A Merlín le habían preparado un
destino de altos vuelos en eso de ejercer el mal. Pero intervino la mano divina
concediéndole lo que podríamos llamar libre albedrío, y convirtió a quien iba a
ser el anticristo triunfante y exitoso, en un adivinador que terminó sus días prisionero
de la Dama del Lago. Es lo que tiene dejarse llevar por el propio criterio,
regalado como medida preventiva por un dios combativo: que seguramente nos
conduce por caminos más tortuosos y dañinos de lo que el destino que creíamos
nuestro, nos tenía reservado.
Así interpreta por lo menos Roberto de Boron la historia de Merlín, que llegó a él como un relato de aluvión a través
de fuentes tales como Le Roman de Brut del poeta Wace, y su inspiradora la
Historia Regum Britanniae de Geoffroy
de Monmouth. Obra esta última, por cierto, postulante del derecho de los Plantagenet a
la corona británica, remontándolos para ello nada más y nada menos que a la
guerra de Troya.
De Roberto de Borón sólo se
conservan dos poemas, unidos en un único códice de finales del siglo XIII, el
MS. fr. 20.047 de la Biblioteca Nacional de Francia. En ellos se establecen las
líneas maestras de una variante interpretativa del ciclo artúrico que tendría
gran repercusión en obras posteriores, llegando su influencia hasta el Orlando
Furioso de Ludovico Ariosto en la
primera mitad del siglo XVI.
Boron nos habla de Merlín como
personaje histórico que vino al mundo a consecuencia de una conspiración
diabólica. El plan era enviar a la tierra un anticristo capaz de convencer a
los humanos de renegar de la redención divina. De paso, idean hacer una parodia
de la encarnación, para lo que los diablos deciden enviar a uno de los suyos a
unirse con una monja a la que han dormido profundamente. Pero a la vista de ello, en vez de evitarlo, lo que
se le ocurre a la divinidad es dotar a ese niño de libre albedrío y conocimiento
de los hechos futuros… El resto es ya sobradamente conocido por todos.
Para cuando Boron nos cuenta esta
variante de la historia, Merlín ha recorrido un largo camino. Parece ser que
empezó siendo una mezcla del druida Myrddin celta y de un sabio niño con
misteriosos poderes, el cual, según cuentan las leyendas galesas, se había
acercado por iniciativa propia como consejero a los sucesivos monarcas de
Inglaterra, hasta el advenimiento del rey Arturo.
Últimamente son varias las alusiones que se hacen en el vecindario a la capacidad de decidir. Y a uno le queda la duda, viendo
todo esto a toro pasado, de si lo del libre albedrío era realmente cierto, o se
trataba de un engaño de la divinidad para que el bueno de Merlín cumpliera fielmente
su cometido, con el convencimiento de que esa era su voluntad. O, al menos, su destino...
Se me antoja sabio en entrar en las camas, que no es poco, vamos un arrullamozas el Merlin.
ResponderEliminarKissss y Kissss
Merlín no lo sé, pero el don Diablo de su padre, el que sale retratado aquí, ese si que lo es.
Eliminar¿Alguna vez podemos estar seguros de que obramos libremente? Y no me refiero al dictado de un ser supremo, sino simplemente de todo lo que nos rodea y nos ha rodeado a lo largo de nuestra vida. Freud habló mucho de eso.
ResponderEliminarNunca, creo yo. Esos condicionantes, las circunstancias, el estado de ánimo, etc... son las piezas que componen el puzle de nuestras decisiones...
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