Ensoñaciones del paseante solitario”, recopiladas bajo el título de «En méditant sur les dispositions de mon âme...». 

Es también puro morbo, dadas las circunstancias en que lo voy a leer, y el deseo de leerlo, aunque sean sólo algunos capítulos, en su idioma original.


“Contar las huellas. Claves para narrar tu viaje”, cayó en mí de manera accidental, y aunque no soy nada amigo de estos libros de autoayuda literaria, me atrajo el modo en que está escrito, y la habilidad de su autor por hacer ameno el proceso de aprendizaje del que se ocupa. Quizá hasta se me pegue algo de esa habilidad narrativa.

Además de todo lo dicho, llevo para los momentos que apetezca de algo más ligero un libro del archiconocido Andrea Camilleri, “La banda de los Sacco” que parece ser una interesante historia siciliana de violencias, venganzas y saltos de sus protagonistas al lado oscuro… Siempre he tenido un especial afecto por la literatura italiana contemporánea, y Camilleri, a mi entender, tiene un modo narrativo muy claro y directo, del que me gustaría aprender.


Y esto es todo. Mañana lunes al mediodía ingreso para que me operen de la tiroides. Espero, como he dicho, no tener muchas visitas y sí tiempo para dedicarlo a estos libros de los que les he hablado.


Durante todo este tiempo, guardaré silencio, así que si no respondo a sus correos, ni les visito en sus cuadernos, sepan que será porque estoy haciendo un viaje tan extraño como poco apetecido.